
Era ésta tarde de palidez en el rostro, agotamiento mayúsculo, desesperación por comer cualquier cosa y desparramarme en la cama. Necesitaba descansar. Así que engullí las lentejas, me puse el pijama, cerré por completo todo paso de la luz a la habitación y me tumbé sobre el colchón. Pero cometí un error. Encendí la radio y puse el CD que me compré ayer: ‘En mi piel’, de Concha Buika.
Fue casi instantáneo. Al inquietante zumbido del piano intruso, al desgarro de la guitarra que se rompía, sucedió de pronto el vozarrón de una negra que a la vez canta copla, flamenco, jazz y un género casi único en la música actual: sinceridad, autenticidad, verdad. Concha Buika, mientras yo trataba de quedarme anestesiado, comenzó a celebrar una misa bárbara e íntima: la de mis exequias.

Con la fuerza brutal de quien arrasa sus cuerdas vocales con el fuego de historias absolutamente apasionadas, es como aceleró el tic-tac de mi corazón. Comenzó a latirme la médula espinal. En un momento, me dolían todos los huesos con sus quejidos hondos, me sangraba la boca con los aguijonazos de quien carece de reglas hasta el punto de proclamarse sacerdotisa de todos los seres libertarios que malviven oprimidos en esta mierda de mundo.
Quise levantarme de la cama, pero ya no podía. Una negra radiantemente desinhibida me había atado a ella y me estaba reventando la cara con sus nanas en forma de puño americano. Quise suplicar piedad, pero me incrustó la quietud del piano y la vibración de la guitarra loca en lo que fue una mezcla que me hizo vomitar la lentejas y el resto de mis 29 años. Sin entrañas, la musa me insufló sus propias vísceras en forma de susurro. Fue así como inyectó en mi aorta el veneno de un ‘Volver’ que colapsó ya toda posibilidad de seguir latiendo. Quise llorar. Pero no pude. Estaba muerto.

Y sigo muerto. Ahora mismo, mientras espero al ángel que me lleve al cielo o al infierno, me veo a mí mismo absolutamente pálido sobre la cama. Sin embargo, al acercarme, no veo angustia en el rostro, sino paz. La negra que jamás se sometió a un juicio moral, ha acabado dando cadalso libertario al imbécil que se preocupó demasiado por qué pensaban los demás de él. Descanse en paz. Yo, digo.
Ya está aquí el ángel que ha venido a por mí. Es ella, que no se ha ido: Concha Buika. ¿Al cielo o al inferno? Si es para bailar agarrado a ti un último vals de copla, me da completamente igual.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
