Llorar como un perro castellano (Parte Primera) -Castilla rural entre el siglo XX y XXI, gestando la España vaciada–

LLORAR COMO UN PERRO CASTELLANO (Parte I)

-Castilla rural entre el siglo XX y XXI, gestando la España vaciada-

 

(Recordando al maestro Miguel Delibes, 1920-2010, que vio durante toda su vida cómo se iba echando el cierre demográfico, económico y político a una tierra, Castilla, que resulta que era la suya, desde Santander-Limpias y Molledo, tierras de sus abuelos, a Burgos-Sedano, donde veraneaba en el pueblo de su esposa, y a Valladolid, cuya provincia vio extinguirse también casi completamente, al tiempo que se despoblaba Castilla,  y decidió relatárnoslo magistralmente en sus novelas)

 

* * *

 

EL COLÉRICO, ENFURECIDO E IRACUNDO remolino de los vientos congelados que rodeaban la colina del castillo se dio la vuelta entre los torreones desvencijados, deshechos y ruinosos desde los que se dominaban las vistas del pueblo, y fue a darle a Millancín, el Rubio, en medio de los ojos, haciendo que los cerrase de golpe, por el topetazo gélido de los fríos.

Millancín, el Rubio, los había sentido como magullados por los agudos aguijones del helado invierno, esas espinas sin cuerpo que venían cabalgando entre las ventiscas que gastaba su pueblo, para clavarse luego en cualquier carne que encontrasen, como puyas afiladas y punzantes.

Eran los glaciales bóreos y aquilones autóctonos y vernáculos de su hidalga, histórica y documentada villa, que ya le habían enrojecido ese año las orejas y se las habían cubierto y henchido con abultados sabañones, así como también todos los inviernos anteriores, desde que él tenía memoria.

Millancín, el Rubio, sabía que de los sabañones no había forma de librarse ni de protegerse, aunque se ajustara bien la pelliza de cuero y el capuchón de lana con que se protegía cabeza, cara y cuello.

Contra los sabañones, tampoco era de provecho bastante calarse bien la boina para que la cabeza al menos permaneciese algo calinosa y viva, así como tampoco arrebujarse bajo la manta zamorana que en otras ocasiones portaba.

Una manta zamorana, como se sabe, no está pensada para pasar las noches en casa, al cómodo refugio de sus interiores, sino para servir de abrigo a los arrieros que bajan de una a otra parte de España, por los caminos del comercio que el destino de cada cual les llevase a recorrer.

 

 

No. Contra los sabañones en las orejas, que algunos llamaban “frieras”, no había nada que hacer, humanamente hablando. Ni en las orejas, ni en los dedos, ni en las manos ni en los pies.

Aparte que, en el más abrigado de casos, siempre había que dejar a la intemperie ojos y nariz, los primeros para ver, sin toparse con las cosas, y entonces te daban en ellos las agudas espinas de los fríos, y la segunda para respirar, siendo entonces pasto de la referida inflamación bajo la piel, acompañada de su prurito y dolor.

Para mayor castigo, contra los sabañones o frieras, ni siquiera aprovechaba como refugio o amparo frente a ellos el calor de la lumbre y el cobijo de las brasas de la chimenea donde su madre ponía sus pucheros y calderos, para preparar las comidas y los guisos.

Al contrario, allí, junto a los tizones y las ascuas, es donde más se notaba el contraste del calor de los leños ardiendo con la frialdad glacial, inclemente y lacerante con que se venía de los campos, y entonces el sabañón se apoderaba de la piel, igual que un usurero de sus beneficios.

No había más remedio que dejarse escocer por la chinche los fríos exteriores, como cuando cae sobre nosotros una lluvia irreverente y sacrílega, y entonces, al resguardo de los troncos, irse calentando poco a poco.

Porque el rápido calentamiento de su cuerpo sabía Millancín el Rubio, que iría acompañado por un fuerte ardor y picor enrojecidos, de donde le sobrevendría la erupción y el sarpullido por varias partes de su menuda corpulencia…

Sobre todo era en las orejas donde más notaba el escozor y la hinchazón que provocan el frío de los vientos, porque las tenía algo prominentes y huidizas, como dos velas de molino esperando el azote de las ráfagas y los ramalazos de ese zarzagán transido y paralizante que se gastaban los inviernos de los montes de su pueblo.

Su pueblo o villa disponía de nombre y para que todo se sepa sobre este lugar se dirá en este punto que la toponimia u onomástica geográfica de aquel sitio entrañable para sus habitantes era el de Castilprado de los Montes, y que estaba situado al este de Castilla, al este de la provincia de Guadalajara, sin atravesar todavía la raya de Aragón. De momento, es bastante esta ligera bruma para ubicarlo, sin que sea necesario dar mayores precisiones en este instante.

Sí cabe decir que en la proximidades de Castilprado se encontraba otras villas castilleras e históricas, dotadas de un glorioso pasado, cerca de la Sierra de Pela, la cadena montañosa más oriental y de menor altura del Sistema Central español, que últimamente estaba siendo muy azotada por la emigración hasta el punto de que se temía por su futura existencia poblada de humanos.

Fauna y flora, y parajes naturales la que se quisiera, pero gente común y corriente, lo que se entiende por la especie humana, cada vez menos.

Por allí andaban los malos tiempos que corrían, anclados y enraizados en sus montículos, los castillos de Galve de Sorbe, Atienza, Riba de Santiuste y Sigüenza, amén del más trasera de Jadraque y el más adelantado de Molina de Aragón. Y como una más entre tales edificaciones militares, la fortaleza azotada por los vientos y recorrida por los rebaños de Castilprado de los Montes, donde esta historia transcurre.

* * *

MILLANCÍN, EL RUBIO, NI siquiera era rubio sino, a todo lo más, algo taheño y rubicundo, incluso podría decirse que tamarindo. Pero ya se sabe que en los pueblos de no muchas almas, si te cae un sambenito por salirte un tanto de la norma ya vas apañado de por vida; y no hace falta un segundo ingenio perspicaz que te bautice de acuerdo con el talento, numen o seso con que le haya dotado la naturaleza, sino que con la agudeza y chispa del primero estás aviado para toda tu existencia.

Por lo demás, los ojos los presentaba grandes, cuando no estaban ateridos y entrecerrados por el frío; las orejas, pequeñas y de su mismo color, siempre que no estuvieran hinchadas y enrojecidas por los sabañones, y su complexión era mediana, sin destacar ni por el exceso ni por el defecto de tamaño, entre los congéneres de su montuoso municipio natal.

* * *

EL NIÑO DE LOS SABAÑONES, Millancín, el Rubio, no subía por gusto al cerro del castillo los días de dura invernada, al frente de un modesto hato de ganado, sino porque era el mayoral con mando en plaza sobre el único rabadán de la cuadrilla de uno solo que componía él mismo, sin que necesitara más humana compañía, en su soledad obligada.

