El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Llamo Costanza a cada nueva idea

LLAMO COSTANZA A CADA NUEVA IDEA

QUE CAZO AL VUELO O PESCO SIN ANZUELO

Ahora, cuando me dispongo a leer cuanto llevo escrito (antes de incluir las dos buenas observaciones), conjeturo que, de todos los que se lleven a sus ojos este texto en prosa, más de uno y de dos lectores (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios) no me van a creer, pero no les reprocho nada a ninguno de ellos, porque, si yo no fuera el hacedor de las líneas que contiene, sino un lector más, seguramente, abundaría con ellos en el criterio, que la historia que se narra en él es inverosímil.

El pasado sábado 3 de mayo de 2025, antes de cerrar los ojos con el propósito de conciliar el sueño, durante mis habituales quince minutos de siesta, me dio por recordar los renglones que había subrayado por la mañana, en la página 6 del suplemento BABELIA de EL PAÍS de dicha jornada, en concreto, unas palabras que aparecían en la crítica literaria que había vertido el perito en ese menester, Edgardo Dobry, en su comentario del libro “Borges por Piglia”, que firma el segundo, líneas escritas por el novelista Juan José Saer, estas: “si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista consiste en no escribir novelas”.

Bueno, pues, en uno de los episodios oníricos que tuve y recuerdo (ignoro si mi inconsciente me suministró más; si lo hizo, no los rememoraba cuando desperté), aparecía sobre una mesa de cristal transparente un crucigrama resuelto y en él (en letras de color rojo; el resto eran blancas) tres nombres y dos apellidos: Baltasar Gracián y Emma Zunz, en posición horizontal, y Costanza, en vertical.

Nada más despertarme, tuve claro que aquella información tenía un fin, escribir un relato con los tres nombres; y, sin demorar más tiempo, me puse a coronar dicha tarea. Así que hice el mismo gesto acostumbrado, empuñé el bolígrafo BIC azul con los dedos de mi diestra y empecé a escribir lo que corría o fluía por mi mente. Esto es lo que redacté:

Creo que voy a actuar bien, a colegir lo correcto. A partir de ahora, cuando haga referencia a una idea, la haya cazado al vuelo o pescado sin anzuelo, la llamaré Costanza, como la protagonista de la novela ejemplar cervantina “La ilustre fregona”. ¿Por qué? Porque de la admiración nace el pensamiento (en esto coincidieron maestro y alumno aventajado, Aristocles, “Platón”, y Aristóteles), la filosofía; y, cuando Tomás de Avendaño se la echó a los ojos la primera vez que la vio, quedó embelesado de aquella quinceañera con cara de ángel que, además, llevaba “una vela encendida en un candelabro”, visión prístina de una bombilla, en igual condición (y más, teniendo en cuenta el reciente apagón total en España, de cuyas causas u orígenes, al paso que vamos y si hacemos caso a la nueva versión del “tan largo me lo fiais”, dentro de seis meses, acaso las/os conozcamos), en el cerebro.

Sé, por mera intuición, que algo tengo que hacer con el adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián. Y me limito a extractar la perla, el fruto que contiene dicha nuez: “(…) Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos (…)”.

Luego vuelvo a leer la ficción, de dicho título, de Jorge Luis Borges, que es perfecta, porque en ella no falta ni sobra nada. “Emma Zunz” podría haber sido una novela en toda la regla, pero Borges (desconozco si conforme la iba escribiendo o, a posteriori), empezó a quitar lo que no era relevante y se quedó con lo justo, lo que se lee, una novela concentrada.

   Prima nota bene

Bueno, pues, tras colocar el punto final al texto, procedí a cambiar el rótulo y subtítulo de la narración, que eran, al principio, estos: “Ojalá se pondere mi trabajo. Barrer fue y borrar lo irrelevante”, por convenir mejor los que ahora aparecen en su lugar. Y, a renglón seguido, recordé las palabras que Cervantes colocó al final del primer párrafo del capítulo XLIIII de la Segunda parte del “Quijote”: “(…) pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”.

   Secunda nota bene

Hace muchos años, mientras mi excompañero de estudios y piso Jesús Manuel Arellano Barja, a quien le debo el apto de Psicología del aprendizaje, una asignatura del CAP, estaba cumpliendo el servicio militar en Recajo (La Rioja), me llamó un día por teléfono y, sin decirme nada, sabiendo que yo era el que me había puesto al aparato y contestado con mi asiduo imperativo “dígame”, me leyó el párrafo postrero de “Emma Zunz”, una historia de venganza y asesinato, de crimen perfecto, que tantas veces me había llevado a la vista y ponderado, pues me gustaba sobremanera: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

—Acabas de leerme, Jesús —le dije—, el parágrafo final de esa alhaja o joya y, al mismo tiempo, bomba de relojería, que es “Emma Zunz”, indeleble cuento borgiano. Y te has comportado como un cuco, porque, tras el vocablo “tono”, te has comido el nombre y primer apellido de su protagonista, para pillarme.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído