La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

“La lección de honestidad y sacrificio de Unamuno debería enseñarse en las aulas” (entrevista a Víctor Clavijo, Don Víctor en ‘La isla del viento’)

En La isla del viento, Víctor Clavijo (Algeciras, 1973) interpreta a Don Víctor, un cura al que Miguel de Unamuno, desterrado en Fuerteventura por oponerse a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, acaba poniendo ante el abismo que busca esconder: su ausencia de fe. Nace así una catarsis que, finalmente, le aboca a entregarse a los más desfavorecidos, ignorados hasta ahora por él en la práctica. Todo ese torrente íntimo se descarga en una escena clave, en la que es Unamuno el que “confiesa” al sacerdote. En esta entrevista, el propio Víctor Clavijo desvela que un proceso similar es el que él mismo vivió mientras rodaba la película. Se agradece encontrar a un actor que se abre en canal y reconoce crisis… En este caso, sobre la propia fe en su desarrollo artístico. Como a su personaje, el cura sin fe, el abismo le sirvió para echar a volar. Y lo hace bien alto. Un actor grande.

Tras muchos años como actor, llevas una buena temporada interpretando a personajes históricos: Lope de Vega en Ministerio del Tiempo, Francisco de Borja en Carlos… ¿Qué te ha supuesto encontrarte ante el Unamuno más desconocido en su destierro en Fuerteventura?

Unamuno era un personaje con una dimensión desconocida para mí hasta ese momento. Quizá la única impresión que tenía hasta la fecha sobre él era la de un intelectual sobrio al que, más allá del famoso episodio del Paraninfo de Salamanca, no le imaginaba una vida emocionante. Descubrir esa otra faceta más humana en la que el intelectual se despoja de su coraza y vive una aventura durante su destierro, me acercó mucho más el personaje. Era un hombre que cuestionaba todo y vivió dos destierros precisamente por esa honestidad moral de dar un paso al frente y denunciar al Poder cuando lo más fácil era permanecer callado. Su encuentro con la isla le cambió profundamente, según parece. No solo porque quizá le acercó a gente más llana y sencilla, sino porque le hizo entrar en contacto con una dimensión más vital de sí mismo. Es un hecho que la isla le cambió y él dejó al mismo tiempo su huella en Fuerteventura en aquellos cuatro meses de destierro. Dicen de él que llegó llorando pero que también se fue llorando de allí. Como espectador, creo que es un acierto acercarse al intelectual a través de uno de los episodios más vitalistas e importantes de su vida.

¿Crees que hoy en España se conoce realmente a Unamuno? ¿Podría tener eco su llamada a no dejar de cuestionarse uno mismo cada día con el fin de ser más auténticos, o eso suena a demasiado esfuerzo y, para que engañarnos, no interesa?

Creo que ser crítico con lo que te rodea y cuestionarlo todo, especialmente el Poder, desde un prisma ético y moral, y ser capaz de pagar las consecuencias que puede acarrearte esa honestidad, requiere de una fortaleza especial. La medida está en eso precisamente: el precio que está uno dispuesto a pagar por criticar el sistema. Y Unamuno lo hizo en dos ocasiones. El episodio del Paraninfo de Salamanca es de los más valientes y emocionantes que existen en nuestra Historia; es de una gran heroicidad, no solo por lo que allí dijo, sino por el hecho de que le escupió al Poder y a toda una caterva de fanáticos las verdades a la cara, a sabiendas de lo que le esperaba después. Seguramente, Unamuno no pudo evitarlo y tenía esa necesidad profunda de Justicia y, al mismo tiempo, de expiar una culpa: la de haber apoyado intelectualmente el golpe de Estado en un principio para darse cuenta poco tiempo después de su error. Unamuno se inmoló en aquel acto, y seguramente no pudo resistirse a hacerlo. Su “venceréis pero no convenceréis” es solo la guinda final de una declaración de principios heroica y emocionante, un discurso extrapolable y universal que se puede aplicar a cualquier otra circunstancia de oposición moral a un régimen político salvaje. Creo que en nuestro país se desconoce no solo la obra de la gran mayoría de nuestros intelectuales, sino su pensamiento crítico y ético. Decía Don Miguel que la salud democrática de un país se podía medir por el nivel de sus intelectuales… A lo que yo añado que el conocimiento de la población acerca del pensamiento de esos intelectuales es lo que da la medida de la auténtica madurez democrática de su país.

¿Qué has descubierto tú mismo del filósofo bilbaíno? ¿Qué huella te deja?

Más allá de su pensamiento filosófico y su hondura moral, me queda la valentía de ese hombrecillo que fue capaz de enfrentarse, tan solo con la palabra, al salvajismo y la sinrazón, y el coraje de hacerlo públicamente en las dos ocasiones a sabiendas de lo que le supondría ese acto de rebelión. Unamuno fue un intelectual, pero también un hombre valiente capaz de ponerse en peligro por decir la verdad. Esa lección de honestidad y sacrificio es algo que debería enseñarse en las aulas, aparte de la capacidad de análisis crítico de todo cuanto nos rodea.

¿Cómo ha sido interpretar a un auténtico San Manuel Bueno, mártir, un cura sin fe de los muchos que él reconoció haber conocido en su vida?

