Fantasía castellana (adelanto de la 2ª edición de «La cultura castellana, una última oportunidad para Castilla»)

 

FANTASÍA CASTELLANA

 

Nación antigua, de la que todavía hablan los libros de historia. Limitaba al Norte con la desesperación, al Sur con el abandono, al Este con la emigración y al Oeste con el subdesarrollo.

Muy abundante en cadenas montañosas y en ríos, a pesar de que sus enemigos periféricos y la Generación del 98, también todos periféricos y poco conocedores de ella, salvo el grande Miguel de Unamuno, habían creado la imagen literaria de que era llana y a pesar también de los trasvases que regalaron a otros su futuro.

Reunía en sí misma los más diversos paisajes, incluso las cadenas montañosas más largas y los valles más encantadores, pero al referirse a ella solía emplearse el término exclusivo de “llanura” o de “meseta”, lo cual demostraba su desconocimiento.

Víctimas de consolidadas etiquetas mentales, sus moradores acostumbraban a ser calificados de “sobrios” y “austeros”, en lugar de ser incluidos en el cajón del olvidado subdesarrollo y en el del empobrecimiento, a causa de las medidas legales oficiales que se habían tomado contra sus habitantes.

De lo que más carecía era de niños, y no es que hubiese pasado por allí Herodes, pasó el Estado español y se los llevó con sus padres por la ruta del éxodo, aunque nadie quiso hablar de genocidio.

Sus habitantes descubrieron -que es lo importante y enteramente limpio- y conquistaron medio mundo y desarrollaron una de las culturas más importantes del universo, pero después fueron sometidos a un largo proceso de destrucción y de esquilmo, de forma que a finales del siglo XX si existencia hizo crisis definitiva y los más se extinguieron.

Los supervivientes marcharon a la emigración y hoy sus descendientes son los maquetos, coreanos, churros y charnegos, y los ciudadanos de segunda de las periferias mandantes (razas inferiores, como todo el mundo sabe, y sin derecho a lengua vernácula propia, aunque la tengan y bien gloriosa y cervantina, por cierto).

Ella era la más histórica de las nacionalidades históricas; pero, hija de su indefensión, solía ser motivo de mofa y de befa mediante epítetos tales como “zona Centro”, “cuenca del Duero”, “zona Duero”, “la meseta”, la “submeseta norte” y la “submeseta sur” o Castilla-La Comarca, en su zona sur, donde se había igualado el antiguo Reino y Estado histórico castellano con una más de sus múltiples y meras comarcas.

Lo de Castilla-La Comarca es un pasmo de los siglos históricos y bochorno de la clase política que había perpetrado tal atentado antihistórico contra lo castellano.

Los políticos inventores de ese sambenito bifronte no querían acordarse que Cervantes había escogido a la comarca manchega en su libro de humor para burlarse y mofarse de ella, pero con tan grandioso libro escrito en castellano por el castellano Cervantes que la comarca había acabado prestigiándose con la obra castellana.

Al contrario, machacaron a golpes de ingentes cantidades de presupuesto público malversado tan atroz sambenito bifronte sobre los cerebros de los súbditos pasivos e indefensos.

Y todo ello sin consulta popular ninguna ni derecho a decidir para los castellanos si querían permanecer unidos o separados o con qué nombre querían ser conocidos o seguir siendo conocidos.

Al final no obtuvo ningún tipo de Estatuto conjunto, ni de “nacionalidad”, ni de “país”, ni de “región”, ni de “zona”, ni de “cuenca”, ni de “meseta”, y ello complicó bastante las cosas, aunque acrecentó su multisecular condición de “colonia” interior, política y crematística, de las fuerzas económicas dominantes del Estado español.

Sus fueros y libertades, conciertos económicos y cupos o encabezamientos con la Hacienda real (como en su caso peculiar solían llamarse) sólo tenían una diferencia con los de los otros: que los suyos eran más antiguos (y también que habían sido abolidos y aplastados bastante antes).

Pero esto no importaba a los políticos, que sólo reconocían derechos históricos a quienes los reclaman desde la riqueza, desde la presiones ocultas por los pasillos o restaurantes de las negociaciones secretas de los partidos en Madrid o desde el tiro en la nuca, las pistolas o las metralletas.

Nación que una vez tuvo vida en sus numerosos y bien nutridos pueblos, llenos de arte y de monumentos por ello mismo, pero poco a poco hubo que ir borrando sus nombres de las enciclopedias, porque los muertos no cuentan.

