Samper, el negociador y Clemente, el bizkaitarra

El ideal futbolístico de Javier Clemente consistiría, si pudiera, en colocar en el centro del campo a Van Damne, Terminator, Rambo y Steven Seagal. Para crear. En la defensa, tres centrales tipo Goicoechea, especialistas en desasnar maradonas. Y en la delantera, auténticos estilistas como Julio Salinas, o algún defensa central reciclado, alguien que pudiera recoger los balones lanzados desde la defensa, sin pasar por Rambo, hasta que pudiera llegar Steven Seagal a rematar. Su fútbol fue siempre una adaptación caricaturesca de todos los tópicos vascos, un fútbol de arrastrapiedras, bombas al área, fuerzas de choque, y de regatear y tocar, nada, que eso son mariconadas. Amargó la vida a cualquier jugador con amor al balón, como aquel Sarabia insólito en los pagos de Aitor y de “Termina Aitor”. Los brasileños son su amor oculto, tan oculto que se ha traído al Murcia a un tal Guerreiro, el único brasileño que (como ya ha escrito alguien que no recuerdo) no parece brasileño, y al que seguramente ficharon por el apellido.

Clemente siempre creyó que el fútbol no se jugaba con una pelota, sino con dos: las suyas. Sobre todo las suyas, porque otra de las claves de toda su trayectoria es que en sus equipos no hay más voz ni más estrella que él. En el Murcia se ha deshecho de cualquiera que pudiera aportar una relevancia alternativa en el vestuario. Jugadores de probada calidad para Segunda, como Richi, Jofre, Abel… la base del equipo que ascendió hace dos años, fueron traspasados para sustituirlos por auténticos tuercebotas. Quiere una plantilla adicta, sin réplica, y al que se atreve lo envía a galeras. Con los años ha llegado a parecer la encarnación viva de un chiste de bilbaínos, esos que van siempre tan sobrados que se creen por encima de los demás.

No sé si ese carácter tendrá mucho que ver con su condición de nacionalista vasco, aunque nacido en Zamora, militante –al menos lo era- de ese PNV cuyo origen es el desprecio a los españoles como seres inferiores. No viene al caso profundizar aquí en el pensamiento de su fundador, Sabino Arana, un prenazi cuyas manifestaciones racistas son bien conocidas. Lo curioso es que Bilbao siempre fue liberal, enemiga de carlistas y gentes de boina, hasta que el nacionalismo lo invadió todo, convirtiendo a los vascos en esa parodia de sí mismos que en ocasiones parece Clemente.

Nada de esto importaría (estamos tan colonizados por vascos y catalanes que igual daría uno más que hubiera venido a llevárselo) si el equipo ganara. Gato blanco o gato nacionalista, como dijo Felipe González, a quien tanto echamos de menos (¡quién nos lo iba a decir, Repsol!), qué más da si saca puntos. Pero no ha habido peor entrenador en la desdichada historia del Real Murcia. Y, desde luego, de seguir terminará con él en Segunda B

Yo sigo pensando que Alcaraz hizo el año pasado una primera vuelta razonable, y que era un equipo bien construido hasta que empezó la locura de exigirle jugar la UEFA por culpa de su buen inicio. Se le forzó a hacer cambios y se inició el desvarío que culminó con la llegada de Clemente. Desde entonces, empeñado el ‘bizkaitarra’, como siempre, en poner su sello, el desastre ha sido imparable.

Pero Clemente no ha engañado a nadie (vaya en su descargo que, al menos, no se ha cambiado el nombre y el apellido para parecer el euskaldún que no es, como han hecho tantos maquetos conversos, todos esos, por ejemplo, que ahora se llaman Jabi, con b, o se ponen ‘tz’ o ‘k’ por todas partes), su carácter y su fútbol eran bien conocidos. Personalmente, y aunque pueda haber parecido lo contrario por lo que llevo dicho, me divierte su modo de cantarle sus verdades al lucero del alba y de la prensa, que todos los que escribimos deberíamos aceptar también que se nos ponga a parir por ello. Su bravuconería tiene un punto de decencia en esta España de falsarios sonrientes que nos ha tocado en desgracia.

El responsable no es sólo él, por tanto, sino quien lo trajo y lo mantiene. La tragedia del Murcia ha sido siempre la de no tener un proyecto claro, humilde, trazado desde los cimientos, posible. Fue siempre un club de bandazos, que por eso jamás se asentó en primera, que pasaba del hundimiento a creerse destinado a la ‘grandeur’. Rodeado, en una ciudad siempre más pequeña de lo que se cree, de miles de opiniones de café sin compromiso, y, sobre todo, sin una burguesía de peso y tradición que diera estabilidad y relevos a un club que no era sino el reflejo de la sociedad invertebrada a la que representaba. Hoy ni siquiera es un club, gracias a que los enemigos del capitalismo, el PSOE, forzaron a los viejos clubes de fútbol a convertirse en sociedades capitalistas, las S.A. que nos han llevado a todos a la ruina, y que hicieron necesaria la operación Samper.

Tampoco a Samper hay mucho que reprocharle. Vino a hacer un negocio a cambio de hacerse cargo de la sociedad cuando nadie la quería, cuando sólo había patria pero no patriotas. Y ha cumplido sus compromisos contractuales: ha edificado un campo estupendo, se ha hecho de oro, que era de lo que se trataba, y mantiene al equipo en segunda, donde siempre estuvo, tras dos ascensos fallidos. Lo que no se le puede pedir es amor a unos colores que para él no son más que una empresa, otra de sus S.A., en efecto. La pasión no se compra, y para Samper el Murcia no deja de ser un engorro, un compromiso comercial, que atiende con rectitud, pero sin emoción.

El Murcia necesita a alguien que quiera convertirlo en un gran equipo de fútbol, no en uno más de sus negocios. Que empiece a fichar jóvenes, como el Sporting o hacer inversiones inteligentes com0o el Villarreal, y traiga a un entrenador humilde y sabio, enérgico pero no autoritario, que, a ser posible, ame a la tierra a la que va a servir, o pueda llegar a identificarse con ella. Y que dote al club de una estructura estable societaria y deportiva, que trabaje para ese proyecto, que le dé un sello que no puede ser, en ningún caso, este antifútbol de leñadores sin hacha que hoy sufrimos.

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