
El gobierno municipal de Madrid, presidido por la alcaldesa Ana Botella, tiene previsto aprobar a principios del próximo año una nueva ordenanza de convivencia en el espacio público. Entre las acciones penadas, y cito textualmente, están algunas como estas: “solicitar servicios sexuales en la calle” (extraordinario, persecución al culpable y no a la víctima); “beber alcohol” (no es novedad, y, aunque defienda los beneficios sociales del botellón entre personas civilizadas e higiénicas, lo acepto como lógico); escupir o tirar desperdicios al suelo (ahí, ahí, caña al marrano, debiéndose aumentar también las multas a los que no recogen los “sobrantes” de sus mascotas); “acampar en la vía pública” (un subterfugio más para limitar el derecho a la manifestación); o “usar estanques para modelismo” (lo cito por lo simpático).
Todas estas acciones están penadas con multas de hasta 750 euros. Como he expresado, algunas las comparto y otras no. Sin embargo, dejo para el final la que en esa futurible ordenanza aparece en primer lugar: “Pedir limosna ante colegios, hospitales o centros comerciales”. Y aquí es cuando, ahora en serio, pregunto: ¿estar sumido en la nada es delito? ¿Quién, sino el Estado, es uno de los principales responsables de que haya ciudadanos hundidos en la mendicidad, víctimas de la incapacidad de los garantes de lo público? ¿Quién paga la multa del que nada tiene? ¿Y cuál es su castigo si no paga? ¿El exilio, la cárcel, la pena de muerte? ¿O basta con esconderlo allí donde no se vea, y, por tanto, no moleste; allí donde ni el sol pueda ser reflejo de cómo se pudre la esperanza de quien ya nada posee en propiedad? Y, si es inmigrante, ¿lo mandamos a su país? ¿O hacemos como en Lampedusa, y le damos la nacionalidad solo cuando sabemos que el despojo humano está muerto y ya no molestará más?
Ayer escribí un artículo que se titulaba ‘El maldito Primer Mundo ha tocado fondo’. Esto ya se me hace insoportable. Cada día aparece una noticia aún más repugnante. Los politicastros (los malos y falsos políticos) pondrán mil excusas, pero ya no cuela. Me sumo a un poco diplomático cántico futbolero: “Que se vayan, diles que se vayan… ¡de una puta vez!”.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
