La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Maldita Novena, ya eres nuestra

Cuando vi a Slaughter, Nocioni y Campazzo subidos sobre el techo del autobús ante unos centenares de madridistas emocionados, comprendí que la sufridísima Novena, que se ha hecho esperar veinte años, había merecido la pena. Han sido dos décadas de muchas más penurias que glorias, de ser el hermano pequeño e ignorado en una institución gigantesca. El baile de jugadores y entrenadores ha sido un chorreo interminable: muy pocos han sido los que realmente han triunfado. Y solo estos, los de Laso, han sido los únicos que al fin han conseguido el verdadero sueño de todos los madridistas del baloncesto: la Copa de Europa.

La Copa de Europa, cuya final habíamos perdido los dos años anteriores. La Copa de Europa, que corría el riesgo de no verse levantada jamás por los Rudy, Chacho, Llull o Felipe. La Copa de Europa, la Novena, tras el mito que en 1995 encarnaron Arlauckas, Sabonis y Obradovic. La Copa de Europa, en el club que presume de ser el alma de esa Copa de Europa, parecía una utopía. Era ahora o nunca. Y jugábamos en casa.

Llegué a Goya cuatro horas antes del partido. La tensión me subía a la garganta. Necesitaba refrescarla y gritar. La solución perfecta: ir con los míos, los Berserkers (junto a Laso, este grupo ha sido lo más importante que le ha pasado al Real Madrid de Baloncesto desde que nacieron hace diez años), a cantar y beber cerveza. Y a fumarme un puro. Y a esperar la llegada de los nuestros abriéndonos paso entre las hordas de turcos, rusos y griegos avanzando cual manada de lobos desesperados por encontrar su presa: la victoria. La maldita (ya bendita) Novena.

El Palacio de los Deportes de Madrid (pese a nuestra experiencia en la batalla de Lepanto del viernes contra el Fenerbache) impresionaba. Cada afición, en una esquina. Luces que cegaban, megafonía atronando en inglés, unas cheerleaders que no eran nuestras musas, sino unas rubicundas llegadas de algún lejano lugar del mundo. Era nuestra casa, la cancha donde jugamos cada semana. Pero era otra cosa. Era otra situación absolutamente diferente. Era el abismo: si perdíamos esta final, era el ingreso en el psiquiátrico para un grupo acostumbrado a deambular en la cuerda floja. Recuerden, hasta hace un lustro, el Real Madrid era un anciano desnortado, el pimpampum de culés y nuevos aspirantes.

Era el Olympiacos, una roca que nos había arruinado una de esas dos finales perdidas, una espada clavada en el corazón. Era Spanoulis, que se elevaba cual Zeus redentor. Era un muro. Pero, al final, todo fue más sencillo (que no fácil): era un partido de baloncesto. Y tenemos un equipazo. Los nuevos fueron protagonistas y salieron al rescate. Maciulis estuvo en los momentos de falta de norte, Ayón había pegado un machetazo en la batalla de Lepanto, Rivers era un zorro ávido de robos y triples… Y Nocioni: el corazón, la energía, la casta, la pasión. Qué bueno que viniste, Chapu. Y Carroll, claro, ya veterano y esencia de este Real Madrid de las canastas que nos ha enamorado con su juego rápido, audaz, divertido y eléctrico. Don Jacinto fue provindencial.

Ganamos de 19 puntos, 59-78. ¿Fue un paseo? Era tal el pánico que, cuando quedaban dos minutos y ya íbamos 12 arriba, éramos muchos los que temíamos que algo pasara (Spanoulis) y el cielo se cerniera sobre nuestras cabezas, padeciendo la que hubiera sido la peor derrota de la Historia. Pero no, era solo un partido de baloncesto. Éramos mejores y ganamos, como debíamos haberlo hecho estos dos últimos años.

Ganamos y lo celebramos como nunca. Soy madridista a machamartillo, por lo que también sufro y gozo con los del Bernabéu. Pero nunca disfrutaré tanto un título del equipo de fútbol como este. No nos patrocinan los Emiratos Árabes, sino una empresa de electrodomésticos. La columna vertebral del equipo son producto made in Spain y madridista. En nuestra grada se anima y muy pocas veces se pita. Cuando ganamos, como ayer, lo celebramos unos pocos centenares de personas. Pero lo hacemos a lo grande, danzando en una locura improvisada y no al ritmo prefabricado para las masas de un conocido DJ. Y esos silencios… Nada más acabar el partido, antes de la ceremonia de entrega de la copa, el silencio imperaba en la grada berserker. Había emoción, recuerdos de regresos de viajes marcados tantas veces por la derrota y la chanza del resto, incluso de los nuestros, nuestro hermano mayor.

Vuelvo al principio: a los jugadores encaramados al techo del autobús, bromeando con unos aficionados a los que, uno a uno, nos fueron chocando la mano al salir a la calle. La victoria era nuestra. El equipo nos hacía partícipe de ella. Porque saben que, de verdad, nosotros hemos empujado mucho. Si no hubieran temido nuestra reacción, la de esos cuatro forofos de las canastas, las cabezas pensantes del hermano mayor habrían cerrado hace años la sección. No se atreven. Y ahora, con una Copa de Europa que es aire puro, mucho menos. Ya nos hemos “justificado” por otro puñado de años.

La Novena era esto: vida y felicidad. La de una pequeña gran familia. Maldita Novena, ya eres nuestra.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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