Fue un reto llegar a entender al personaje, de dónde podría venir esa crisis de fe y en qué se traducía eso física y sensorialmente. Para mí fue importante trabajar una cierta desazón inconsciente a la que el personaje lleva un tiempo dando la espalda, una cierta ansiedad latente; Unamuno le hace enfrentar ese estado de crisis y eso es lo que el personaje rehúye, porque, una vez que haces consciente tu crisis y tu depresión, se abre un abismo ante uno en el que no sabes cómo puedes terminar. Don Víctor, el cura, sabe que algo funciona mal en su alma, en su estado de ánimo, pero trata de darle la espalda. Unamuno funciona para él como un terapeuta que le obliga a enfrentar su crisis, y por eso precisamente Don Víctor le teme; no quiere tener que asumir ese dolor del alma, porque sabe que, cuando lo haga, la ruptura de su sistema vital puede ser irreversible. Por otro lado, admira al intelectual y ve en él a un igual en cuanto a sensibilidad y ética; Unamuno es otro desterrado (justo como él se siente en aquel paisaje desértico), pero lo que obtiene de él es la reprobación de sus actos y su sistema de enseñanza, donde se ve claramente que ha perdido la fe en los niños.

Traté de acercarme a esa crisis usando la mía propia con respecto a mi oficio o mi talento y, aprovechando que el maestro José Luis Gómez podía ser un faro (como lo es Unamuno para Don Víctor), así volver a encontrar el rumbo perdido.

Realmente es muy dura, íntimamente, la escena en la que él «confiesa» al sacerdote…, hasta el punto de asomarle al abismo y quedar sumido en una crisis de la que finalmente renace para encarnarse en los últimos, regalando unas obras que suplen su falta real de fe. ¿Qué ha supuesto para ti, como actor, asomarte a esa batalla del alma que, en el fondo, fue el motor de un Unamuno sin fe pero que clamaba que sin esta no se puede vivir?

Como te decía, usé esa crisis profesional como lugar en el que anclar la crisis de fe del personaje… Esa sensación de falta de plenitud en el desarrollo de mi trabajo no me era ajena en la época del rodaje de la película. Las crisis son necesarias y se dan en el momento en el que uno se evalúa a sí mismo y su relación con lo que le rodea. Uno puede encontrarse de pronto con que ha perdido el rumbo, el motor, o ha cambiado el foco de lo que realmente importa. Cuando se produce esa desazón (que puede ser inconsciente, pero estar zumbando como un mosquito en la oreja de uno), encontrar un faro, alguien que te haga recordar lo que realmente es importante, que te conecte de nuevo con la vocación, es importantísimo.

Don Víctor, el cura, no ve a Dios por ninguna parte y ha dejado de encontrarle sentido a lo que hace, quizá porque su concepto de lo divino es demasiado eclesiástico y se ha olvidado de que Dios habita en los hombres y en la distancia que les separa. Esa clave es la que hace que vuelva a conectar con lo humano. Hay algo sensorial también que se traduce en algo anímico y viceversa y, por consiguiente, en pensamiento en última instancia: Don Víctor no vive conectado con el presente, ni tampoco con los que le rodean. Cuando uno tiene esta desconexión sensorial y anímica, cuando no acepta lo que es, es fácil que sea la cabeza la que tome el control. Don Víctor ha dejado de encontrarle sentido a su oficio, ha perdido la vocación y el disfrute. En el fondo, son trampas del ego, que pueden hacer tambalearse a cualquiera. Unamuno le recuerda a Don Víctor que Dios se encuentra en el otro…, y es ahí donde vuelve a conectar con los demás y, por consiguiente, consigo mismo.

Yo tenía largas charlas sobre interpretación con José Luis durante el rodaje, y cada frase suya resonaba en mí con la misma fuerza con la que Unamuno habla al sacerdote. Por aquel entonces, releí un libro que produjo en mí una impresión muy honda y que curiosamente es también libro de cabecera de José Luis, El Poder del Ahora. Todo lo que en él se contiene es aplicable a la crisis de fe del personaje y tiene mucho que ver con el proceso de actuación al mismo tiempo, de manera que todo parecía estar conectado de un modo u otro. Hay personajes que llegan en un momento y con un conflicto particular que tienen que ver con lo que estás viviendo en ese instante, que te pueden hablar de ti mismo y en los que puedes encontrar incluso respuestas.

¿Qué escena crees que capta mejor el alma de La isla del viento?

Hay muchas escenas que resumen para mí ese viaje emocional e intelectual de la película. Por supuesto, la escena final del Paraninfo creo que debería ser de obligado visionado para todo el mundo. Contiene uno de los mejores discursos de nuestra Historia, uno de los momentos más valientes de la lucha contra la injusticia y una de las interpretaciones más memorables de nuestro cine: la de José Luis Gómez. Me gusta también la escena del confesionario, en la que se plantea todo lo que comentábamos más arriba, y en la que la solución apunta claramente hacia el humanismo (un faro en esta sociedad tan consumista que nos provoca ansiedad y depresión por la brecha que se produce entre lo que somos y lo que nos dicen que deberíamos ser). Me gusta mucho también la escena que tiene Unamuno con Hormiga, un pescador que contiene toda la sabiduría popular, en la que este le da la clave para escapar de la depresión: “Como decía mi abuela: contra la melancolía y la pena, atarearse a manos llenas”. Hay más sabiduría en esa frase que en cien tratados contra la depresión. Otra frase de Unamuno que me encanta y que es aplicable a nuestra política actual es esta: “¿Sabe en qué se diferencia un político bueno de uno malo? En el polvo que hay en sus zapatos”… Y, por último, el momento visual que describe perfectamente cómo el intelectual se despoja forzosamente de su coraza y se hace cada vez más humano, es la escena en la que una ráfaga de viento le arranca el sombrero negro y lo arroja al agua… Un tiempo después, Unamuno lo encuentra en el agua, pero siente que ya pertenece a otra época de su vida, y lo deja ir con la marea. La película está llena de elementos visuales llenos de contenido y frases que resuenan un tiempo después por la sabiduría que contienen.

¿Por qué, en definitiva, hay que ver esta película?

Por todo lo que he expuesto hasta ahora. Es una película para disfrutar sensorial e intelectualmente a la par, para paladares exigentes.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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