Elegía por la muerte de V.D.H., liras en noviembre

Elegía por la muerte de V.D.H., liras en noviembre

ELEGÍA POR LA MUERTE DE V.D.H.,
LIRAS EN UN DESALENTADO DÍA DE NOVIEMBRE

Hoy, desde esta espesura
del mundo y sus trabajos y fatigas
de eterna noche oscura,
la luz ya la persigas
y el viaje desde tu alma lo prosigas.

Dejaste las intrigas
del orbe y retornaste hasta la altura
de las altas cuadrigas,
donde vive la pura
y bella luz que vida la asegura.

Y todos cuantos vamos
aún en los misterios meditando,
contigo nos sintamos
que estás peregrinando
al lugar que estos versos miro y mando.

Ha llegado hoy tu cuándo,
y muchos lo sufrimos y sintamos
llorando llanto blando,
y en ti que aún pensamos
y en las cosas que ayer no más hablamos.

Amigo que falleces
pero aún con nosotros estás vivo,
en mente permaneces
en tanto que te escribo
y me dejas sin ti tan pensativo.

Ya viento fugitivo
a esta en recuerdo línea amaneces,
por tuya la concibo
pues sé que la mereces,
y en ella para siempre te estableces.

Oh, bosques y caminos
que veis a su alma queda ya ir llegando,
mostradle repentinos
los versos que le expando
de parte evocación que le estoy dando.

Mi corazón helando
memora sus comienzos campesinos,
y el hoy desalentando
se vuela hacia los pinos
del soriano campo en enfriados trinos.

Aún yo le llamara
como otras tardes, a eso de las siete,
y asiento me buscara
en silla que hoy se agriete
sin ti y tu diligencia, que se aquiete.

El dolor me asaete
al saber que ya nunca más llegara
tu alegría, que objete
lo malo que pasara
que nunca tu actitud lo reflejara.

No es justo ni parezca
que la herida que aquí dejas al irte
sentido alguno ofrezca.
Quisiera aun reunirte
y quedar como siempre y recibirte

La puerta entreabirte
y sentir de la calle el aire helado,
y luego despedirte
con un -ya no arribado-
“hasta mañana”, al pronto agonizado.

Adiós ya no escuchado
que nunca más podré hablar y decirte,
pero que aquí he dejado
y puedo repetirte
las líneas de arriba que escribirte.

Dormido ayer estabas
y nada sospechar aún tu viaje
hacía. Pero entrabas
ligero de equipaje
en distinto lugar y otro paraje.

Este verso agasaje
tu vida, tu trabajo; pues llevabas
entre dolor encaje
y no lo mostrabas.
No es justo te amortaje, si alegrabas.

Adiós, que la he sentido
cual si tu ausencia fuera igual partida
de algo tan muy unido
a mi existencia y vida
que estés siempre a ella misma entera unida.

Pero aún no despida
ni tu rostro, tu vista, ni tu oído,
pues siendo recorrida
cada calle y sonido,
creeré lo hago en ti. Sin que haya olvido.

Volverá tu sonrisa
a sonreírme, acento de tus tardes,
e incluso más precisa
señal en que resguardes
la memoria que, aun hoy, aquí la guardes.

Quisiera sobretardes
nuevas que anochecieran, por divisa
tuya, e igual tus alardes
de paciencia precisa
por sobrellevar vida que no avisa.

A las nuevas veladas
de otros días, como antaño lo hice,
te solicito. Ajadas
serán, sin tu matice.
Nada relevo tuyo realice.

Juan Pablo Mañueco

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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