La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Los silencios de Severiano Delgado sobre ‘Palabras para un fin del mundo’, la película que restituye al último Unamuno

Los silencios de Severiano Delgado sobre 'Palabras para un fin del mundo', la película que restituye al último Unamuno

Hace dos años, Severiano Delgado publicó Arqueología de un mito, un libro en el que rescata el tan comentado enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Algo que, en una crónica en El País publicada el 9 de mayo de 2018, él mismo definía así: “Fue un acto brutalmente banal, donde se dieron cuatro voces y se despidieron a la salida, un tumulto habitual en discursos y charlas de los años treinta, donde la gente se exaltaba con facilidad. Se ha exagerado muchísimo el dramatismo de lo que sucedió allí”.

Entiendo que debe ser duro publicar algo así y que, poco después, los historiadores Jean Claude y Colette Rabatté actualicen su gran biografía sobre Unamuno incluyendo el testimonio de Ignacio Serrano, un profesor de la Universidad de Salamanca que estuvo en el paraninfo salmantino en este fatídico Día de la Raza y que registró punto por punto el discurso de Don Miguel. No, evidentemente que, ante la muchachada falangista que amenazaba con fusilarle allí mismo, no pudo decir todo lo que durante tantos años se difundió, pero dejó esencias de una maravillosa dignidad, como esta: “Vencer no es convencer, conquistar no es convertir”. No, no dijo el “venceréis pero no convenceréis” (que luego sí dejó por escrito en cartas, por cierto), sino que lo manifestó de un modo aún más bello.

Ese testimonio de Ignacio Serrano ha estado guardado durante más de 80 años en una caja fuerte y solo lo ha encontrado la familia tras su muerte. Le han dado luz los Rabatté en Miguel de Unamuno (1864-1936) y Manuel Menchón, quien ha trabajado codo con codo estos años con ellos, en su documental Palabras para un fin del mundo, estrenado hace tres semanas en cines.

Seguramente, a Delgado le hubiera encantado ser él el descubridor de semejante hallazgo histórico, que completa la intuición reflejada en su propio libro, con el que logró un gran efecto hace apenas dos años. Entiendo una desazón en ese sentido, pero no que vaya más allá y trate de desprestigiar a Menchón por evidenciar que no fue “un acto brutalmente banal”. No, fue la entrega en holocausto de la figura española con más resonancia internacional, quien murió ese 31 de diciembre de 1936 en su propia casa. Sabíamos que el enfrentamiento con el fundador de la Legión le costó su destitución como rector salmantino y su encierro domiciliario. Pero, hasta ahora, desconocíamos que pudo pagar el mismo precio que Federico García Lorca. Con la diferencia de que al escritor bilbaíno se le negó durante casi un siglo ese posible reconocimiento de mártir. Pasó para muchos como Judas, cuando en realidad fue Tomás. Tuvo que ver y tocar para creer. Pero murió creyente.

Eso explica, creo, un largo artículo de 12 páginas del que se ha hecho eco El Mundo. Un texto que, por la repercusión alcanzada, creo necesario rebatir en varios puntos. En primer lugar, observa que el documental “no presenta prueba alguna de sus afirmaciones, cosa inevitable porque la tesis que sostiene es materialmente falsa. Lo que hace Menchón es lo contrario del método historiográfico: siembra su documental de juicios temerarios, dudas infundadas, conjeturas, elipsis, elucubraciones y puntos suspensivos que dan pábulo a una teoría de la conspiración para crédulos, como todas las supuestas investigaciones históricas que pretenden acabar con lo que denominan ‘versión oficial’ de tal o cual hecho. Menchón parte de una conclusión, fruto de su fantasía, a la que quiere llegar, cual es que Bartolomé Aragón mató a Miguel de Unamuno, y cuando los elementos objetivos que se encuentra por el camino no coinciden con el relato que quiere contar, los oculta, los tergiversa o los hace coincidir a martillazos”.