El mando supremo lo ejercía sobre las quince ovejas, tres cabras y un burro que su padre le había entregado en autoridad y potestad de gobierno y jerarquía al cumplir los diez años justos, para que los cuidase y protegiese como súbditos, llevándolos de aquí para allá por los pastizales y dehesas del burgo.

Esto de “burgo”, Millancín, el Rubio, se lo había oído decir a un hombre docto que vino una vez desde la capital al caserío y que había utilizado aquella extraña palabra para referirse a su indígena villa, pueblo o aldea.

El hombre docto también había pronunciado expresiones como “aldehuela”, “lugar” y “caserío” para referirse a su sitio. Pero a ellos, a su padre, a su madre y a él les bastaba con saber que era el municipio donde habían nacido.

Porque de un municipio propio se trataba, dado que tenía alcalde y pregonero, los cuales a veces eran la misma persona…

Y ello dado que no contenían las arcas municipales eran sumas suficientes de dinero ni siquiera ni para duplicidades de funciones, ni para arreglar los caminos del pueblo.

Mucho menos para recomponer el castillo roqueño que, según decían los sabios de la capital que venían de vez en cuando admirarlo, tenía mucha historia y casi más años que piedras intactas le quedaban. Aunque, si se miraba, desde lejos, sin fijarse de cerca en las dentelladas del tiempo, buena estampa, sobre su cerro peñascoso, sí que tenía.

 

 

Acerca de las rutas de acceso al pueblo podría hablarse mucho, ya que  había caminos rurales, que se enfangaban a poco que se enfurruñaran los cielos, y también una carretera principal, la cual se dirigía a la capital de la provincia.

La carretera principal estaba constituido por un vetusto pavimento de piedra machacada, la cual, una vez tendida, había sido comprimida con un rodillo.

Pero el rodillo hacía tiempo ya que no había vuelto a comprimir la ruta de acceso al pueblo, de manera que presentaba numerosos guijarros sueltos que, poco a poco, había ido formando notables calvas y baches en su trayecto.

 

* * *

 

MILLANCÍN, EL RUBIO, RESPONDÍA por cualquiera de estos dos nombres, presto y diligentemente. Su padre era Millán, el Molinero, quien ejercitaba esta función como una de las tantas tareas que desempeñaba para subsistir, además de otras funciones y oficios en los que era experto, a fuerza de tener la necesidad de ejercerlos para que la familia pudiera alimentarse.

La del pastoreo de unas pocas cabezas de ganado había sido otra de las tareas de Millán, el Molinero, hasta que le entregó el mando a Millancín, el Rubio, aunque las tareas de ordeño, esquilado y veterinario aficionado, pero experto, se las seguía reservando el “pater familias” rural.

El pelo del mayoral de campo, ya se ha dicho, lo tenía taheño y tirando a bermejo y tamarindo, pero le llamaban “el Rubio”, porque era lo más parecido a eso que había entre los chicos que quedaban en el pueblo. De forma que con ese mote o apodo se quedó, y por él respondía prestamente sin demorarse lo más mínimo.

En realidad, era querido por todos los habitantes de la localidad, que, a falta de servicios sociales públicos, se prestaban apoyos ilimitados comunitarios entre ellos mismo.

Los hijos de una familia lo eran en exclusiva para muchas cosas, pero sabían que también podían contar con el auxilio de cualquier adulto de la localidad, porque asimismo cada quién y cada cual era hijo de la comunidad, para todo lo que hiciere falta y estuviese en la mano de los vecinos.

* * *

MUCHAS DIVERSIONES NO HABÍA en la villa venida a menos, ésta es la verdad, a tenor de las muchas que se contaba era frecuente disponer en la ciudad… Pero tenía buenos prados para las ovejas, las cabras y el burro, que eran los asuntos zoológicos e incluso no zoológicos, que más le importaban en aquellos momentos.

Y todos, las ovejas, las cabras, el burro y Millancín, el Rubio, hacían vida propia por sus alrededores del municipio hasta que el niño ganadero les recogía con piedras y con silbidos, que los animales habían aprendido a reconocer, a seguir y a obedecer.

El ganado entero sabía que eso significaba descanso y algo más de calor del que proporcionaba el campo abierto, después de subir y bajar cuestas y rumiar lo que se pudiera.

Lo de rumiar lo practicaban con excelente habilidad todos los componentes del rebaño, menos el burro que no tenía necesidad de rumiar nada, sino que comía y digería veloz y directamente gran cantidad y variedad de hierbas y extraía de allí agua de una forma muy inteligente.

La sabiduría del burro es tan evidente que se niega a realizar actividades peligrosas e incluso a llevar más carga de la cuenta, aunque los humanos confundan su decidido cuidado de sí mismo con la terquedad, la contumacia y la tozudez.

Igualmente, los rucios, desde tiempo inmemoriales, si detectan peligro pueden defenderse mordiendo o tirando patadas delanteras o traseras con gran tino y habilidad.

Por no hablar de la habilidad que muestran los pollinos para montar las hembras de su especie que se les pongan a tiro, o incluso a las yeguas de caballo que también podían sucumbir a sus encantos cuadrúpedos, y entonces daban lugar al nacimiento de esos animales intermedios, pero estériles, que reciben por nombre el de mulas o mulos.

“Paisano” que así se llamaba el borrico familiar, y Millancín, el Rubio, sabiéndose los animales más inteligentes de todo el grupo, se habían encariñado mutuamente y su consolaban de su suerte, que distaba de ser la mejor del mundo.

En cambio, cuando el tiempo mejoraba con la primavera, el ánimo les cambiaba, y ello les permitía adentrarse en nuevas efusiones amicales. Para entonces el asno peludo y suave y el niño que ya apenas padecía sabañones, acostumbraban a ser bastante juguetones y, en algunos momentos, hasta parecían felices.

* * *

MILLANCÍN, EL HIJO DE Millán el Molinero, aunque tuviese que dedicar gran parte de su tiempo al cuidado y vigilancia de su parte de la cabaña de su villa, encontraba tiempo para acudir a la escuela de su localidad a la caída de la tarde, cuando su padre le tomaba el relevo en sus tareas pecuarias, ya en el establo.

Pero el curso anterior, a finales del mismo, había llegado la noticia de que pronto iban a cerrar la escuela del pueblo, porque el número de chicos ya no era suficiente para que las autoridades de Madrid decidieran que merecía la pena seguir pagando el sueldo del maestro.

La noticia se preavisaba para el año siguiente, que sería el último en que los arrapiezos de la villa contaran con preceptor propio, lo cual el Gobierno central había decidido considerar como un lujo impropio y opulento, cuyo gasto ostentoso no podía costearse con tanto tronío y bambolla para ellos.

Don Facundo, el maestro, era pequeño, muy avanzado en edad, dotado con poco pelo y zurdo por obligación, porque el brazo diestro se lo había desmejorado la coz de una mula, muchos años atrás, cuando era mocito y aún nadie le llamaba don Facundo.

