
Puesto que en ciertos espacios en los que he colgado escritos míos sobre la tauromaquia no han tardado en tacharme de “bárbaro” e “incoherente”, por estar “en contra del aborto y a favor de los toros”, explico brevemente el porqué de mi afición al arte de Cúchares.
En primer lugar, aclaro que no soy ningún entendido en esto de los toros. Aunque hace ya bastantes años que acudo con mi padre a algunas corridas en las Ventas, tanto en San Isidro como en la Feria de Otoño, hasta hace no tanto sólo me fascinaba realmente el ambiente, lo que envolvía el acontecimiento que se desarrollaba en el coso: los puros, los silencios, el eco de los clarines, las acaloradas discusiones entre los aficionados, el sabor a añejo, el olor a tradición, el run-run de la plaza, la gama de colores interminables de muletas, capotes, banderillas y trajes de luces con destellos soleados, la fuerza brutal del toro bravo… No sé, todo eso, desde hace muchos años, han sido las sensaciones interminables que me atraían hacia el entorno de la tauromaquia. Que no a la Tauromaquia.
Pero ha sido desde hace unos tres años cuando ya he ido a la plaza con “otros ojos”. He tratado de dejar de mirar el envoltorio y empezar a dilucidar la esencia de aquello que pasaba ante mí. Así, poco a poco, me he ido fijando en cuál es el modo de torear que me gusta (pues aunque parezca algo obvio, cada torero es único, diferente): despacio, muy despacio, buscando el hueco más difícil, midiendo los tiempos, ligando los pases en la medida exacta, concediendo prioridad al latido de la pasión incluso antes que al simple goce estético o al control del combate… Y ha sido entonces cuando he visto “otra cosa”: un hecho único, íntimo (me gusta imaginar el toreo en una plaza vacía), en el que sólo están toro y torero, luchando por vivir en un duelo dramático, de verdad, hondo, profundo, más cercano a lo trascendente que a lo terreno, tocando el alma…
Para mí sólo entonces, cuando se siente esto, es cuando el toreo es arte. Por eso, fiestas como las capeas, los encierros, las charlotadas o incluso una faena que no toque a lo poético no entran dentro de la tauromaquia. Ésta, en mi opinión (repito que soy un neófito en la materia), sólo sucede en muy pocos momentos. Por ahora, en el escaso tiempo con mis “nuevos ojos”, sólo he visto la tauromaquia pura en contadas ocasiones: en ciertos pases imposibles de ‘El Cid’, en un cite desde medios de Castella, en el contoneo del capote de Morante de la Puebla, en la quietud de Miguel Ángel Perera, en un alucinante par de banderillas del Fandi, en el arrojo de Talavante… o en el genio hecho mito de José Tomás. Éste, José Tomás, asceta con una visión diferente del toreo, es el que definitivamente me ha entusiasmado y me ha enganchado para el sentimiento taurino.
Pero no me olvido de la sangre. Por supuesto, la tauromaquia es un arte violento, sangriento y cuando está mal ejecutado, puede ser vomitivo. He visto espadazos que han hecho estragos en toros que me han puesto los pelos de punta por el espanto. Sí, es la parte que menos me gusta. No soy un sádico, no disfruto viendo agonizar a un animal y prefiero antes cualquier buen muletazo a una estocada… pero sé que lo más dramático y real de este arte es que se trata de un combate a vida o muerte. Es así. Siempre ha sido así. Toro y torero danzan, luchan armónicamente… y uno de los dos muere. Salvo las excepciones, gloriosas excepciones, en que lo sublime de su baile alcanza tal grado de sentimiento que llega el indulto. Entonces, toro y torero triunfan, viven.
Pero lo que hace única a la tauromaquia es su capacidad de inspirar las composiciones artísticas más armónicas: las poesías hondas de genios como Lorca, el vocabulario riquísimo que gira en torno al albero (el Cossío es uno de los diccionarios más bellos, que mejor y más melódicamente suenan), las fotografías más impactantes, las bellísimas composiciones musicales del pasodoble de purísima y oro, el baile flamenco con sabor a volapié, la historia y el recuerdo imperecedero de los grandes maestros, el peso de los siglos de los siglos de tradición… Todas esas cosas son pinceladas de acuarela que hacen que los toros (aunque no todos quieran reconocerlo) formen parte de la idiosincrasia de este viejo país llamado España.
Lo repito, no soy un entendido. Solo soy un joven aficionado que quiere seguir aprendiendo de un arte que contrapone la brutalidad de sus consecuencias con la inspiración de mil versos, destellos, colores y olores. ¿Todo esto compensa la indudable barbarie? Cuando dudo, recuerdo una sucesión tremebunda de estatuarios de José Tomás (con Sabina en un fondo imaginario y melancólico) y tengo clara mi respuesta.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
