La FIFA y Messi

Antaño creíamos que el mundo era sucio y el deporte limpio. Sabíamos que era mentira, pero era una de esas bonitas mentiras que hacen más soportable la vida. Ya ni siquiera nos queda esa ilusión. Lo que acaba de hacer la FIFA al conceder a Messi el galardón de mejor futbolista del Mundial-2014 es mucho más que un escándalo o una nueva muestra de la corrupción galopante de estos organismos, que están corrompidos hasta en las distinciones que dan. Es más grave, es un ataque radical a la inocencia de los millones de niños que habrán esta noche despertado a la injusticia y a la miseria de los adultos, el fin de la ficción del juego limpio, del mérito, del deporte como verdad.

Y menos mal que ha ganado Alemania la final, porque la FIFA les ha puesto un árbitro con la expresa misión de permitirles a los argentinos repartir estopa sin medida: Mascherano y Agüero debieron haberse ido del partido bastante antes del fin.

Pero lo de Messi es, en el fondo, la culminación de toda la impostura (el balón de oro de 2010 o el de 2012) que ha acompañado a este muchacho desde sus orígenes, y que no creo que sea completamente culpa de él. Antes al contrario, empieza a parecerme que estamos ante otro ‘juguete roto’, otra de esas creaciones de las que tantos obtienen beneficios hasta acabar convertidos en sombras que se arrastran por su propia memoria.

Los inmensos disparates laudatorios que se han dicho sobre él, promovidos por un nacionalismo catalán que quiso convertirlo en su Cid Campeador contra los malvados españoles (el Madrid, claro). Haberlo comparado con Di Stéfano o Pelé, incluso con Maradona, qué desvarío. Ni era ni fue nunca más que un jugador muy bueno, impulsado por dos genios de la táctica y el movimiento sobre el campo como Iniesta y X. Hernández, y con el resto de un excelente equipo rompiéndose la cara por él. Pero ya ni así. Lo que vemos por el campo es esa sombra. Lo siento mucho por Argentina, a la que le hicieron creer que ese jugador era lo que nunca fue ni ya será.

En un Mundial donde han estado Müller, Robben, Kroos, James y, Di María, y sobre todos, ese pedazo de roca que es Javier Mascherano, capaz de haber llevado a un equipo mediocre a la final de un Mundial, pues el alma y el cuerpo de Argentina han sido él, que le hayan concedido el premio a mejor jugador a ese Messi, a ese joven fantasma que ha tocado tres veces el balón en cada partido, y que hace ya dos años que entró en barrena, es un sarcasmo. No es una injusticia. Es mucho más. Es el fin de la última certeza que nos quedaba.

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