Desde entonces, Millancín, el Rubio, notaba que se le había acabado el tiempo de aprender cosas en los libros, para lo que no se le veía mal dotado, y supo que debería consagrarse a su oficio de zagal, como otros se consagraban al arte, a la música o al sacerdocio.

Sólo que, en cuanto no estuviera abierta la escuela, tendría que ser rabadán y mayoral de poco, a tiempo completo, y habituarse a lo de los sabañones, como uno de los eternos gajes del oficio de su apenas iniciada vida.

 

* * *

 

CERRAR LA ESCUELA NO fue cuestión del agrado de los habitantes del pueblo, porque querían un futuro mejor para sus hijos, pero la emigración había causado estragos en los años y décadas anteriores. Y sus habitantes deshabitaban la villa a la misma velocidad de vértigo con que se estaba despoblando el resto de Castilla.

El pueblo de Millancín, el Rubio, se iba para abajo como un buque que naufragara sin hacer señales de ningún tipo, ni recibir ayuda de nadie, porque sabían que era inútil e ingenuo pensar que alguien les haría caso, les tendría presentes en sus necesidades y les prestaría atención en su zozobra.

De hecho, hombres y mujeres del pueblo se ofrecieron para mantener la escuela impoluta y reluciente, ya fuera necesario mantener, revocar, pintar, techar, tapar grietas o limpiar suelos y paredes de todas las dependencias, pues eso son cosas de la que se encargaría el propio pueblo, de mil amores, con tal de que sus chicos estudiaran.

Pero desde Madrid respondieron que quedaba la cuestión del sueldo del maestro y que esos emolumentos no se podían soportar, sobre todo teniendo en cuenta que lo mismo sucedía en otros pueblos de la comarca, de la provincia y de la región, que también se vaciaban. Y, maestro a maestro, lo de conservar instructores en Castilla, salía por un pico.

Así que lo mejor era hacer como con las iglesias, monasterios, ermitas, bienes diversos de interés cultural de la región… Dejar que se hundieran. Y, de esa manera, podían atenderse otras necesidades patrias que desde Madrid se consideraban prioritarias.

¡Tantos pueblos en Castilla, ya que el breve caserío a pocos kilómetros del siguiente, era una de las señas de identidad históricas de los castellanos, siempre dispuestos a hacer una fundación poblacional donde les apeteciera y hubiese agua para ello, si estaban dispuestos a defenderlos por sí mismos de las acometidas musulmanas, con una horca en una mano y una espada en la otra!

Total, que la nueva España naciente había decidido ir cerrando pueblos castellanos sobrantes y como todos ellos contaban con maestros, pero se estaban quedando sin habitantes, pues se echaba el cierre a la escuela y así se aceleraba el proceso de que la gente emigrara hacia tierras que contaran con mejores perspectivas de futuro, a causa de ser más favorecidas por los Gobiernos centrales.

Por lo menos, fuera de Castilla, las ciudades, los pueblos y los lugares ya contaban con carreteras asfaltadas…

Sin ellas era muy difícil pensar que pudiera transportarse nada hacia los mercados españoles y, desde luego, no resultaba fácil pensar que a ningún grupo inversor regional, nacional o internacional se acordaran de aquellos andurriales dejados de la mano de Dios y de los gobiernos humanos.

“Así no se podía progresar”, era el pensamiento más extendido entre la gente del pueblo “ni tampoco había que esperar a ninguna empresa que quisiese establecerse por allí, sujetando de esta forma a la población donde tenían sus raíces”.

Finalmente, el Gobierno de la Nación (pero de unas partes más que de otras) dijo que era el momento de echar el cierre a todas esas extravagancias de disponer de médico, farmacéutico, veterinario y escuelas en esta tierra…

El gasto en educación era creciente en la España que progresaba, de manera que no podía sostenerse más el desembolso en esos mismos servicios públicos por la España que se estaba vaciando.

“Sobre heridos, muertos y enterrados, y sus cenizas esparcidas al viento”, que decía uno de los refranes de la zona para referirse a quienes habían llegado al final de sus tiempos, y que cada vez se decían más unos a otros de los habitantes de ese punto cardinal de Castilla.

-¿Y si en lugar de llamarlo gasto en educación, lo consideraran inversión en el futuro de nuestra comarca y también reparación de las muchas injusticias históricas que contra nosotros llevan siglos perpetrando? –se dijo una voz discrepante de las que había algunas en el pueblo, aunque procuraban no asomar mucho la cabeza ni las quejas. Para que no se la cortaran la una ni se las silenciaran con un tajo de cárcel las otras, mayormente-.

-Yo también pienso lo mismo. Las carreteras de piedra machacada que tenemos son prueba de que los desafueros y las tropelías que se cometen con nosotros saltan a la vista, como los pedruscos de esas pistas rurales que no nos comunican con nada ni nadie.

-¿Eso no habrá sonado a críticas políticas contra el Ministerio de Obras Públicas del Gobierno de España? –preguntó el cabo de la Guardia Civil, de forma interrogativa y pesquisidora-. Porque de haber sido una desafección a las autoridades patrias, me vería en la obligación de informar a mis superiores.

-No, desde luego –respondió el aludido con la cabeza agachada, después de pensarlo unos segundos-. Es un simple comentario comparativo que se me ha ocurrido.

-Pues mucho cuidado con lo que piensas y con lo que dices, que a ti ya te tenemos muy fichado desde hace tiempo por tus actitudes y opiniones propensas a la disidencia, al odio y al sectarismo  –le conminó el cabo-.

Ante lo cual se hizo un silencio embarazoso, tirante y denso entre la concurrencia que intentaba encontrar soluciones al cierre de la escuela del pueblo, no deseado por nadie de la localidad ni del contorno.

Aunque al parecer el Ministerio de Educación y Ciencia, con sede en Madrid, pero al servicio mayor de quién sabe qué intereses y territorios, no era del mismo criterio pedagógico y debía servir a otras preferencias, preponderancias y primacías.

 

* * *

 

EL PAPEL DE CASTILLA en el nuevo Régimen estaba claro como la luz del mediodía y, además, no era muy distinto del que le habían asignado los sistemas políticos españoles desde, por lo menos, los principios del siglo XIX, o quizá antes… Servir de sostén generoso y soporte altruista para el provecho, utilidad y conveniencia de otras tierras de España.

En el fondo, lo que desde el gobierno central se estaba planificando ya desde décadas atrás, pero durante los años 40 y 50 resultaba ya palmario, indudable y visible que en esa misión se hallaban inmersas las autoridades, era en la creación de lo que con el tiempo se llamó la España vaciada.

