LA CREMA SON LOS OJOS DE SU AMADA
El sábado pasado, 27 de octubre de 2018, en la página 60 o contraportada del diario EL PAÍS leí el artículo que Fernando Savater tituló “‘Jaloguín’”, sic, así, sin la diéresis preceptiva. Me refiero, claro está, a la edición de papel, porque en la digital (a la hora que este menda la consultó, doce del mediodía) el término la portaba.
El segundo y último parágrafo de dicho texto es un hermoso canto a la amada difunta, a la compañera ausente: “Ella disfrutaba con Halloween. (…) Ahora llega otra vez Halloween y no logro invocarla a pesar de guardar con mimo desesperado todos los adornos macabramante ingenuos que me dejó”.
El poeta que también acarrea, porta o portea el profesor de Filosofía y filósofo que es Savater acierta al abrir sus ojos y advertir que los de su complementaria ya no están, al comprobar la realidad pura y dura, que llega otro Halloween (y él, Savater, ya no disfruta lo que disfrutaba, porque ella ya no está a su vera y ya no puede disfrutar de él, Halloween) y, jugando con la forma de la palabra inglesa, él ya no halla a su bien, su su(pre)mo bien, la mujer que lo complementaba o completaba, la mitad de su alma, aletargada o dormida (que acaso muera, de manera definitiva, cuando lo haga él). El vate enamorado que, sin hesitación, es Savater, que guarda con fidelidad y lealtad, como oro en paño, como si fuera el personaje imperecedero que salió del magín de Jorge Luis Borges, Funes el memorioso, todos los momentos importantes de su existencia, que lo fueron todos los que vivió con ella, todos, excepto quizá los que compartió con ella, cadáver, que rememora todos los recuerdos que estos le dejaron en su memoria y en su piel, vive ahora con miedo cerval la macabra realidad, que se le impone con toda su crudeza, la soledad.
Ahora comprendo el porqué; ahora entiendo por qué Savater olvidó de manera involuntaria, colocar la crema (la crème de la crème, como dicen y escriben los franceses), la diéresis. Los dos puntos de la crema son los ojos de su amada que ya no pueden verlo a él, los ojos de ella que él tanto echa de menos, en falta.
Ángel Sáez García
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