Desde entonces, el silencio fue su tarjeta de visita; la soledad, su compañera. Los monumentos, por cierto, se fueron cayendo, declarados ruinas gloriosas pero decaídas o se fueron llenando de polvo, grietas, verdín de hierbas silvestres y decadencias diversas.

Nación donde todas las desventuras eran pocas, incluidas las políticas:

La izquierda (bastante corrompida, verticalista y hasta pútrida) no la comprendía e incluso la rechazaba, sin conocerla, despreciando cuanto ignoraba de ella, y procuraba asestar golpes a su existencia.

La derecha (bastante corrompida, verticalista y hasta pútrida) engolaba mucho la voz al hablar de esta tierra y de su ejemplar fidelidad, aunque luego, de tapadillo, la ignoraba en sus necesidades y reivindicaciones apenas audibles (en la España vaciada habían dejado pocas voces jóvenes hábiles para reivindicar nada) se dedicaba a la productiva rapiña.

Después esa misma derecha transportaba lo obtenido hacia las bancas adversas, que retribuyen con más altos intereses o hacia la costa, que es donde mejor se veranea.

Los gerifaltes de Madrid caían sobre ella en la época electoral para decirle que era muy guapa, dentro de su simplicidad, pues jamás se habían pateado sus variadísimas veredas, paisajes variadísimos y menos sus zonas de montaña (donde se refugiaban los señores Cayo, mientras iban extinguiéndose) para ver que era varia y montaraz en grado sumo

También le decían que tenía una historia muy importante, si bien se callaban lo de su presente marginador, lo de su futuro negro e incluso que su historia propia era propia de Castilla, y sólo a través de Castilla, que debía ser respetada, podía y debía ser considerada Historia de España, de Europa y de la Humanidad.

Después les decían a su habitantes que estuvieran calladitos (que es lo que siempre habían hecho, durante los últimos cinco siglos), y que no pretendiesen conseguir autonomía conjunta de todas las Castillas, ni de Castilla la Nueva entera ni de Castilla la Vieja y León entera ni tampoco de primer orden, porque aún no estaban maduros ni preparados para obtenerla.

Y además había múltiples presiones en la Corte por parte de los grupos periféricos para que nada de interés se le concediera a Castilla, porque sería un competidor muy fuerte si se quedara unida, y los periféricos querían lucir ellos como si fueran el centro del mundo.

También les decían a los castellanos, que se fiaran de sus políticos y que les dieran “su confianza”, que viene a ser lo mismo, en cada convocatoria electoral que ellos en Madrid sabían muy bien lo que se hacían… (¡Y tanto que lo sabían!).

De vez en cuando, también llegaban a sus pueblos algunos vocingleros, uniformados y nostálgicos, para decirles a sus moradores que ellos debían ser la salvación de España (aunque ésta llevara cinco siglos acuchillando a Castilla por la espalda).

Mientras tanto el BOE dictaba leyes a favor y provecho de la periferia rica que había podido organizar y sostener esos caros instrumentos de poder que llaman “partidos políticos”.

Entre estos instrumentos periféricos crearon una ley electoral española donde siempre quedaban como árbitros los partidos antiespañoles, porque la ley electoral estaba concebida para que los partidos “de Madrid” rara vez alcanzasen la mayoría absoluta.

Por esa ley electoral, los partidos «de Madrid» tenían que comprar los apoyos parlamentarios periféricos, a golpe de millones, ventajas, inversiones extras y todo tipo de privilegios, que convertían a sus zonas en independientes, de facto, y beneficiadas y privilegiadas, siempre

Castilla, mientras tanto era partida en cachitos, troceada a conveniencia, ofendida y acusada de lo que nunca había sido por parte de la Historia oficial, subvencionable y premiada-

Al tiempo, sus propios políticos, meros comparsas delegados sucursalistas de los que les mandaran desde sus terminales centrales en Madrid-Periferia, callaban, obedecían y progresaban en sus bien pagadas y loadas carreras de traición castellanas, llenas de honores y recompensas.

La traición a Castilla sí lleva siglos siendo pagada con oro y oropeles, y no daré nombres porque prácticamente tendría que agotar la nomenclatura de señorías nacionales, autonómicas y locales.

Los periféricos, a la vez, aplaudían con las manos y con las orejas la devastación y colonización de Castilla, que ellos mismos estaban promoviendo como motor inicial del anticastellanismo, dominante desde la Generación del 98 a nuestros días.