Se trataba de que la parte central del país quedase como una cáscara descascarillada, monda y desconchada de todo, a favor de otras zonas del país más mimadas por los gobiernos del Régimen… Esta era la verdad, aunque la fanfarria, la épica, la lírica y las consignas de propaganda del Régimen entonasen himnos contrarios a la realidad de lo que en la práctica hacían.

Mucha Castilla mal interpretada en los panfletos de propaganda, pero en la práctica estacazo y tente tieso, y ese es el camino único que te ofrecemos: el de emigrar… Y cuantos más y antes, mejor para todos.

 

 

* * *

 

LAS AUTORIDADES DEL RÉGIMEN, en sus distintos niveles, veían lo que ocurría y dejaban que ocurriese o incluso alentaban este proceso de despoblación de la España interior, según los planes económicos misteriosos –¿en beneficio de quiénes?- que el Régimen político manejaba.

De hecho, el alcalde del lugar, alguna vez que se había reunido con el Gobernador Civil de la provincia, ya le había dicho que las vías de comunicación de su comarca eran indignos de los tiempos centrales del siglo XX que se vivían.

E incluso le dijo  que él mismo, alguna vez que se había desplazado por otras zonas de España, había sentido un golpe de angustia en la boca del estómago, el cual se le revolvía, al comprobar el abandono en que se encontraban sus parajes natales y los del contorno, comparándolos con la complacencia y los cuidados públicos que había notado por otras partes de España.

-Todos somos españoles, señor Gobernador Civil, pero parece que unos son españoles de primera y otros no pasamos de españoles de cuarta.

-No me fastidies, alcalde, a ver si me vas a salir tú también revolucionario –fue la respuesta-.

A lo que el prócer del Gobierno puesto al frente de la provincia por sus méritos contraídos con los políticos de Madrid, añadió:

-Los ministros del Gobierno nacional toman las decisiones mejores para la patria y si ellos han decidido que hay que prestar otras prioridades al bienestar de nuestra España, no es a nosotros a quien corresponde ponerle chinas en su camino ni palos en las ruedas del carro de su dignísima, atinada y patriótica dirección…

El alcalde ya había oído esas argumentaciones en otros momentos, porque parece que era lo que estaban enseñados a responder las autoridades cuando recibían críticas de ese tipo.

Materiales argumentarios, credos intocables y consignas políticas de obligado cumplimiento han existido siempre, para que el no pensar críticamente comience por las autoridades. Pero en aquellos tiempos, la España de Franco batía todas las marcas de consignas obligatorias.

Luego, desde las autoridades superiores, las consignas debían ir descendiendo a todas las capas de la población, por su orden y ubicación en la pirámide social, que, ante ellas, han de ir saludando en posición de firmes, mediante un sonoro taconeo disciplinado de zapatos de obediencia.

Por lo demás, el Gobernador Civil de la provincia ya concluía su alocución, que no tenía nada de improvisada, sino de aprendida retahíla de santos y señas, señales convenidas y lemas:

-Lo nuestro, alcalde, es obedecer sus órdenes, que para eso ellos cuentan con asesores de la máxima categoría y experiencia.

El alcalde calló, pero se quedó barruntando para sí que la medida que mejor sabían tomar las autoridades correspondientes en Madrid era bajar por decreto el precio de los cereales, de las carnes y de los productos agrícolas, según conviniera a los provechos de no sabe qué sectores o intermediarios.

“Y para eso no es preciso contar con grandes asesores, de categoría y experiencia, sino oídos atentos a lo que se les mande desde quién sabe dónde y manos diligentes dispuestas a firmar los decretos que se les indique desde arriba o desde enfrente de los de arriba, si es que los de enfrente de los de arriba sostienen a estos últimos”.

-De manera que ¡a prestar más servicios a España, alcalde!, ¿estamos? Esa es la más alta forma de realizarse que tienen estas tierras nuestras de Castilla.

“Y si además se sube al mismo tiempo el precio de los productos industriales y de los aperos del campo, pues ya está el destrozo hecho para nuestros pueblos agropecuarios”

“Castilla queda prensada entre las pinzas trituradoras de una gran estafa política. Es como si dispusieras de una válvula reguladora para decidir cuánta población queréis trasvasar de Castilla a otras zonas de España cada año…”

“La que vosotros queráis o la que otros os pidan en el vagón de emigrantes castellanos de ese año, aunque lo revistáis de informes económicos de vuestros expertos asesores”.

Pero el alcalde, aunque lo pensaba firmemente, se guardó mucho de decirlo en voz alta, porque al fin y a la postre él tenía mujer e hijos y debía ser cauto. Sin embargo, continuó rumiando sus pensamientos íntimos del siguiente modo:

“Sí, según nos bajen los precios agrarios y nos suban los costes de los productos industriales que necesitamos, Castilla se hunde más y más, y nuevos contingentes de nuestros habitantes tienen que salir a la emigración”.

“Y más dinero tienen las zonas industriales para ofrecer mejores perspectivas a los inmigrantes, aunque muchos tengan que vender a poco precio las casas y tierras que tenían en su pueblo y hayan de marcharse a barrios periféricos, cuando no chabolistas en esas ciudades mimadas, regaladas y malcriadas por el Gobierno”.

 

 

Pero como un gato ya escaldado por ciertos conatos de rebeldía que había sido sofocado en otras ocasiones, el alcalde se oyó decir a sí mismo:

-Naturalmente, señor Gobernador, ¡Castilla siempre alerta y en actitud de sacrificio ante las necesidades de España! ¡Esa es nuestra misión histórica que venimos cumpliendo satisfactoriamente desde hace varios siglos!

-Pues vete, vete con ese espíritu y ánimo patriótico, alcalde, ve y dile a todos los vecinos honrados de Castilfrío de Atienza que España espera de ellos fe, servicio y laboriosidad para así contribuir todos mejor a la grandeza de la patria.

-Castilprado de los Montes, señor gobernador, yo soy el alcalde de Castilprado de los Montes, excelencia, y en su nombre y en el de su escuela he venido a hablarle de ella.

-¡Eso es! ¡Eso es! ¡Castilprado de los Montes! ¡Son tantos los municipios que tienen las tierras castellanas y también esta bella y leal provincia que nunca se acaba de aprender todos los nombres!

Pero para eso están los secretarios del Gobierno Civil y todos sus funcionarios para que no se despiste un pueblo, ni se nos olvide una pedanía en todo el territorio de la provincia. ¿No tengo razón, alcalde?

-Naturalmente que sí, señor Gobernador Civil.

-Pues eso, alcalde, mis saludos más patrióticos a Castilfrío…, digo a Castilprado de los Montes.

Y puso fin a la audiencia oficial, diciéndole, a modo de advertencia:

-La próxima vez que vengas por aquí hablas con alguno de las altos funcionarios de la Diputación, salvo que vengas a traerme buenas noticias, en cuyo caso si puedes presentarte ante mí, alcalde.

