La cultura: una última oportunidad para Castilla

La cultura: una última oportunidad para Castilla

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN DE ESTE LIBRO

“PON LO TUYO EN CONCEJO, y unos dirán que es blanco y otros que es negro”. Esta verdad, que la experiencia demuestra de continuo, nos refiere el Genio del idioma castellano en el capítulo XXVI de la Segunda Parte de su don Quijote. Y ese aserto verídico ha vuelto a cumplirse con este libro que tienen ahora los lectores en sus manos.

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Pero curiosamente han sido muchos más quienes me han hablado singularmente bien de la primera edición de este libro que quienes lo han hecho negativamente. Desde eximios escritores como Miguel Delibes, Ramón Carnicer Blanco, Jesús Torbado y otros de menor relumbrón, pero no menor valía castellanista, a simples castellanos de a pie con los que me he ido topando a lo largo de mi vida.

Existencia, subsistencia y crónica autobiográfica la mía que, por cierto, cuando se publicó la primera edición de este libro, era de duración tan breve cuanto ahora ya se va aproximando a la que gozaban las dos primeras personalidades mencionadas, en el momento en que me expusieron sus estimulantes palabras.

Han pasado casi treinta y nueve años desde que, en abril de 1980, se publicó la primera edición de este libro. Y su trayectoria ha sido, en muchos puntos, admirable.

Me granjeó la amistad y el comentario elogioso de Miguel Delibes en un programa de TVE, “Esta es mi tierra”, que se emitió en mayo de 1981. Y hasta sostuvimos varia correspondencia sobre el tema castellano que se tradujo en algo que no solía hacer, pero que en este caso, excepcionalmente, hizo: la confección de un prólogo para la segunda edición del libro.

Luego resultó que la Editorial que había sacado el libro, Editorial Prialsa, quebró por razones que aún no he llegado a entender, porque el periódico que, específicamente, editaba, “Guadalajara. Diario de la Mañana”, además de ser el único diario de la provincia, contaba con suficiente publicidad y lectores para haberse mantenido.

Pero disputas internas en la cúpula de poder del diario, entre dirección y empresa, dieron con él al traste y también con la Promotora de Informaciones Alcarreñas que lo editaba.

No hubo segunda edición del libro, porque los vientos de la vida me llevaron por otras inquietudes y trabajos.

Sólo en 2017 -año tan apasionantemente libresco para mí que publiqué, uno tras otro, como el ciclista avanza por las rampas de un puerto de máxima categoría y luego se lanza a la tumba abierta del descenso sin calibrar las consecuencias del esfuerzo, ¡hasta veinte títulos distintos, en novela, poesía y teatro!-, el prólogo Miguel Delibes tuvo el acomodo del papel de imprenta.

Vio la luz en una novela que me pareció apropiada para acoger tan especial delicadeza y exquisitez de la lengua castellana, como salida de la pluma del narrador vallisoletano.

“Castilla y el primer Villalar de 1976”, novela de 2017

ME REFIERO A MI NOVELA “Castilla y el primer Villalar de 1976” (2017), donde se cuenta lo que sucedió en aquella primera conmemoración de los comuneros de Castilla, aún prohibida por las autoridades de la época.

En aquella fecha, domingo 25, por cierto, nos juntamos unos centenares de jóvenes entusiastas –de todas las provincias de Castilla, desde Santander a Ciudad Real, desde Salamanca a Soria, Cuenca o Madrid- para ver qué salía y sucedía con esto de que Castilla volviese a caminar por las sendas de la libertad.

De ello se habla en la referida novela y a aquellos tiempos se alude también en este libro de hoy, por lo que me pareció adecuado dar salida a aquel prólogo al frente de la antedicha narración, a la que guardo un entrañable afecto.

La he visto calificada de “novela histórica” en las librerías, siendo así que ninguna investigación tuve que hacer para redactarla sino sólo darles cuerda a los recuerdos de mi memoria.

Y por eso también precisamente, porque el Prólogo del maestro vallisoletano, ya ha visto la luz del papel en otro lugar distinto a la que sí va a ser la segunda edición del libro para el que se concibió, no lo encabezaré presidiendo este texto digital, porque sería como hacerle descender un peldaño que su pulcra prosa no merece bajar, descender ni arriar de su grandeza.

Otras repercusiones de la primera edición del libro.

LA ÉPOCA ERA APROPIADA. La Transición estaba en plena ebullición, efervescencia y borboteo, de forma que la salida de este libro me procuró resultados que todavía me sorprenden.

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Abril de 1980, en los talleres de Prialsa, una rotativa de prensa poderosa, apta para sacar diariamente un periódico y con unas dimensiones del tamaño de un camión de los grandes, hasta el punto de necesitar hangar propio para cuando paraba sus motores y bastante paciencia en los oídos de quienes la auscultaban cuando adquiría velocidad de crucero, situada en la calle de San Miguel de Guadalajara, urgió las vueltas de sus planchas de hierro para que los pliegos de un libro estuvieran a punto.

