La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

¿Puta y feminista?

En Cuadrilátero 33 hemos apostado por un debate más que interesante: la prostitución como posible acción reivindicativa dentro del feminismo. Para ello hemos dado voz a dos prostitutas y a dos abolicionistas. Cuatro mujeres. Las cuatro feministas, pero absolutamente divididas entre sí. Hasta tal punto que no hacen sino reflejar una visceralidad que en distintos foros digitales hace aflorar un enfrentamiento cargado de bilis. Para unas, el derecho a hacer libremente con su cuerpo lo que les marca su voluntad es su gran bandera. Para otras, someter este al ejercicio mercantil es una traición a la causa.

Nuestro cuadrilátero es esta vez solo para ellas, para cuatro mujeres feministas. Pero desde mi propio espacio quiero expresar una opinión muy reflexionada estos días, pues me fascina la cuestión. Lo esencial: detesto la prostitución y no creo que pueda ni deba ser nunca una profesión regulada dentro de una democracia. Y aún más importante: no podemos despistarnos y obviar que la inmensa mayoría de quienes practican la prostitución son personas esclavas víctimas de mafias de trata. Solo en 2015 en España, según datos de la Fiscalía de Extranjería, se juzgaron casos que afectaron a 978 víctimas de explotación sexual. Y eso solo es la punta del iceberg, pues cada vez más esta práctica se desarrolla en pisos opacos, lo que hace muy difícil perseguir esta lacra. Sé directamente de decenas casos y supone asomarse al infierno en la Tierra: mujeres chantajeadas a las que les han robado sus bebés para asegurarse que siguen ejerciendo; mujeres llegadas de África a las que han violado por el camino y, al llegar, tras practicarles un ritual vudú, les exigen 50.000 euros; menores de Rumanía a las que sus propios padres han vendido a la mafia… Muchas, muchísimas mujeres golpeadas, vejadas, destrozadas. Mujeres que, aunque logren salir de esto, ya quedan traumatizadas para siempre.

Tampoco podemos olvidar otra cara igual de nefasta de la prostitución: cuando es ejercida por personas en situación de exclusión o necesidad pasajera. Cuando se produce en un mundo sórdido y el encuentro con un cliente no produce sino repugnancia. Cuando la persona que se prostituye (hablamos de mujeres, porque son la mayoría, pero también hay hombres y transexuales) depende de un proxeneta que la explota. Aquí no hay libertad, sino esclavitud.

Sin embargo, hay algo en lo que reconozco que el debate me ha hecho percibir una realidad que desconocía. Todos hemos oído hablar de las prostitutas “de lujo”. No oculto que su figura me parecía hasta insultante… Estos días, contactando con muchas prostitutas que reivindican su acción como algo que las enriquece personalmente, realmente así lo he percibido. Son mujeres orgullosas, luchadoras, alegres… Y sí, feministas. No soy nadie para juzgarlas. Al contrario, me alegro de haber abierto los ojos ante esta realidad.

Sigo pensando lo mismo: jamás buscaría los servicios de una prostituta por considerar que vulnero su dignidad y creo que hay que poner el foco en lo urgente y mayoritario, la lucha contra la trata y el ejercicio desde la exclusión. Pero, en un mundo ideal, en el que todas las prostitutas lo ejercieran desde la libertad y la felicidad, nadie podría decir que son esclavas. Mientras, que nadie niegue que existen las pocas que así lo viven. Son minoría, pero existen y son tan feministas como las demás.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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