-Entendido, señor Gobernador, perfectamente entendido. Haré saber sus patrióticas disposiciones a todos mis convecinos de Castilprado de los Montes, punto por punto y sin omitir ningún detalle, y esté seguro de que en nosotros tiene adeptos, adictos, incondicionales y partidarios inquebrantables de los nuevos valores de la España de siempre.

-Estoy seguro, alcalde, estoy seguro. ¡Arriba España!

-¡Eso mismo, y más alto que lleguen los pueblos que ya están en las prominencias de los montes, como los de nuestras serranías orientales, señor Gobernador Civil!

-¡Toda España está llamada a nuevos sacrificios que redundarán en nuevas realidades que quién sabe a dónde acabarán conduciéndonos!

“A nosotros, me malicio que nos conducirán a la emigración, porque los designios centrales contra nosotros están bien claros”, pensó el alcalde de Castilprado de los Montes, aunque no dijo nada más de lo que había intentado exponer, sino que realizó una leve reverencia ante la autoridad del Régimen, y salió apresuradamente del despacho del palacio del Gobierno Civil de la provincia.

 

* * *

 

MILLANCICO, EL HIJO DE MILLÁN, el Molinero, no entendía ni poco, ni mucho ni nada lo que acontecía entre los políticos de su provincia y los de su pueblo.

Bastante menos conocía los proyectos que tenían los señores asesores y planificadores de Madrid, pero en el transcurso de su vida sí que lo fue comprendiendo.

Con el tiempo, tales criterios darían lugar a lo que en nuestros días conocemos como la “España vaciada”, ese trozo inmenso de la patria española que por densidad actual de población más parece Laponia, el Círculo Polar Ártico o Siberia que no un espacio propio de la Europa meridional.

En los países citados, el problema radica en que las tierras son hielo, poco o nada productivas. En la España vaciada su lacra principal eran los Gobiernos españoles de los últimos siglos y años, bastante depredadores de las tierras que no les interesaban.

Por consecuencia, los expertos radicados en Madrid, siguiendo las oscuras directrices que les llegaran desde quién sabe dónde, sancionaron que había llegado el momento de concentrar a los alumnos que quedasen por los alrededores en algún centro comarcal, entre los que el pueblo de Millancín, el Rubio, no se encontraba.

El zagalejo se limitaba a pastorear a su pequeña manada, y cuando dejaba de ser rey solitario de su grey de reses, procuraba divertirse lo más posible con los otros niños del pueblo, que salían de la escuela dispuestos a arrasar con todo lo que pillasen bajo sus pies, empezando por las cuestas donde se asentaban las muy sencillas y sin lujos, aunque suficientes y capaces, casas empinadas que de vez en cuando repintaban de sus padres.

 

 

* * *

 

LA NOTICIA DEL CIERRE de la escuela la recibieron a finales del curso anterior, y cayó como una bomba por todo el pueblo, porque llovía sobre mojado…

Antes se había ido el médico y el boticario, y hasta el cura se rumoreaba que tendría que marcharse, porque le pillaba más céntrico otro de los lugares del contorno, para desde allí atender a los diversos anejos a los que salvaguardaba el alma y atendía -como una ONG unipersonal- en los asuntos del cuerpo, también necesarios de reparar de vez en cuando, al menos escuchando los problemas que se le confiaran.

Pero de la decisión de Madrid no había forma de salvaguardarse, según don Paco, el cura, les había advertido desde el púlpito cuando fueron numerosos los feligreses que vinieron a decirle que hiciese gestiones ante las autoridades. Inclusive ante el señor obispo de la diócesis, Dios mediante.

Se trataba de conseguir que entre todos y con la ayuda de Dios obraran el milagro imprescindible para ablandar el corazón de la burocracia madrileña, siempre muy duro contra quienes no tenían valedores, padrinos ni protectores con influencias en las altas instancias gubernativas.

-El corazón de la burocracia madrileña no se ablanda porque lo pida un cura de pueblo, señores míos –les había dicho el párroco al comienzo del sermón dominical, que dedicó al asunto de marras, precisamente-.

Le miraron con bastante melancolía y resignación, porque con esas palabras se quebraban algunas de las últimas esperanzas humanas que le quedaban a su feligresía.

Pero el usuario del púlpito, impíamente, aunque con gran sinceridad, continuaba su sermón, como quien ahonda la espada en el morrillo de quienes habían depositado sus últimas expectativas en la Iglesia.

-En la cuestión de la burocracia de Madrid, no hay modo de entrometerse.

Y concluyó su interpretación de las Sagradas Escrituras, diciendo:

-Imaginaos si tuvieran que atender los portentos providenciales que les pidieran desde cada pueblo perdido en el mapa, abriendo un Departamento en la Administración para esos asuntos. Y no nos engañemos, nosotros somos eso, un pueblo perdido en el mapa.

No lo dijo con ninguna alegría, sino con bastante tristeza y pesadumbre que les llenó a todos de tanta amargura o más de la que ya tenían al entrar aquel día a la iglesia.

-Los curas entendemos de pecados, de rezos e intenciones, y si acaso podemos entrar en cuestiones de lluvias y de sequías, y podemos bendecir todo lo que se nos ponga por delante: cosechas, casas, animales y personas de todas las edades…

Negó entonces con la cabeza:

-Pero asuntos políticos en Madrid y además de ese calado como el de mantener abierta la escuela de nuestro pueblo, no entran dentro de las atribuciones que nos ha concedido el Señor.

Lo mismo dijo el alcalde-pregonero cuando lo intentó. Que el Gobernador Civil le había dicho que España no necesitaba tanta gente que se quejase y pusiera trabas a las decisiones del Gobierno, sino gente dispuesta a contribuir más para la grandeza de la Patria, trabajando mejor y poniendo menos pegas a lo que se les ordenase.

 

 

* * *

 

ENTRE EL GRUPO DE los compañeros de escuela de Millancín, el Rubio, también cundió el desánimo cuando lo supieron, porque aunque ya había ocurrido anteriormente en otros pueblos de la comarca, jamás creyeron que el cierre de la escuela llegara a ocurrir en el suyo, pues era tan importante que tenía castillo.

De forma que Antonio, el Lechuzo, se quedó mirando fijamente a don Facundo, el maestro, cuando les dio a todos la noticia de lo que pasaría el próximo curso, sin acertar a saber lo que eso significaría para las vidas de todos los alumnos.

Pero empezó a pensar que quizá tuviese que aplicarse más a ayudar a su padre, Juan, el Carnes, que en materia de trocear, despachar y darle el pasaporte de cualquier tipo de reses era un hacha, por no decir un gancho y un cuchillo muy hábil, como pocos habría en la comarca.

Paco, el Zurullo, como era el más fuerte del grupo en lo físico y también el más adelantado en otras cuestiones, se limitó a encogerse de hombros y comenzó a pensar que podría ponerse a trabajar más horas en la fragua de su padre, ya que caballerías y bestias siempre habría en el pueblo, y todas ellas iban a necesitar pasarse por la herrería para que allí les echasen un remiendo a los bajos.