Basta con ver la película para comprobar que, lejos de la “falta de rigor espeluznante” de la que habla, los 97 minutos de duración de la misma están nutridos completamente de documentos y hechos comprobados. Y no se va más allá de donde no se puede ir… No, no se interpreta, sino que se deja a juicio del espectador extraer una conclusión, la propia de cada cual. Otra cosa es que se vaya más allá de la labor de los historiadores en estas ocho décadas y se haga un esfuerzo colosal a la hora de cuestionar la versión oficial de unos hechos que, como no podemos olvidar, se dieron en el contexto salvaje de una guerra civil y en el nacimiento de un régimen dictatorial. Y ni más ni menos que en la Salamanca que albergaba el cuartel general de Franco y con un Millán Astray como su gran cerebro propagandístico.

Por eso llama la atención el modo en que Delgado aborda el hecho de que en el acta de defunción, cuyo informe figura en el Registro Civil, se haga constar lo siguiente: “Hemorragia bulbar; causa fundamental, arterioesclerosis e hipertensión arterial”. El crítico lamenta que en el documental se enfatice la “hemorragia bulbar” y parezca obviarse que la “causa fundamental” serían la “arterioesclerosis” y la “hipertensión arterial”. Siendo rigurosos, una buena parte de las personas ancianas tienen hipertensión arterial… Yo mismo, a mis 38 años, padezco desde hace bastante tiempo síntomas de esta dolencia. Lo que no podemos pasar por alto es que se quiera citar la “hemorragia bulbar”. ¿Por qué? Porque, como bien se apunta en el documental, se trata de un tipo de hemorragia más excepcional (solo un 10% obedecen a este tipo) y requiere que se realice una posterior autopsia judicial, ya que es “sospechosa” de haber sido causada por la mano del hombre, pues no deja una “señal externa”.

¿Por qué la hizo constar el doctor Núñez, que fue quien certificó la muerte de Unamuno? Por cierto, ¿podemos pasar por alto quién fue el doctor Núñez? El mismo Delgado no lo hace y valida la versión que se ofrece en Palabras para un fin del mundo: fue amigo de Unamuno, era un cirujano prestigioso y llegó a ser concejal de Acción Republicana en el Ayuntamiento de Salamanca. Motivo por el cual, en esas semanas convulsas de los inicios de la Guerra Civil, fue penado con una fuerte multa económica. Con todos estos datos encima de la mesa, en un contexto de barbarie y odios desatados en el que se asesinaba o represaliaba de distintos modos a cualquiera por nada, ¿es una locura intuir que, sin querer jugarse la propia vida, dejara constancia de un diagnóstico que puede obedecer a una hipótesis criminal y que, en un futuro, pudiera cotejar un médico experimentado o un historiador con interés en saber a qué puede obedecer una hemorragia bulbar?

En todo caso, ¿es negativo que un trabajo historiográfico que pretenda llegar al gran público a través del cine se plantee lo que nadie ha hecho en 84 años? ¿Dónde está la “falta de rigor espeluznante”? Y más cuando se formulan preguntas y se dejan las respuestas para el espectador… ¿O es que nos molestan las preguntas? ¿Esa actitud es propia de un historiador?

También resulta chocante que a un historiador no le sorprenda la siguiente secuencia de los hechos: a las cuatro y media de la tarde, Bartolomé Aragón llegó a la casa de un Unamuno. La inicial hora de la muerte se certifica como correspondiente a las seis de la tarde. Tras varios cambios, quedó oficialmente fijada a las cuatro de la tarde… ¿Es aceptable que se estableciera la hora de la muerte 30 minutos antes de la llegada de Bartolomé Aragón, el único testigo del fallecimiento de Unamuno? ¿También lo es que, por este motivo, no tuviera que firmar como testigo y, en cambio, apareciera como tal un militante raso de Falange que no estuvo allí y al que la familia Unamuno no conocía de nada?

Puede que a Delgado no le llame al interés esta secuencia de los hechos, pero resulta triste que se achaque a otros un esfuerzo por ahondar en estos. En todo caso, eso no es imponer una realidad “a martillazos”. Se trata de cuestionar un aparente hecho, la base del método historiográfico que el autor de la crítica ve tan seriamente dañado con este documental.