El siglo XX conoció una explosión económica y demográfica sin precedentes, pero ella estaba desde bastante tiempo antes “parada” y sacada del curso demográfico poblado de la Historia.

En realidad, después del Régimen de Francisco Franco, servidor máximo de la idea de Triespaña sobre España, pues estuvo siempre a su servicio económico, Castilla ya no contaba entre las tierras pobladas, así que esta tierra no pudo en absoluto beneficiarse de ambos provechosos fenómenos.

En sus años finales, aún conservó alguna población residual al cuidado de las reservas de caza y de las centrales energéticas, destinadas a cubrir las necesidades de la España rica; no obstante, la prosperidad de las zonas industriales demandaba más y más población trabajadora, y también les hicieron marcharse.

Ella tenía uno de los legados culturales más importantes del mundo; sin embargo, como no presumía de culta ni chillaba a voz en grito su cultura, nadie quiso detener su veloz anulación, de forma que la crónica de lluvias de cada invierno arrojaba centenares de derrumbamientos, roturas, destrucciones y más ruinas.

Incluso los pueblos castellanos se cerraban por doquier, como en una maldición bíblica silenciada por la Cortes Generales (generales, pero sólo de los poderosos que las controlan), por lo que los pueblos castellanos fueron desapareciendo de la faz de la tierra y con ellos los restos de su peculiar cultura, excepto los restos del naufragio que Miguel Delibes, el escritor vallisoletano-santanderino, consiguió salvar de la extinción de una cultura.

Nació, creció, se irguió como ningún otro país del mundo; luego fue víctima de la rapiña del sistema económico español, bajo todo tipo de Regímenes, y tuvo que hundirse en una agonía de siglos. Hoy su ámbito está desolado…, seguramente por eso cuentan algunos que fue “muy opresora”.

País para la vergüenza y la rabia, para la humillación y la tristeza, que murió sin que nadie se aterrara y sin que nadie con él quisiera mostrarse solidario: odiado, envilecido y esquilmado.

País calcinado y destruido. País de ruinas, de emigración y de llanto.
País de un pueblo políticamente vencido hace siglos y uncido antes a los intereses supremacistas y semicoloniales de la Casa de Austria sobre Castilla.

Y luego a los intereses supremacistas y semicoloniales internos de Triespaña (Madrid, Barcelona y Bilbao) sobre Castilla, a lo largo de los últimos tres siglos, que han dado por consecuencia la España superdesarrollada y la España y Castilla vaciada: país del destruido y educado en no mirar al conjunto de quien lo compone PUEBLO CASTELLANO.

Pero país que también que ha creado algo excepcional que impide que le sea expedido certificado de defunción, porque respira notoriamente, y tampoco permite que sea enterrado y expulsado de la Historia, como la política española pretendería…

Porque su creación está viva y palpitante por sí misma a escala propia interna y a escala universal: país de una excepcional y pasmosa CULTURA CASTELLANA.

Sí, la asombrosa cultura castellana. Que debe ser identificada como suya, inconfundible y privativa, y no caída del cielo, y que debe ser asumida por los castellanos y las castellanas que la conviertan en su identidad propia-

Inherente, magnífica, pasmosa y peculiar es la cultura castellana: y esta es la última oportunidad que le queda a la milenaria Castilla para SOBREVIVIR entre los pueblos de España y del mundo, y no en el último lugar de la serie, ciertamente, sino en un lugar destacado entre las culturas del orbe.

Esta es mi Castilla, por la que he ofrendado mi obra y mi vida.

Que sea también la tuya, lector que estas palabras contemplas y escuchas. Merece la pena beber de sus manantiales y fuentes, que nos rodean por todas partes, seamos o no consciente de ello, e incluso aspira tú a entregar un granito de arena a su tradición cultural.

Es tan inabarcable que no podrás aportar, comparativamente, mucho más que un pequeño aporte; pero el acervo cultural castellano es inmortal, ya sabes. Y adicionarte a él, aunque sea modestamente, también te dota de un atisbo y una chispa de inmortalidad.

La cultura castellana está esperando tu aportación propia, lector o lectora, amigos y amigas, como yo, humildemente, creo haber aportado algún punto, alguna coma, alguna nota a pie de página o incluso algún párrafo meritorio a la grandeza cultural castellana.

He dicho, y pongo aquí fin a aquel libro, cuya primera parte, que fue venturosa, escribí hace ya casi medio siglo.

JPMañueco

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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