El desánimo

Lo que se atisba es una lenta agonía. De España. De la nación de ciudadanos iguales y libres, regidos por leyes democráticas que nos garantizan esos derechos fundamentales. De la nación civil frente a las nacioncitas de raza, lengua, Rh, folclore, porrón y caciques que hemos dejado que se apoderaran del espacio de todos entre nuestra indiferencia y desidia. El espectáculo del martes en las Cortes, antaño españolas, hoy ya dominadas por los confederales, sólo podía suponer la culminación de un proceso que advertimos irreparable: Cataluña ya se ha perdido, y si no lo creen, vean el informe sobre el uso de la lengua española en la enseñanza catalana, elaborado por la Asociación Escuela Bilingüe, AEB; el País Vasco se fue el mismo día en que la Constitución les reconoció derechos forales, predemocráticos, y un concierto económico que supone el expolio del resto de españoles; Galicia, a medias, pero con el sarcasmo añadido de que fue Manuel Fraga quien implantó allí el mismo sistema de inmersión lingüística de Pujol, el impune; y Navarra, si el PSOE sigue adelante con la plurinacionalidad, a partir del día 27 ya será otra provincia vascongada.

Pero lo que sobre todas las cosas se ha perdido es la vergüenza. El Congreso pareció ese día no un esperpento (el esperpento tiene mucha mayor dignidad literaria, estética), sino una clase de segundo de la ESO, la obra magna del progresismo educativo. En fin, no quiero ofender a los chicos, que bastante tienen con su caos, y que nunca debieron llegar tan jóvenes a los institutos. Aunque siempre recordaré el día en que, tras años de excedencia, y en mi regreso a las aulas, un chaval se meó encima, de pie y delante de toda la clase. TV3 lo habría retransmitido.

Sin embargo, no se meó en la Constitución y en la democracia española, que es lo que hicieron los separatistas con sus juramentos apócrifos y ante la condescendencia cómplice de la nueva presidenta del Congreso, militante de un partido nacionalista, el PSC, cuyo ascenso es una de las peores noticias de la década. Ellos y los comunistas son los principales responsables de que los catalanes de familias de otras regiones hayan sido asimilados para el independentismo. Es decir, de que el viejo cinturón obrero y españolista de la Cataluña más moderna, la que se agrupa en torno a Barcelona, se haya convertido en una sucursal de los campanarios de Vic y en la rufianesca fuerza de choque de la burguesía xenófoba que los desprecia.

El PSC es la quinta columna que los jefes carlistas colocaron en el seno del PSOE para destruirlo desde dentro. Como el PSE, el PSN, el PSM, El PSPV, el PSdeG, y sigan, que han conseguido convertir a un viejo partido internacionalista y jacobino en una agrupación de curas trabucaires y reaccionarios, exclusivamente ocupados en la satisfacción de su ansia de poder.

De ahí el desánimo. Los que siempre quisimos seguir siendo españoles, los que soñábamos con una democracia que acabara con los privilegios territoriales, que nos sacara del ‘mezzogiorno’ político a que se nos había condenado, asistimos hoy desde la decepción a esta ópera bufa final, orquestada por la izquierda en que una vez creímos, que nos conduce a una situación de ciudadanos de tercera en una España otra vez sin pulso. Y, lo que es peor, de imposible recuperación tras el desguace. Y para colmo el sainete de la señora Batet negándose a suspender a los golpistas. Son los ‘putos’ amos, que diría su correligionario Guardiola.

Lo que se palpa en la calle es resignación, la derrota. Un malestar difuso, una saliva de éxodo moral. Todo el mundo empieza a aceptar que España se acabó. Y cuando escuchamos a Fernández Vara o a Page -que parecían conservar una cierta idea de la Nación- apoyar a Sánchez jubilosamente, no queda más que rendirse: el plan de Zapatero ha triunfado, y la alianza, de larga tradición guerracivilista, entre psocialistas y nacionalistas, más los señoritos leninistas de hoy, es imbatible. Siempre supieron lo que buscaban: una ocupación y reparto irreversibles del poder. España (o sea, la democracia) toca a su fin. Y los españoles ya se dirigen mansamente a sus establos con aire acondicionado.

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