Prialsa no se dedicaba a la publicación de libros, pero aquel manuscrito de un trabajador de la casa había hecho tilín, gracia y disparado la visión de negocio de los jefes.

Compañeros de la redacción, entre los cafés que tomábamos abundantemente en el “Mesón Alcarreño” –todavía felizmente existente, como he reflejado en “Viaje por Guadalajara”, novela mía de 2014, quizá la mejor de mi producción narrativa, para mi gusto- y los periodos que pasábamos junto al monstruo rugiente, volteador, giroscópico y rotativo- compusieron, fotolitaron, revelaron, imprimieron, cortaron, cosieron y encuadernaron los 2.000 ejemplares de la primera edición del libro.

Y lo consiguieron tan a tiempo que aún llegó a la cita, “rendez-vous”, señalamiento, reunión, encuentro y convocatoria más festejo, de Villalar de los Comuneros de aquel año.

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Eran otros tiempos. Y otro Villalar. Aún no se había producido la partición autonómica de Castilla, por lo que allí estábamos castellanos de todas las Castillas –que como se sabe o debería saberse, culturalmente son la misma-, desde el mar Cantábrico hasta castellanos de Madrid, castellanos del este soriano, del sur toledano y del oeste salmantino. Todos sintiéndonos lo mismo.

La consecuencia de aquella concentración aún iniciática –nada que ver con el marasmo rutinario y acomodaticio en que después ha caído- fue que esa misma noche del 23 de abril de 1980 el libro ya viajaba hacia todas las provincias de Castilla, y a la Castilla peregrina de la emigración: hacia Barcelona, hacia Bilbao, hacia Valencia… Con un mensaje de castellanía, de dignidad y de unidad.

Lluvia, abundancia y exceso de felicitaciones por el libro e inesperadas invitaciones para dar conferencias y charlas

EN POCOS DÍAS, EL libro estaba en boca de muchos. Al parecer había dado en el clavo de lo que bastantes pensaban y no habían atinado a escribir.

También los periódicos del norte y del sur de Castilla, por lo general únicos y con escasa competencia –Valladolid, Salamanca, Toledo-Talavera, Cuenca, Guadalajara, Soria, Ávila, Ciudad Real, Madrid, TVE (la del solitario canal, que hacía famosa de inmediato cualquier cosa que apareciese por él), radios de diversas provincias…– se hicieron eco del libro y, en mayor o menor medida, alojaron críticas, por lo general elogiosas y ninguna deslucida sobre él.

Recuerdo que los más activos en su elogio fueron los inmigrantes castellanoparlantes en Barcelona y Tarragona. Castellanos de todas partes de Castilla, que no tenían duda de que lo eran ya desde su origen, pero lo mismo o más en su destino.

Sabido es que en Cataluña, se llama castellano a todo aquel español que hable en castellano y desde luego a todo originario de ambas Castillas, pero en el caso de quienes habían adquirido el libro en la emigración barcelonesa tampoco ellos tenían duda de lo que eran, inclusive, por contraste, habían aumentado -o bien en algunos casos visto nacer- su castellanía.

Me llamaron por teléfono: querían doscientos ejemplares para su uso y distribución interna y querían que el autor fuese a la presentación del libro entre ellos y les aclarase algunos conceptos.

Ambas cosas hice, cuajando una duradera amistad, que incluso propició la colaboración entre ellos y yo en libros posteriores, durante los primeros años ochenta, que entre la emigración castellana –el dolor de haber perdido lo que quizá en el propio hogar no se valoraba, porque nadie hablaba ni tampoco la escuela de ella: Castilla- se devoraban con presteza, alimentando el recuerdo y la añoranza de la raíz cultural desandada.

Los tiempos -dicho sea de paso, como oblicuo, al soslayo y entre el refilón del párrafo- ya eran muy parecidos a los de ahora: una comunidad, la castellanoparlante, que había tenido que partir a la emigración durante los tiempos de Franco y que además se sentía acorralada por la mitología falsaria y la propaganda poderosísima puesta en circulación por el catalanismo sectario de la época. Tanto en la propia Cataluña como en el resto de España.

La bolsa de Barcelona “sona” y “sona” mucho para pagar muchas propagandas en Cataluña y en cualquier parte de España y del mundo. De manera, que hay quien les ha comprado su propaganda mitológica, hay quien se ha dejado comprar por ella, y hay quien la ha absorbido inadvertidamente, desde la escuela y desde los medios de comunicación menteca(p)tadores, que ya eran muchos entonces. En Barcelona, en Madrid y en etc.

