
Huelga general, en un día y en un año indeterminado. Subido a un sencillo pedestal de madera, Marcelino Camacho habla a la multitud congregada en la Puerta del Sol de Madrid. El silencio corta más que el frío. Todos los ojos de la comunidad humana que se ha conformado clamando justicia, permanecen clavados en el jersey de lana dura, pobre y roja del líder de Comisiones Obreras. Es el mismo que, algún día, llevará en el ataúd, para la eternidad. En el momento exacto en el que empieza a hablar, nadie mira ya sino a su voz.
Una voz que no es la de un político, un demagogo, un sofista o un orador. No, la suya es el clamor de la justicia, la sinceridad y la verdad. De muchos se dice que son “del pueblo”. De pocos se puede confirmar sin temor a equivocarse que tan bella expresión no se pervierte en sus hombros. La principal razón de su credibilidad es que es una certeza que pertenece a la clase trabajadora. Don Marcelino fue obrero a tiempo completo y sindicalista en los supuestos instantes de descanso. Y lo fue en tiempo de conflicto, cárcel, dictadura y clandestinidad. No ha vivido “del sindicato”, sino “para el sindicato”. Ni siquiera para el sindicato: para el currelante de carne y hueso que busca ganarse el pan de un modo justo y no tiene por qué ser devastado por el avaro.
Cuando concluye la homilía, que no el discurso, la comunión es mística en la plaza. Todos los presentes vibran callados, con los dientes y los puños apretados, sin incurrir en chirriantes aplausos. Y así se van a casa, a extender la palabra. Este sí es el poder del pueblo. Detrás de Don Marcelino Camacho, todos irían hasta el fin del mundo.
Más tarde, en otro tiempo, ante la decepción por los sucesores hipócritas que manchan el camino, al menos quienes estuvieron ahí ese día indeterminado de un año indeterminado saben que la voz del pueblo existe. Alguien la pronunció.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