 

 

De hecho, Paco, el Zurullo, el hijo de Pedro, el Chispas, que era el mejor herrero de la zona, no creía que el hecho del cierre de la escuela le afectase lo más mínimo, porque las cosas les iban bien en la herrería y hacía poco que le habían comprado incluso un receptor de radio de los modernos de la capital de la provincia a su abuela que cuando zurcía, cosía o hacía punto decía que a veces se aburría de tanto no hacer nada.

Pepe, el Mugres, no dijo ni  hizo nada, porque para eso era esmirriado, enclenque y pálido de color general y de cara en particular, como los cadáveres recientes, porque ciertamente no se prodigaba en eso de hablar o manifestarse en ningún sentido.

 

 

Sólo se mostraba más parlanchín, e incluso alegre y agradecido, los días en que su padre, Luis, el Mulas, le alargaba una botija, alcarraza o piporro de vino tinto de la tierra, cosa que hacía sin que se enterase su mujer, porque hubiera dicho que estaba malcriando al niño.

Pero Luis, el Mulas, pensaba que un poco de vino tinto no le hacía mal a ningún hombre y aunque Pepe, el Mugres, todavía no lo era, tampoco estaba mal que se fuera acostumbrando a costumbres de mayores.

La Mercedes-cedes, sí que preguntó varias cuestiones al maestro, a la que éste dio y soltó tan tremenda noticia, pero Millancín, el Rubio, no prestó atención a lo que decía, porque la Mercedes-cedes, cansada de recibir negativas de todos los muchachos a los que se dirigía, ahora la había tomado con Millancín, el Rubio, y eso es algo que el chaval no podía soportar y había dejado de prestarle atención.

Además que pronto iban a ser los toros del pueblo, que se hacían en la plaza Mayor, juntando todos los carros que se pudiera, a modo de ruedo y de palcos…

Y entonces la Mercedes-cedes se ponía más pesada que nunca, porque quería que la acompañara algún mocito de la escuela, como si fuera su novia, por envidia que tenía de su hermana mayor, que ya contaba con galán oficial, públicamente considerado como pretendiente, y se dejaban ver por todas partes bartoleando a lo novio.

 

 

 

También la Carmencita-cita se arrimaba en las fechas previas a las fiestas del pueblo a alguno de los chicos de la escuela, pero ella no buscaba novio, porque todavía no tenía edad para esos menesteres.

Lo que quería la Carmencita-cita era que alguien le regalara golosinas, caramelos, dulces y si es posible un martillo de caramelo o una cachaba de caramelo, que eran más grandes, y duraban mucho más tiempo. Si esto ocurría alguna vez, que eran pocas, pues entonces miel sobre hojuelas.

El fenómeno de repetir las últimas sílabas de la niñas e incluso de las mujeres del pueblo era una costumbre inveterada que presentaba la comarca, y, si tales detalles contaran con importancia para sus habitantes, o hubiese etnólogos estudiosos de estas tradiciones, hasta podrían sacarse concusiones etnográficas la mar de antiquísimas.

Pero ni había etnólogos que se ocuparan de las tradiciones de aquellos montes, ni interés entre sus habitantes por averiguarlo. Simplemente, convertían a las niñas y mujeres del entorno en una especie de eco de las cuevas que portaban en su nombre, y santas pascuas. Asunto listo y arreglado.

¡En tantas cosas es forzoso conformarse con lo que sucede, se hace o se dice!

 

* * *

 

DON FACUNDO, EL MAESTRO, era un hombre docto, como algunos de los que venían de la ciudad, pero además tenía cariño por el pueblo, y les contaba cosas de cuando el castillo no estaba arruinado sino que se erguía con todo su esplendor, con almenas casi inexpugnables.

Hoy, en cambio, se mostraba ya casi como un castillo en el aire. Igual que el pueblo todo empezaba a carecer de base.

Don Facundo les había instruido también en que su pueblo, aunque muy venido a menos en las últimas décadas, no era un simple pueblo, ni siquiera una villa de las de los últimos siglos, cuando ese título se compraba y se vendía según las necesidades de financiación de los reyes Austrias y Borbones y de sus guerras, que las tenían y muchas, siempre continuas y persistentes, en los más diversos lugares…

No, la suya era una villa de las de siempre, de las de antes, de las que habían tenido fuero propio desde poco después de su fundación, para atraer población hacia ella y hacerla cabecera de comarca, por sus ferias de ganado, libres de impuestos reales.

Sí, porque su villa castillera y amurallada, en tiempos, gozaba de fuero propio desde muy remotos siglos medievales, cuando otras de las que ahora presumían mucho de tenerlo ni existían siquiera, porque ni siquiera habían sido fundadas.

-Ahí tenéis la importancia que se dan los de Bilbao, que no fue fundada hasta el año 1300 y que prosperó gracias a los privilegios concedidos por la Corona de Castilla​ que permitieron el desarrollo de una gran actividad portuaria, que se basaba principalmente en la exportación de la lana procedente de Castilla.

-¿Nuestro pueblo tiene un fuero más antiguo que el de la villa de Bilbao, don Facundo? –preguntó Antonio, el Lechuzo, abriendo aún más los ojos de lo que en él era habitual-.

-Claro que sí, Antoñito… Pero no hagas esa distinción entre “nuestro pueblo” y “la villa de Bilbao”, porque villas con fuero somos las dos, pero la nuestra más antigua y nuestra ley territorial propia, o fuero, también más antigua es.

-¿De qué año es nuestro fuero, don Facundo? –se interesó Pepe, el Mugres, saliendo de un pequeño sopor de ausencia, en que había caído-.

-Del reinado de Alfonso VII de Castilla y de León, dilectos alumnos, esto es, de comienzos del siglo XII. Concretamente de 1133 –replicó el diestro preceptor o ayo de aquellas ánimas infantiles-. Una cifra fácilmente recordable, puesto que duplica ambos numerales, como un guiño pícaro de nuestro memorable pasado.

 

 

 

Don Facundo, para ilustrar las enseñanzas que procuraba a sus educandos, escolares y aprendices de futuros hombres, les mostró un día una reproducción facsímil del “Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla”, que pertenecía a su biblioteca personal, porque los pocos libros que se guardaban en la estantería de la escuela no daban para esos esos lujos, por muy didácticos y clarificadores que tales inversiones librescas fueran.

-“El libro de la Coronación de los Reyes de Castilla” es un manuscrito ilustrado, profusamente ilustrado a todo color, que fue dibujado y grabado en la primera mitad del siglo XIV, con motivo de la coronación de Alfonso XI y que hoy se conserva en la Biblioteca del monasterio de San Lorenzo del Escorial.

