LA MUERTE DE JAMENEI

Irán: 47 años de terrorismo de Estado, guerra híbrida, subversión global y represión islámica

La estructura del terror estatal

El régimen islámico de Irán
El régimen islámico de Irán. PD

Primero, el contexto.

Hace menos de dos meses, Irán vivió una explosión de indignación popular sin precedentes en las últimas décadas.

Millones de personas salieron a las calles en una revuelta mayoritariamente pacífica que fue aplastada con una ferocidad extrema. Las escasas informaciones que consiguieron filtrarse del país hablan de una matanza atroz: hasta 30.000 personas asesinadas en apenas dos días.

El escenario que precedió a este 28 de febrero incluye varios golpes muy duros para Teherán en el tablero regional:

  • Las severas derrotas sufridas por Hamás y Hezbolá a manos de Israel. Aunque todavía no son definitivas, ambas organizaciones se encuentran en su momento más débil en muchos años; en el caso de Hamás, incluso al borde de la desaparición como estructura operativa relevante.
  • La caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria, que supuso la pérdida del principal aliado estratégico y logístico de Irán en la región.

A este panorama desolador para los ayatolás hay que sumar una devastadora crisis económica interna: una inflación desbocada que ya había sido el principal combustible de la revuelta anterior y que ha llevado la desesperación de la población a niveles insoportables.

Todo ello ha generado en el régimen una sensación de fragilidad que no se percibía desde hace muchísimo tiempo. La brutalidad represiva desplegada, lejos de proyectar fortaleza, terminó revelando lo contrario: las manifestaciones habían alcanzado un punto en el que los ayatolás las percibieron como una amenaza existencial real para su supervivencia.

La muerte de Alí Jamenei, quien fue el líder supremo de Irán durante tres décadas, en los primeros días de intensos bombardeos estadounidenses e israelíes, marca un hito sin precedentes en la historia de la región.

Con 86 años, Jamenei era la figura más influyente desde la revolución islámica de 1979, un rol que lo convertía en jefe de Estado y comandante en jefe de las fuerzas armadas, incluyendo a la poderosa Guardia Revolucionaria. Su ausencia crea un vacío en una estructura política intrincada donde él ejercía un control casi absoluto sobre todos los temas relacionados con la política pública, vetando decisiones y eligiendo candidatos para diversos cargos.

Durante estos años, Jamenei fue el rostro oculto del poder iraní. Mientras que presidentes sucesivos acaparaban los titulares internacionales, era él quien manejaba los hilos desde las sombras. Su imagen adornaba carteles en espacios públicos; sus fotografías estaban presentes en tiendas y edificios gubernamentales, y la televisión estatal seguía cada uno de sus pasos.

Los jóvenes iraníes menores de 30 años nunca han conocido un país sin su liderazgo. Ahora, millones de ciudadanos se enfrentan a un futuro incierto sin la figura que ha marcado sus vidas políticas.

La estructura del terror estatal

El fallecimiento de Jamenei pone fin a casi cinco décadas de terrorismo estatal sistemático. En 1984, el Departamento de Estado estadounidense designó a la República Islámica como patrocinador estatal del terrorismo, una categorización que no solo se ha mantenido vigente sino que ha ido en aumento. Los informes anuales sobre terrorismo elaborados por Estados Unidos elevan a Irán al nivel de «patrocinador estatal más activo del terrorismo mundial». Entre 2021 y 2024, más de la mitad de las 102 operaciones iraníes documentadas en Europa ocurrieron durante esos cuatro años.

La cronología de violencia resulta abrumadora. En abril de 1983, una furgoneta cargada con explosivos voló por los aires la embajada estadounidense en Beirut, causando 63 muertes. Seis meses después, un ataque suicida destruyó los cuarteles de los Marines, dejando un saldo trágico: 241 estadounidenses y 58 franceses perdieron la vida. Hezbolá, bajo el disfraz de la Organización Yihad Islámica, llevó a cabo ambos ataques con respaldo iraní documentado. El 12 de abril de 1985, una bomba estalló en el bar El Descanso cerca del aeropuerto de Barajas en Madrid, resultando en 18 muertes. Este fue solo el comienzo de una larga serie de atrocidades.

Durante los años noventa, Teherán extendió su influencia hasta Buenos Aires: primero atacaron la embajada israelí en 1992 (29 muertos) y luego el centro comunitario judío AMIA en 1994 (85 muertos y más de 300 heridos), el atentado más letal en la historia argentina. INTERPOL sigue buscando al excomandante de la Fuerza Quds Ahmad Vahidi por estos crímenes. En 1996, las Torres Khobar en Arabia Saudí completaron este oscuro ciclo con la muerte de 19 militares estadounidenses.

El nuevo milenio trajo consigo una mayor sofisticación. Irán dejó atrás los ataques directos contra objetivos estadounidenses para operar mediante grupos afines. En 2018, un diplomático iraní acreditado en Viena, Asadolá Asadi, fue detenido como autor intelectual detrás de un atentado planeado con explosivos TATP contra una reunión opositora iraní en París. Este caso evidenció que Irán contaba con una vasta red operativa compuesta por asesinos encubiertos bajo protección diplomática por toda Europa.