Casi igual que hoy, más de dos generaciones después: sólo que la entrega de la enseñanza y los medios de comunicación autonómicos a esa ideología parcial y excluyente, ha hecho más conflictiva la situación para los más débiles de entonces y de ahora: los castellanoparlantes.

Los cuales o se han subido al carro del vencedor intolerante y fanático, pasándose al adversario y ganándoles en intransigencia y odio a Castilla –que ellos llaman, sin diferenciar, “España”-, o se han marchado de aquel nido de intolerancia quienes han podido hacerlo –al modo de Albert Boadella, catalán tolerante, que también los hay-.

O bien, por último, continúan sufriendo la situación de víctimas como mejor pueden capear la tormenta del avasallamiento –ellos sí-, el chaparrón de la violencia lingüística –ellos sí- y el diluvio de la indiferencia –también ellos- de los partidos de derechas, centro o izquierdas en España y en la propia Cataluña, que han visto lo que sucedía y han cerrado los ojos por un puñado de votos con que completar mayorías en el Congreso de los Diputados de Madrid.

Mundo al revés: catedráticos que se desplazan a ver al muchacho adolescente

TAMBIÉN A LAS POCAS FECHA de aquel libro, mi teléfono sonaba para las entrevistas más sorprendentes.

Gente anónima de Guadalajara que quería hablar conmigo, porque el libro se había exhibido en algún escaparate de la calle Mayor (con las páginas abiertas por algún lugar que el librero quería destacar) y que querían hablar con el autor.

Gente que se presentaba en “Guadalajara. Diario de la Mañana” para hablar con el periodista y escritor que decía unas cosas tan sorprendentes sobre Castilla.

Estudiantes de periodismo de provincias de la diáspora castellana que habían accedido al mencionado periódico en la hemeroteca de la Facultad, y que me informaban que en sus clases se comentaban esos artículos tan infrecuentes que llegaban desde Guadalajara, diciendo lo que en los medios oficiales –de allí y de aquí- no se decía.

Y un buen día lo más inesperado. Al otro lado del teléfono, una voz que yo no conocía.

Era Millán Bravo Lozano, leonés castellanista –condición doble que en aquellos años cumplían muchos intelectuales de la primera hornada castellana- que entonces rozaba los 50 años, catedrático de Filología de la Universidad de Valladolid, latinista y lógico de fama internacional.

Millán no conducía, pero había hecho todos los transbordos ferroviarios pertinentes desde Valladolid y estaba ya en Guadalajara, mientras me telefoneaba, quería conocerme…

Conocer al escritor casi imberbe, añado yo, semilampiño y desde luego bisoño, aprendiz y principiante… Lo cual me congratulo en seguir siendo, porque en este oficio –que encima no es el mío, sino afición-, como en otros muchos, hay que seguir siendo neófito a lo largo de todos los días de la vida.

Pero entonces, yo lo era más… Por eso, anduvimos recorriendo la ciudad de Guadalajara el latinista internacional y el inhábil escribidor novato, mientras que le ensañaba la inclinada Arriaca y él me decía que en determinados círculos intelectuales de Valladolid se hablaba mucho de mí.

-Pero, hombre, Millán ¿cómo va a ser así…? Yo vivo en Guadalajara, libre de toda ambición de sonar en ningún campanario, y si escribo alguna que otra cosa sobre Castilla es porque me une un afecto por su cultura que, lógicamente, no tengo por ninguna otra cultura del mundo, ya que es la mía, en la que me he criado y cuyos resortes conozco, reconozco, disfruto y gozo. Nada más.

-Nada más y nada menos, porque lo que has expresado en tu libro prueba lo que dices. Lo hemos comentado en las tertulias de Valladolid, Gonzalo Martínez Díez, Miguel Delibes y otros.

-Me vas a tener que decir quién es ese primer nombre que me has citado, porque yo no le conozco.

-¿No conoces a Gonzalo?

-Ya te digo que yo vivo felizmente en mi aldea alcarreña y capitales como Valladolid, que siempre me ha parecido una mezcla de Londres nebuloso junto a un río y París cosmopolita con edificios capitalinos junto al mismo curso fluyente de agua, las conozco de visita, pero no porque me haya introducido jamás en sus ambientes culturales.

-Pues eso tenemos que arreglarlo. ¿Podemos hablar confidencialmente en algún lugar discreto?

Fuimos a la calle Bardales, emporio y preludio que era entonces de una especie de “Barrio Húmedo” alcarreño, y le invité a entrar en el Pub “Bar-dales” que entonces estaba de moda y era sitio discreto, cómodo y de amplios y arrellanados butacones, que invitaban al sigilo e incluso a la conspiración.

Millán se sinceró y me dijo

(…)

Continuará el Prólogo a «La cultura: una última oportunidad para Castilla» hasta terminar

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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