-En esa Biblioteca que usted dice, y en su casa, don Facundo, porque desde ella nos lo ha traído a la escuela para mostrárnoslo –preciso Antonio, el Lechuzo, que cuando algo le sorprendía no sólo se le abrían de par en por las persianas de los ojos, sino que se le soltaba la lengua hasta extremos no vistos en otras ocasiones-.

-¡No, Antoñito! En mi casa, no lo tengo. ¡Qué más quisiera yo! –repuso don Facundo, el maestro zurdo por necesidad de coz, pero muy diestro en el amor que profesaba a sus discípulos, hijos educandos-.

-¿Y entonces, esto que tenemos ante nuestros ojos? –insistió Antonio, el Lechuzo-.

-Esto que veis es una reproducción facsímil de ese libro que os he dicho, que parece casi igual, pero es una copia en realidad, mucho más recientemente impresa

 

 

Les aclaró don Facundo:

-Lo adquirí en uno de mis viajes a Madrid, y me costó bastante también, no vayáis a creeros. Pero eso es otra cuestión, que ahora no viene al caso…

Don Facundo siguió mostrándoselo a sus mejores alumnos, reunidos en círculo alrededor de su mesa de profesor. Y continuó diciéndoles.

-La imagen primera que habéis visto es la coronación del rey Alfonso VII, que nos concedió nuestro muy viejo e histórico fuero local y comarcal, en 1122, como ya os he dicho. Pero el libro contiene otras muchas maravillas de esa época ya esplendorosa de Castilla.

Y les enseñó otras páginas ilustradas del manuscrito, entre ellas una que lucía mucho y que correspondía a la coronación del rey Alfonso XI, muy destacado por sus hechos de armas, por la literatura y por las artes.

-Por entonces, nuestra tierra contaba en España y en Europa, nuestras manufacturas eran punteras en su época y hasta nuestra red de comunicaciones y de caminos reales permitían que las caravanas de arrieros recorrieran los cuatro puntos cardinales de Castilla, transportando mercancías de un lugar a otro de nuestra tierra.

-En cambio, ahora nadie cuenta con nosotros, ¿es eso lo que quiere decirnos, don Facundo? –preguntó Millancín, el Rubio, que no perdía detalle de lo que estaba oyendo-.

Pero el maestro no contestó, sino que se limitó a decir:

-Y aún voy a hacer otra cosa por vosotros, muchachos, para que nunca os engañen sobre los límites o lindes de Castilla, porque hay mucho interés en dividirla desde hace más de siglo y medio, en regiones administrativas, que poco a poco han ido difuminando los conceptos de lo castellano.

Tomó un cuadernillo de mapas que consigo también llevaba, y abriéndolo por donde él quería, les dijo:

-Mirad, esto es Castilla en época del buen conde Fernán González, en el siglo X, que llevó los límites de su condado y de la reconquista hasta Sepúlveda, ya en los montes del Sistema Central. Pero no quiero que os fijéis sólo en eso, sino desde dónde arranca Castilla, ya la Castilla condal, en los años 900, antes de ser reino por sí mismo.

-¡Arranca desde el mar! –dijo Antonio, el Lechuzo, que estaba enormemente dotado por la naturaleza para percatarse de los detalles que se situaban delante de sus ojos, si se lo proponía-.

 

 

 

-Así es, desde el mar natal de nuestra tierra hasta Sepúlveda que conquistó en el año 940 y a la que repobló con gente de más al norte, concediendo a la villa un amplio y generoso fuero, que comprendía a los 39 municipios que acabaron constituyendo la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda.

Este fuero de Sepúlveda resultó ser tan completo en las materias que legislaba que posteriormente fue aplicado en otras villas como Roa, en la provincia de Burgos, y en la de Uclés, ya en la provincia de Cuenca. Y hasta en Teruel, dentro del Reino de Aragón.

Don Facundo pasó la página del cuadernillo de mapas que manejaba y mostró otro de ellos a sus discípulos, diciendo.

-Pero no sólo quiero que os fijéis solamente en la época de Fredinandus Gundisalviz, como le llamaban los documentos y las crónicas de su tiempo, ya que el castellano era lo que todos hablaban, más o menos evolucionado, pero las cuestiones oficiales seguían redactándose en latín por parte de los escribanos, porque de esta forma parecía todo más ceremonioso y solemne.

Señaló la página en que ahora se encontraba y les dijo:

-Este otro es el mapa de los reinos de Castilla y de León en tiempos de San Fernando, cuando con este rey se unieron para siempre ya, sin volver a separarse por ningún motivo.

-¿Y en qué año ocurrió eso, don Facundo? –inquirió Pepe, el Mugres, que también quedó muy sorprendido con todo lo que les estaba enseñando el maestro-.

-En 1230, exactamente. Fernando III primero había sido rey de Castilla, desde 1217, y luego a la muerte de su padre el rey de León, en 1230, se hizo cargo también del trono del reino hermano.

Continuaba don Facundo:

-Al rey santo le debemos muchas cosas, sin duda alguna es uno de los personajes más excepcionales de la Historia de España. Lo primero es la unión sabia de los reinos de Castilla y León, lograda por el carisma que para todos tenía su figura desde que era un muchacho.

De hecho, Castilla y León son los dos únicos reinos peninsulares ibéricos que se unieron pacíficamente, por acuerdo de todas las partes, en la conveniencia de que fuese Fernando III el rey de todos.

 

 

-¿Todos los demás reinos se unieron por guerra y victoria de unos reinos contra otros? –preguntó Millancín, el Rubio, a quien aquella capacidad de los reinos de la Península para enfrentarse entre sí le había desconcertado, verdaderamente-.

-Todos, Millán, hijo… –respondió el maestro-. Pero no debe extrañarte tanto. La guerra de todos contra todos era lo propio en aquellos tiempos, en España, en Europa y en todo el mundo.

 

* * *

 

-AQUÍ, EN ESPAÑA, TAMBIÉN tuvimos una guerra hace poco, ¿verdad, don Facundo?, se lo he oído a mis padres, hablándolo en voz baja –preguntó la Mercedes-cedes, que tenía mucha propensión a aprender cosas fuera del horario lectivo de clase-.

-¿Por qué te interesa eso, hija Mercedes? –repuso don Facundo, cauteloso-.

-Es que con las historias que les oigo a mis padres, entre dientes, a veces tengo pesadillas por las noches. Y quisiera que usted me lo aclarase.

-Eso no viene en el programa de hoy, Mercedes, tenemos que centrarnos en lo que ahora nos ocupa –fue lo que respondió don Facundo, aunque pensó que, en realidad, eso no venía en ninguno de los programas docentes que se impartían en su escuela ni en ninguna escuela de toda la comarca de los montes-.

* * *

DON FACUNDO, EL MAESTRO, soslayó aquel tema, que le había puesto nervioso, y les indicó de nuevo los dos mapas que les había mostrado. Después con voz más magistral, pero también más paternal que en otras ocasiones les expuso y les hizo observar:

-Con la unión de Castilla y León, Fernando III contó ya con la potencia suficiente para atender la llamada de los mozárabes cordobeses, que se rebelaron contra el rey moro de Córdoba y llamaron en su auxilio al rey castellano, quien conquistó todo el reino y la antigua capital del califato musulmán.