Un detalle a añadir en este sentido: achaca a Menchón el error de decir que el entierro fue a las 11 de la mañana y no a las cuatro de la tarde, como en realidad fue. No, lo que se dice es que el funeral, con el que se iniciaron los actos de “homenaje” al difunto, fue a las 11 de la mañana, no siendo incompatible con que el entierro como tal fuera a las cuatro de la tarde. Por cierto, ¿no es llamativo que el acta de defunción esté firmada por el juez a las 10:50 horas de la mañana de ese 1 de enero, apenas diez minutos antes del funeral? Puede ser chocante o no, pero lo que jamás lo será es que alguien se lo plantee.

Con todo, lo más cuestionable del artículo de Delgado es su tratamiento de la figura del propio Bartolomé Aragón. Más allá de cuándo conoció o no a Millán Astray, lo que no se puede obviar es que era el jefe de Propaganda de Falange en Huelva y que manipuló a Unamuno en su diario local hasta el punto de inflar el donativo que dio Unamuno a los sublevados hasta las 50.000 pesetas, toda una fortuna en la época. Tampoco se puede rechazar su implicación en una quema de libros pública (es curioso que el autor, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, no haga mención al bibliocausto que se documenta en la película) ni que, en el momento de la muerte de Unamuno, él era docente en la universidad.

En una Salamanca en la que Millán Astray organizaba la labor de propaganda del naciente régimen y en la que él, con experiencia en ese campo, trabajaba en su Universidad, vivía entonces nuestro personaje. Y a él se refiere Delgado con esta desconcertante frase: “De todas formas, Aragón nopodría haber sido alumno de Unamuno incluso aunque hubiera estudiado en Salamanca, porque estudió Derecho y Unamuno explicaba Historia de la Lengua Española”. En su afán por evidenciar que Menchón no aporta nada “nuevo”, se desnuda.

Y es que, si él comparte la tesis de que Aragón y Unamuno no se conocían y no iba este a verle habitualmente a su casa, ¿por qué no se lo planteó él mismo en su estudio de 2018? ¿No le llamó la atención una mentira reconocida sobre la última persona que vio con vida Unamuno y cuya versión oficial, como él bien conoce (más allá de que la obra se terminara en enero de 1937 y no se publicara hasta meses después), fijó el propio Aragón en un libro de Loscertales del que él hizo el prólogo?

En definitiva, si sabemos que la única persona que presenció la muerte de Unamuno no le conocía (como hemos aceptado durante 84 años, en una narrativa en la que él mismo colaboró), desaparece como testigo de todo documento oficial al adelantarse 30 minutos el fallecimiento a su propia llegada a la casa, lo firma un cirujano que había sido concejal republicano y que apunta una dolencia que puede haber sido causada por el hombre y que ha de descartarse como hecho criminal en una autopsia que nunca se produjo, ¿es una violación de la Historia documentar estos hechos y hacer que el espectador se los pregunte? ¿Hasta qué punto erró un historiador que se adentró en ese hecho y que, conociendo detalles que podían hacer plantearse dudas, ni siquiera los intuyó?

Que Severiano Delgado no se culpe. Nadie hasta ahora había ido más allá. Pero, cuando alguien se ha atrevido a hacerlo, como Manuel Menchón, tampoco es justo que le arrojemos un alud de ponzoña sobre la cabeza. Porque, volvemos al principio, ¿“fue un acto brutalmente banal, donde se dieron cuatro voces y se despidieron a la salida, un tumulto habitual en discursos y charlas de los años treinta, donde la gente se exaltaba con facilidad?”. ¿“Se ha exagerado muchísimo el dramatismo de lo que sucedió allí”? Mucho me temo que quien quiso dar una versión original de la Historia está dolido porque, en solo dos años, su obra ha quedado obsoleta. Y eso duele… Es humano comprenderlo.

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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