La represión interna: la policía moral

Mientras Irán exportaba su terrorismo al exterior, dentro del país instauraba un sistema represivo sistemático. La policía moral se convirtió en el brazo ejecutor del régimen para vigilar y castigar cualquier desviación respecto a los códigos islámicos impuestos por el gobierno. Esta fuerza policial conocida como Gasht-e Ershad patrullaba las calles buscando infracciones relacionadas con vestimenta o conducta moral según los estándares establecidos.

Un caso emblemático fue el fallecimiento de Mahsa Amini en 2022; esta joven de solo 22 años murió tras ser arrestada por no llevar correctamente el velo. Su muerte desató protestas masivas por todo Irán, revelando el profundo descontento popular hacia este sistema opresivo. Las ejecuciones por «delitos morales» —incluyendo homosexualidad o apostasía— han sido moneda común bajo el régimen liderado por Jamenei.

Las cifras alcanzaron niveles alarmantes durante su mandato. Organizaciones defensoras de derechos humanos afirman que Irán lleva a cabo más ejecuciones per cápita que cualquier otro país del mundo. Entre 2012 y 2024 se registraron miles ejecuciones; muchas veces por delitos que no son considerados crímenes en democracias occidentales. El régimen utilizó la pena capital como herramienta para mantener su control político sobre disidentes y activistas.

La caza de disidentes y asesinatos selectivos

El Iran Human Rights Documentation Center ha documentado más de cien asesinatos políticos fuera del país desde 1979 perpetrados por una red avanzada desplegada en cerca de veinte naciones. Uno de los casos más notorios fue Mykonos: en septiembre de 1992, pistoleros irrumpieron en un restaurante griego en Berlín y asesinaron a cuatro líderes kurdos iraníes.

La operación había sido ordenada por un «Comité Especial» presidido por Jamenei e integrado por figuras clave como el presidente Rafsanjani y otros altos funcionarios del gobierno. Fue pionero que un tribunal europeo responsabilizara directamente al liderazgo estatal por organizar asesinatos fuera del país. Según declaraciones del director del MI5 británico, desde enero del año pasado se han frustrado unos veinte complots iraníes contra residentes británicos; muchos llevados a cabo mediante criminales reclutados como sicarios.

La guerra híbrida global

La combinación entre terrorismo proxy, asesinatos selectivos y guerra híbrida representa un desafío sin igual para la seguridad occidental. La red iraní conocida como «Eje de Resistencia» está compuesta por milicias como Hezbolá (en Líbano), Hamás y Yihad Islámica Palestina (en Gaza), además de grupos hutíes (en Yemen) y decenas más operando entre Irak y Siria.

El Departamento de Estado estima que Irán destinó más de 16.000 millones al régimen sirio desde 2012 hasta 2020; solo Hezbolá recibió más de ochocientos millones al año. Esta maquinaria se alimenta mediante una economía criminal monumental; Hezbolá controla gran parte del tráfico ilegal del Captagón entre Siria y Líbano y ha sido clasificada entre las cinco organizaciones criminales más peligrosas globalmente.

La flota fantasma compuesta por petroleros iraníes opera bajo empresas fachada con banderas convenientes; hasta febrero pasado seguían siendo interceptados tanto por Estados Unidos como India. El IRGC (Guardia Revolucionaria Islámica) se sitúa como pilar central dentro del entramado cleptocrático iraní controlando sectores enteros mediante bonyads —fundaciones religiosas— así como empresas vinculadas al petróleo o telecomunicaciones.

El peso histórico de Irán y un futuro incierto

Irán ha sido considerado una potencia regional durante milenios con una rica civilización que se remonta a tiempos antiguos. Sin embargo, bajo el liderazgo totalitario de Jamenei, esta República Islámica se transformó en un Estado paria aislado internacionalmente mientras exportaba revolución y terror hacia otras naciones. Su programa nuclear avanzó considerablemente: actualmente cuenta con suficiente uranio enriquecido al sesenta por ciento para fabricar armas nucleares; incluso se han encontrado trazas que alcanzan hasta el ochenta y tres punto siete por ciento.

El fallecimiento violento de Jamenei abre paso a una etapa llena incertidumbre sin precedentes para Irán; solo ha habido dos líderes supremos desde 1979 y nunca había ocurrido una sucesión durante crisis militares tan serias como esta actual.La complejidad estructural del poder irani incluye múltiples centros enfrentados: clérigos tradicionales frente a fuerzas revolucionarias e incluso presidenciales disputando influencia política.Sin su figura mediadora presente entre ellos podría darse lugar a fragmentaciones internas peligrosas .

Las pérdidas sufridas recientemente dentro del «Eje Resistencia» —con ataques devastadores contra Hezbolá o caídas significativas como las experimentadas frente al régimen sirio— ya habían debilitado este entramado antes incluso del fallecimiento reciente.Su muerte podría representar potencialmente el colapso definitivo tras casi cinco décadas causando sufrimiento incesante . La región entera junto al resto del mundo ahora contempla ante sí un futuro radicalmente diferente donde finalmente podría ceder terreno frente nuevas realidades geopolíticas emergentes .

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