La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Lisboa triste

Las zapatillas se desgastan. Hace calor. O frío. La callejuela te marca el camino del empedrado. El destino es sólo uno: pasear por la magia. Fachadas roídas, paredes sucias, cerámica descolorida: encanto. Lisboa, Lisboa de cuestas, subidas y bajadas, Lisboa de la tristeza que te sumerge en el embrujo. Lisboa que te enamora.

Castelo de San Jorge, ruinas de piedra que son mirador sublime. La ciudad a los pies. El Teixo, nuestro Tajo, se hace universo sin fronteras. Silencio y soledad. Un acordeonista sentado en su butaca de piedra. Impresiona. Es triste. La Alfama, ahí al lado, burbuja de lo antiguo. Es en color, pero merece verse en blanco y negro. Lo justo es imaginarla como fue, bajo el yugo de un Salazar y la lucha por la evasión de una Amalia Rodrígues. El color llegaría con unos claveles que, en revolución alegre, taparon los cañones de los fusiles. Esos que se hicieron para matar. Esos que fueron callados. Así, en homenaje al pasado, con la escultura de San Jorge como testigo, así hay que perderse por la Alfama, que es laberinto humilde, y fue y es pobre.

Restauradores marca la frontera entre lo nuevo (¡a quién le importa!) y lo añejo. Tras la escultura de las batallas ganadas, Rossio, Carmo, Praça do Comércio, Cais do Sodré. Antes, memoria histórica: Marqués de Saldaña, Marqués de Pombal, Parque de Eduardo VII. Columnas trajanas. Prohombres. Victorias y derrotas. Independencias y sumisiones. Hay majestuosidad, pero no grandilocuencia: suciedad, desgaste, desconchón. Todo permitido. Por el encanto. Por su permanencia por los siglos de los siglos, amén. Lisboa es así. Es eterna.

Afuera está Belém. Paraíso monacal, con incólume claustro de jerónimos cuyos cánticos aún perduran. Torre de Belém, horizonte receptor de los náuticos brasileiros. Tabaco, cacao, especias… el Nuevo Mundo. A eso olería Belém. A eso busca oler hoy el viajante que allí llega. Aunque se tope con el despiste mayor: el aroma de unos pastelitos que son explosión de dulzura. Despista, pero no cabe mejor marco para albergar la tumba de un Vasco de Gama que se puso los océanos por montera. Sarcófago de navegantes, pero también de poetas. Allí reside, dormido para siempre, Herculano. Su epitafio, grabado en roca, describe a la muerte y la avisa: huirá de sus garras hasta postrarse ante Dios.

Así es. Herculano, Chiado, Pessoa. Lisboa rinde pleitesía a reyes con corona. Pero sus grandes oropeles, sumergidos en cafés y garitos, son para los que empuñaron una pluma para hacer frente a la vida. Lisboa, homenaje en sí al escritor noctámbulo. Barrio Alto es su trono. Barrio Alto, cima entre las cimas, ha sido apoderado por musas y nostalgia. El fado es su ensamblaje perfecto. Es la oscuridad. La vela. Una copa de vino. Dos, siete, quince. Un puro, si es bueno sólo uno. Allí, hasta las mayores diosas fuman tabaco habano. ¿Cabe mayor imaginación culminada? ¿Cabe mayor arrebato? Una musa veinteañera canta el fado de la extremaunción. Lleva puesta su armadura. Un pañuelo negro sobre los hombros. Unos ojos antiquísimos. Canta que se va a morir. Canta a la amargura, a la esperanza, a la resurrección de su corazón en manos del que la dejó postrada.

Fado, fado triste. Sólo lo asimila la evancescencia. Y en Barrio Alto es fácil evaporarse. Mojitos y copas de oporto entre la multitud. Decenas de garitos –uno de ellos contiene a las musas elegidas, entre música techno, sofás y hasta una cama– ponen la música. Pero la manifestación está en la calle. Invasión de juventud. Pijos, greñas y fashions. Hasta un grupo compuesto por percusionistas estrafalarios que tocan la música de la alegría. Las librerías abren de madrugada. Los curiosos husmean los libros cubata en mano. Surgen los debates, las tertulias de las de los abuelos. La escultura de Pessoa en el Café Brasileiro no opina. Aunque todos le interroguen con la mirada. Concluyen el vino, los mojitos y el puro. Ya no se oye un fado roto. El cansancio apura. Se evoca la pensión romana. Una cuesta abajo brutal es surcada por un tranvía de hace un siglo. Es amarillo. Los graffitis de las paredes saludan con una sonrisa. Aunque es una mueca vacía, casi nostálgica. Es Lisboa. Es de noche. Sólo hay espacio para la melancolía.

Sólo hay espacio para una canción. ‘Pequenas verdades’, dice Mariza. La canta una musa, con otra musa: Concha Buika

No meu deserto de água
Não havia luz para te olhar
Tive que roubar a lua
Para te poder iluminar

Quando iluminei o teu rosto
Fez-se dia no meu corpo
Enquanto eu te iluminava
Minha alma nascia de novo…

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En mi desierto de agua
No había luz para mirarte
Tuve que robar la luna
Para poder alumbrarte

Cuando iluminé tu cara
Se hizo de día en mi cuerpo
Mientras yo te iluminaba
Mi alma nacía de nuevo…

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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