La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Por el derecho a tener placeres insanos

Ya está. Lo han conseguido. A expensas de una Ley Seca, nos hemos topado con la Ley Antihumos: ya es ilegal fumar en cualquier bar, restaurante o discoteca. Primero, que conste que no soy fumador… salvo algún purito de vez en cuando. Pero me parece una barrabasada el que se persiga como una lacra y de un modo intransigente el placer insano de millones de personas. Porque fumar es insano, sí. Es malo, sí. Tiene que haber espacios con y sin humos, sí. Pero, ¿no se hizo para ello una ley hace tres años? ¿Por qué justo ahora, cuando atravesamos la peor crisis económica en años, machacamos a la pequeño-medio empresa? ¿Cuántos humildes establecimientos tuvieron que pagar multa por no adaptarse a la ley? ¿Cuántos afrontaron onerosas obras para cumplir con la ley? ¿Cuántos tuvieron incluso que cerrar por no poder pagar multas, obras o por el descenso de clientes? ¿Y ahora, quién compensa el esfuerzo hecho?

Olvidado el lema del Mayo del 68, ‘prohibido prohibir’, nuestros gobernantes nos han instalado en los tiempos del paternalismo estatal falsamente buenista, por impositivo. En su día lo intentaron con el vino. También con las hamburguesas y la comida rápida. A este paso, llegará el día en que constaten lo malo que es alcohol en general y prohíban su consumo. ¿O es que no está perseguido el beber en la calle? Es entonces cuando me viene una pregunta a la cabeza: ¿por qué no puede hacer cada uno lo que le dé la real gana siempre y cuando no moleste a los demás?

Llevo muy mal el que, de pronto, me digan que “esto no se puede hacer más”. Es entonces cuando más quiero hacerlo. Y no quiero convertirme en fumador… pero tiendo a solidarizarme con quienes veo perseguidos de un modo tan hipócrita. Pese a que me asquea el olor del tabaco, me encanta ver en una película a una sensual mujer fumando con estilo. ¿Qué sería de Desayuno con diamantes sin Audrey Hepburn fumando su largo cigarro? ¿Y de Casablanca sin Humphrey Bogart pegado a su pitillo y emborrachándose mientras escucha melancólicamente el piano de Sam? ¿Y esa explosiva Sara Montiel de sus años mozos susurrando su Fumando espero?

Nos estamos cargando todo. ¿Qué quedará de aquellas bodas entrañablemente locas con su barra libre y sus congas, aliñadas con abuelas fumando puros entre las risas de los nietos? ¿Y esos partidos de domingo a las cinco de la tarde, con el bar de enfrente de casa apestando a cigarros de especimenes humanas casi cercanas a la barbarie? ¿Y las discotecas? ¿Vamos a perder el primer acercamiento del “perdona, ¿tienes un cigarro?”, dirigido a la rubia más inaccesible?

En aras del pragmatismo, de la sobreprotección, de lo políticamente correcto, nos estamos deshumanizando. Desde aquí reivindico la figura del hombre imperfecto; el derecho a tener placeres insanos. Son vicios, son malos, pero los tiene y los mide todo aquel que los quiere para sí; porque forman parte del mundo que he visto desde pequeño y que no quiero que sea un recuerdo propio de museo para mis futuribles hijos.

¿Llegará el día en que no me pueda fumar un buen puro y me pueda beber un clarete mientras disfruto de un corridón en Las Ventas? ¿Será porque no se podrá fumar ni beber en público, y los toros figurarán, definitivamente y en toda España, como un “espectáculo horrendo”?

Como dijo un sabio, que el mundo se pare, que me bajo…

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído