Teherán arde y el mundo contiene el aliento. Tras la muerte del ayatolá Alí Jamenei en los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel, el clérigo Alireza Arafi, de 66 años, ha sido designado este domingo como nuevo miembro del triunvirato que toma las riendas del régimen iraní, un consejo interino que intenta sostener una estructura de poder golpeada y acorralada.
Arafi, jurista del Consejo de Guardianes y veterano en los círculos clericales más conservadores, comparte el mando con el presidente Masoud Pezeshkian y el jefe del poder judicial Gholamhossein Mohseni Ejei, conocido por su mano de hierro. Juntos forman el Consejo de Liderazgo que pilotará la transición hacia un nuevo líder supremo… si la guerra no consume antes la República Islámica.
El flamante ayatolá, hasta hace unos días una figura relativamente discreta del estamento religioso, ha estrenado su autoridad con sangre y fuego: ordenó ataques contra posiciones israelíes y bases estadounidenses en Oriente Medio, decretó el cierre total del acceso a Internet e intensificó su retórica contra “los enemigos de Alá”. Teherán clama venganza por la muerte de Jamenei y promete una respuesta “implacable”.
Entre tanto, los misiles iraníes impactaron este domingo en la ciudad israelí de Beit Shemesh, dejando decenas de víctimas, incluso dentro de refugios antiaéreos colapsados por las explosiones. Los servicios de emergencia israelíes hablan de escenas dantescas entre los escombros.
Mientras tanto, las fuerzas conjuntas de EE.UU. e Israel siguen arrasando instalaciones militares y centros de mando iraníes, debilitando drásticamente la capacidad ofensiva del régimen. Sin embargo, Irán conserva todavía bases de lanzamiento operativas con las que, de forma desesperada, sigue disparando misiles hacia Israel y objetivos estadounidenses en países árabes del Golfo.
Lejos de suavizar el discurso, Arafi y los suyos encienden aún más la hoguera del conflicto. Su alianza con Pezeshkian y Ejei configura un bloque de poder teocrático decidido a conservar su trono “a sangre y fuego”, incluso cuando el resto del mundo contempla con temor cómo el régimen de los ayatolás tambalea al borde del colapso.

