La emigración castellana: la sangría que no cesa

La emigración castellana: la sangría que no cesa

Un texto de finales de los años 70, publicado en libro en 1980, que, si alguna vez conoce una segunda edición, será con el título de la imagen

LA EMIGRACIÓN CASTELLANA: LA SANGRÍA QUE NO CESA

AL HABLAR DE ESA SANGRÍA humana que llamamos emigración, suele caerse en el tópico o en el esquematismo de referirla únicamente a dos territorios de España: Andalucía y Galicia. Da la impresión, considerando así las cosas, que los restantes componentes de España vivimos al margen del problema o que éste no adquiere entre nosotros tintes tan angustiosos.

Sin embargo, la estadística y la simple comprobación de la realidad, vienen a demostrar cada día que son otras las zonas que ven gravitar sobre sí el fantasma de la despoblación a más corto plazo, otras las tierras que más emigran, y otras las provincias que por la fortísima regresión habida en los últimos años mayor peligro corren de extinguirse.

CASTILLA: TERRITORIO QUE SE VACÍA.

EN EFECTO, SI LAS CIFRAS, no mienten, y contra todos los tópicos al uso, la porción del España que mayor número de sus habitantes ha visto emigrar, desde 1990 hasta hoy, son las provincias la dos Castillas y León, con un saldo migratorio de -3.040.863 habitantes, seguido a considerarse distancia por Andalucía con -1.817.356, y ya a mucha mayor distancia por las restantes, dado que ninguna de las mismas llega al millón de emigrantes.

Desde comienzos del siglos XX, Castilla cede población ininterrumpidamente, pero si durante las primeras décadas todavía conservaba un peso demográfico relativo, a partir de los años 50 su curva de población cae en picado hasta alcanzar la máxima regresión en los años comprendidos entre 1961-1975, época en que los movimientos migratorios españoles han alcanzado los volúmenes más altos de su historia y una intensidad desconocida en Europa.

En el transcurso de los años finales de este periodo (61-75), algunas de las provincias de la Castilla la Vieja y León han comenzado a dar síntomas de agotamiento, debido a la sangría humana a la que previamente habían sido sometidas (de los 3 millones señalados, cerca de 2 millones de emigrantes corresponden a las provincias de la Castilla la Vieja y León, superando esta región castellana por sí sola a cualquier otra parte de España y ello a pesar de tener unas cifras de población muy reducidas), por lo que el valor porcentual de su emigración en el conjunto ha descendido al haberse quedado prácticamente sin población en edad de emigrar, siendo compensado este hecho con una aceleración del proceso despoblador de la Catilla Nueva.

En el periodo final de referencia, la emigración castellana ha superado ampliamente a la andaluza (casi 250.000 emigrantes más), y ha sido dos veces y media mayor que la extremeña, seis veces mayor que la gallega – que por cierto en el último quinquenio, 71-75, tuvo saldo migratorio positivo-, once veces superior a la murciana y veintiséis veces superior a la siguiente, que fue la aragonesa.

EMIGRACIÓN Y DESPOBLACIÓN.

DISTINTOS SON LOS CONCEPTOS de “emigración” y de “despoblación”. Un territorio puede expulsar emigrantes, pero a pesar de eso aumentará su población si su crecimiento vegetativo es superior al número de emigrantes que salen. Lo realmente grave por tanto del fenómeno migratorio se ubica en aquellos territorios cuyo saldo migratorio es tan fuerte que la misma población desciende.

Pues bien Castilla no sólo emigra, Castilla, además se despuebla aceleradamente. La magnitud del fenómeno ocurrido entre nosotros, por otra parte, al incidir sobre los elementos de la población más jóvenes, ha elevado los índices de envejecimiento a límites insospechados, por lo cual en amplias extensiones de Castilla hasta el mismo “crecimiento” vegetativo decrece. Caso excepcional, caso inaudito.

De las 16 provincias migratorias de Castilla, 13 tienen hoy menos población que a mediados de siglo (Soria, Cuenca, Guadalajara, Ávila, Segovia, Zamora, Palencia, Salamanca, León, Toledo, Ciudad Real, Albacete y Burgos), y para la década de los 80 las previsiones indican que globalmente Castilla tendrá menos habitantes que en 1900 (nada digamos de la pérdida de porcentaje total y de peso específico que ello supone, puesto que evidentemente España ha aumentado su población considerablemente en lo que va de siglo).

Castilla, en consecuencia, se despuebla rápidamente, hasta el puto de constituir ya hoy el desierto poblacional más extenso de Europa.

Probablemente estemos ya ante una situación irreversible. Tales han sido los índices de emigración y de envejecimiento de Castilla que ésta es la última generación que le queda al campo castellano: no hay generación de repuesto. Cualquier cosa tiene solución en esta vida, menos eso; porque sin población, ya o hay relanzamiento posible, no hay esperanza no hay futuro, no hay nada.

Triste es, ciertamente, que un territorio tenga saldo migratorio negativo, pero lo que realmente asusta es que un territorio se despueble.

Andalucía y Galicia han sido emigrantes y crecientes, incluso en unas cantidades muy considerables.