Y les aconsejaba que mirasen en el mapa que esto había sido en el año de 1236.

-Diez años después, en 1246, el rey santo acometió la reconquista del reino de Jaén y previamente de las plazas fuertes de las que esta taifa islámica disponía.

Más tarde les orientaba hacia la posición de la ciudad de Sevilla, la capital del Guadalquivir.

-Y sólo dos años después, en 1248, San Fernando se enfrentó a su más descomunal tarea, la conquista del reino taifa y marítimo de Sevilla, que entonces comprendía también las actuales provincias de Cádiz y Huelva.

-Eso tuvo que ser ya una empresa muy difícil y un impulso decisivo a la Reconquista que tanto adelantó Fernando III, según usted nos enseña, don Facundo –aseveró, Millancín, el Rubio-.

-Bastante difícil, Millán, bastante difícil. Sevilla era la ciudad mejor y más extensamente amurallada con la que se había enfrentado nunca Castilla, con muros formidables de varios kilómetros de perímetro…

Y, además, como era un reino marítimo, aliado con flotas norteafricanas, Castilla tuvo que construir primero y poner en disposición de combate después la Marina de Guerra de Castilla, que hizo su primera aparición bélica en esa campaña sevillana de 1248, llegando desde los puertos castellanos del norte.

-¿Desde qué puertos castellanos del norte? –se asombró la niña Mercedes-cedes-.

-Pues sobre todo, desde las cuatro villas marineras de Castilla.

-¿Y cuáles eran esas cuatro villas marineras del norte de Castilla?

-Pues cuatro villas forales a las que otro gran rey anterior, el soriano Alfonso VIII, otorgó durante su reinado fueros y privilegios que favorecieron en ellas el comercio y la pesca, con preferencia a las localidades vecinas, iniciando su progreso económico y demográfico, que ha llegado hasta nuestro tiempo.

-¿Y cuáles son esas cuatro villas costeras castellanas? –preguntó esta vez Millancín, el Rubio-.

-Pues Castro Urdiales, que recibió su fuero otorgado por Alfonso VIII en el año 1163, la villa de Santander, que lo obtuvo en 1187, la villa de Laredo, con fuero desde 1200, y finalmente San Vicente de la Barquera, con fuero propio desde el año1210.

-Lo que no he visto en estos mapas es la villa de Bilbao, don Facundo –exclamó Antonio, el Lechuzo, por más que abría desorbitadamente los ojos y se dejaba las pupilas en su infructuoso intento-.

-Porque ya hemos dicho que Bilbao es una creación muy posterior a estos años que comentamos, Antoñín. Esa villa no fue fundada hasta 1300 por Diego López de Haro, señor de Vizcaya –uno de los señoríos internos de la Corona de Castilla- que fue un magnate y ricohombre castellano, mayordomo y alférez que llegó a ser del rey Fernando IV de Castilla.

-¿Y Bilbao también tuvo fuero propio, porque algo de eso sí me suena? –quiso informarse Millancín, el Rubio-.

-Sí, Fernando IV de Castilla concedió algunos privilegios territoriales a Bilbao, que están fechados el 15 de junio del año 1300, en la ciudad de Valladolid, a la larga servirían para labrar la fortuna de dicha villa. En esencia a Bilbao se le concedió el fuero castellano de Logroño.

-¿Otra forma de establecer sitios seguros en la costa, pero más tardía? –inquirió Millancín, el Rubio-.

-Eso es. Y además Fernando IV estaba muy agradecido por los servicios que le había prestado Diego López de Haro, el señor de Vizcaya, el cual incluso murió en la batalla de Algeciras, después de haber ayudado a su rey y señor natural en la conquista de la roca de Gibraltar, que por entonces estaba aún en poder de los islámicos del reino de Granada.

-Y nuestro pueblo, don Facundo, ¿sale también nuestro pueblo en este libro de mapas? –se interesó la niña Mercedes-cedes-.

-¡Claro que sí, como no va a venir en la historia de Castilla una villa foral como la nuestra!

A Millancín, el Rubio, le sorprendía mucho eso de saber que su villa había tenido fuero propio, porque tal hecho le sonaba importantísimo y especial, tanto que sí, ciertamente, lo tenían otras tierras, pero jamás se le hubiera ocurrido pensar que lo tuviera la suya propia “y que ellos fueran fuente y origen de otros fueros”, como incidía y recalcaba el maestro, al explicarlo.

Movió ágilmente los dedos ya un tanto aviejados el maestro don Facundo y les mostró un mapa de las Comunidades forales de Villa y Tierra de la Extremadura castellana, o región de Castilla que se extendía entre el río Duero y el río Tajo.

Y efectivamente, allí entre las otras villa que van desde Ágreda y Molina de Aragón al este, hasta Béjar (Salamanca), Plasencia, Trujillo y Medellín, al oeste, que siglos más tarde saldrían del territorio castellano para ser incluidas en lo que ahora denominamos región de Extremadura, allí mismo, en aquel mapa multicolor, aparecía Castilprado de los Montes, con el pequeño territorio o alfoz que le correspondía.

Mucho se sorprendieron de esa importancia histórica tan inmensa de su villa. Tanto que guardaron en su memoria y en su retina aquel mapa de las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura castellana, para no olvidarlo jamás.

Y otro día, en la escuela, se dedicaron a copiar a mano el mapa, para que nunca nadie les negara la importancia histórica que tuvieron su villa y sus montes.

El mapa no se muestra en este libro para que permanezca en el misterio la ubicación exacta de Castilprado de los Montes y quede entre brumas el sigilo y el enigma que merece su castillo roqueño y su caserío pintoresco, pero sí conviene destacar lo que a continuación expuso el docto pedagogo don Facundo:

-En el fondo, poseer un fuero propio, no significa en modo alguno disponer de soberanía, sino precisamente al contrario.

“Foral” y “fuero” supone ser un territorio dependiente de un soberano ajeno, el cual por la razón que sea ha querido favorecer a un territorio determinado de sus dominios, con unas leyes y disposiciones territoriales que lo singularizan ante otros territorios dependientes de ese mismo soberano.

Del soberano de Castilla, en todos estos casos que comentamos.

 

* * *

 

Juan Pablo Mañueco 

Premio Cervantes-Cela-Buero Vallejo, 2016

Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

.

(FIN DE LA PRIMERA PARTE DE “LLORAR COMO UN PERRO CASTELLANO”. LA SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE SE PUBLICARÁ PRÓXIMAMENTE EN ESTE MISMO LUGAR Y MEDIO DE COMUNICACIÓN. ¡Felices lecturas veraniegas!)

 

 

 

 

 

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

Lo más leído