Andalucía aumentó su población de 3.562.606 en 1900 a 6.132.573 en 1975 (y su densidad de 41 a 70, recordemos que Castilla tiene una densidad de 27), Galicia aumentó de 1.980.515 en 1900 a 2.681.571 en 1975 (densidad de 67 a 91), conservando pues, toda la potencialidad para cimentar su futuro. Otras tierras ya no pueden aspirar a tanto.

BIOLÓGICAMENTE MUERTAS.

COMO HEMOS DICHO, LA emigración no sólo es un fenómeno cuantitativo, sino también cualitativo.

Debemos tener en cuenta, pues, que las provincias castellanas que han soportado este vertiginoso proceso migratorio eran ya las que tenían las cifras absolutas de población más bajas del Estado, y que son también nuestras provincias las que han perdido el mayor porcentaje de su habitantes: Cuenca, Guadalajara, Segovia, Ávila, Zamora, encabezadas todas ellas por Soria, que sólo en la década de los 60 perdió el 22 por ciento de sus efectivos humanos (y en los últimos 25 años nada menos que el 35 por ciento).

Si a ello añadimos que su situación actual es angustiosa –Guadalajara y Soria apenas superan los 100.000 habitantes ¡en toda la provincia!-, que la densidad de algunas comarcas es ya de 7, 5, 3… habitantes por kilómetro cuadrado, que los índices de envejecimiento se han disparado comprenderemos que la amenaza de despoblación integral es inminente.

No tengo nada que objetar a que se siga hablando hasta la saciedad de los problemas demográficos de los territorios considerados “típicos” en el asunto pero convendría que alguna vez se hablara de los problemas castellanos, porque nosotros nos estamos jugando en ellos nuestro futuro, literalmente.

Quiero decir, por citar el caso de la también sangrada Andalucía –a la que por supuesto no se pretende negar ninguna de sus carencias-, que si en los próximos años la provincia de Córdoba -700.000 habitantes- diera un saldo migratorio de 100.000 personas, tal hecho supondría una tragedia personal y familiar para quienes tuvieran que emigrar, pero Córdoba, como provincia poblada, seguiría existiendo y tal vez aumentando.

En cambio, si de la provincia de Soria salieran en los próximos años esos mismos 100.000 emigrante, ello no supondría solamente u problema familiar, es que la provincia entera había desaparecido.

Por otra parte, hay que hacer notar el hemos de que amplias zonas de Castilla están ya biológicamente muertas, en ellas muere más gente de la que nace, si es que nace alguien, puesto que la población joven ha emigrado en su totalidad y sólo quedan allí los cuatro ancianos no aptos para la procreación a la espera de realizar lo único que no han hecho en esta vida: morirse.

Es decir, que incluso en la venturosa hipótesis de que la emigración se detuviera, dichas zonas estarían ya biológicamente, vitalmente condenadas a la desaparición.

LOS CAMINOS DEL ÉXODO.

VOLVIENDO A LAS CIFRAS ABSOLUTAS, se puede comprobar fácilmente que la emigración castellana es abrumadoramente mayoritaria en el País Vasco, Madrid y Valencia, siendo tan sólo Barcelona superando por la andaluza, puesto que efectivamente el porcentaje de emigración castellana que se dirige hacia Cataluña es bastante bajo.

Tampoco es cierto, pues –otro de los tópicos-, que la emigración castellana se dirija exclusivamente hacia Madrid –no podía serlo, puesto que la emigración castellana es radicalmente mayor que la inmigración recibida por Madrid-.

Contra lo que algunos suponen los castellanos nos vemos forzados a contribuir al desarrollo de casi todas las restantes nacionalidades del Estado español. Así, zamoranos y leoneses muestran tendencia a emigrar hacia Asturias. Palentinos, burgaleses, santanderino y riojanos, hacia el país Vasco. Sorianos y todo el este de Guadalajara, hacia Zaragoza y Cataluña. Conquenses y manchegos, hace Valencia. Y tan sólo Toledo, Guadalajara occidental, Segovia, Ávila y Salamanca, por razones de proximidad, presentan casi en exclusiva la corriente migratoria hacia Madrid.

De esta forma con tantos núcleos de recepción, se comprender que la despoblación castellana haya seguido su curso imparablemente y que muchas de nuestras provincias hayan llegado a su punto de no retorno.

LA ALTERNATIVA NECESARIA.

Hay algo todavía más peligroso que la emigración para la supervivencia poblada de Castilla: la absoluta falta de conciencia que de ella –como del resto de nuestros problemas- tenemos los castellanos.

Este inmenso territorio puede quedarse vacío, excepto en algunos puntos residuales meramente anecdóticos sin que nadie se entere, y por tanto sin que nadie promueva las medidas necesarias para nuestra supervivencia, mientras los tópicos habituales seguirán aludiendo a los problemas de otros.

Consecuentemente, el problema demográfico es, para el futuro de Castilla, la primera de sus amenazas. Si queremos construir un territorio digno entre los restantes del España, deberemos comenzar por encararnos con esta sangría migratoria que, a poco que nos descuidemos, puede borrarnos definitivamente del mapa.

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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