Pacos

Paco Sande

Queremos creer como cierto lo que nos gustaría que hubiese sido cierto.

Wishful thinking” es una frase en ingles que se podría traducir como ilusión, pero que en realidad ellos aplican a aquél que quiere pensar, o piensa, que va a suceder lo que a él le gustaría que sucediese.
Pero aquí en España, hay otra variante, que no sé qué nombre se le dará, ni en ingles ni en español, y es la de aquél o aquéllos, en realidad hay muchos, que está siempre dispuesto a creer o aceptar como cierto, todo aquello que a él le gustaría que fuese cierto y a descartar inmediatamente como falso todo aquello que a él le gustaría que fuese falso.
Por ejemplo: cuando nos dicen algo malo sobre una persona que queremos o apreciamos, enseguida nos negamos a creérnoslo y tratamos de achacarlo a que, la persona en cuestión, está siendo víctima o de un engaño o de un rumor malicioso contra su persona y, si al final, no tenemos más remedio que tragárnoslo porque la verdad nos da en la cara, todavía tratamos de justificarlo con aquello de que: “el pobre es bueno pero se junta con tan malas compañías que ya se sabe”. Jamás nos pararemos a pensar por un momento a que puede ser él la mala compañía de otros.
Pero esto no solo lo dejamos para nuestro entorno familiar y cercano sino que lo trasladamos a todas las esferas de nuestra vida.
Lo hacemos con los clubs de futbol, con los deportistas, con colectivos de gente que se dedican a este o aquel menester, con ciudadanos de otros países e incluso con ciudadanos españoles que sean de diferente etnia o de esta o aquella región de España, pero, sobre todo, lo hacemos con políticos, gobiernos, gobernantes y figuras historias que conforman nuestra visión del mundo.
A todos encasillamos entre buenos y malos y de todos estamos dispuestos a creer cosas buenas o cosas malas, dependiendo del lado en que los hayamos catalogado.
Hay por ejemplo una visión sobre Napoleón Bonaparte, aunque éste no es de los que peor le cae a nadie, que dice que era un tío pequeño, y por eso le apodaban el enano.
Y no es verdad, Napoleón medía alrededor de un metro setenta y, para los franceses de la época, era un fulano alto.
Lo de bajito fue un bulo que se inventaron los británicos –maestros de la propaganda- para ridiculizarlo y con el tiempo cuajó y hoy todo el mundo cree que fue así.
Y, sin embargo, si digo que Stalin solo medía un metro sesenta y uno, nadie me lo va a creer, y en realidad era así. El fulano, pese al nombre y al porte que muestra en las fotografías, era un retaco además de un asesino.
Ya sé, ya se, que hay por ahí por internet foros que le adjudican un metro setenta y tres, e incluso mas, pero no es así, tanto él como Mussolini, con un metro sesenta y uno de estatura, median incluso menos que Franco, uno sesenta y tres.
Y el que no lo crea que se documente, como dice un amigo mío, pero que no lo haga en tontopedias ni foros de internet, los cuales están hechos a gusto y hechura del que los escribe, sino que busque libros de historia y ensayos sobre el personaje y luego que me cuente.
Pero sigamos con lo nuestro: Si decimos que el Volkswagen beetle (escarabajo), el modelo de automóvil más vendido de la historia, nació de un encargo que Hitler le hizo a Ferdinand Porsche, para que le fabricase un coche para el pueblo, con la idea de que el obrero medio alemán pudiese acceder a él, habrá mucha gente que le costara creerlo. Pero si decimos que Hitler eyaculaba durante sus discursos o que se inyectaba semen de toro para aumentar su potencia sexual, todo el mundo estará dispuesto a aceptarlo a pie juntillas.
Y, sin embargo, lo primero, lo del coche, es fácil de comprobar que fue así, en cambio lo segundo, lo de eyacular, pertenece al acervo personal del fulano y no creo que, si tal cosa le hubiese sucedido, se lo fuese a contar a nadie, y lo tercero, no pasa de pura fantochada.
Pero como el tío está para siempre encasillado como el monstruo más grande de la historia, nos gustaría que la cosa hubiese sido de aquella manera y de aquella manera nos la creemos, aunque, a poco que nos paremos a pensar, y razonar fríamente por un momento, nos daremos cuenta de que, en realidad, nos estamos engañando a nosotros mismos.
Y la mayoría de nosotros, aunque somos lo suficientemente inteligentes para razonarlo y discernirlo, nos negamos a ello puesto que nos es más fácil creernos la versión que nos gusta y así crear una realidad que se amolde mas a la idea de que nosotros nos hemos forjado.
Así que, si de repente aparece una señora que escribe una biografía apócrifa de Franco y en ella suelta perlas como: que el General era un reprimido sexual con una muy baja autoestima porque cuando era un niño, y a causa de su voz aflautada, su padre lo afeaba tachándolo de afeminado, mariquita y llamando paquita, añadiendo que solo tenía un testículo, además de que rehuía el sexo debido a que padecía de una severa fimosis que le causaba un gran dolor a la hora de practicarlo, dicho libro está condenado a ser un “best seller”.
Y es que somos así.
Y si nos quisiéramos parar a pensar que, si a Franco, su padre lo llamaba paquita, manolita o perico de los palotes y si tenía una fimosis, más o menos severa, que le causase más o menos dolor, el tío no se lo iba a contar a nadie, eso es tan básico como santiguarse.
Solo tenemos que ver lo que hacemos nosotros, ¿A que todos tenemos filias y fobias, miedos y miserias, fantasías y pensamientos retorcidos, que no le contamos ni a nuestro mejor amigo?
¿A que si? ¿…? ¡Exacto!
Pero es que tenemos doble vara de medir y siempre arrimamos el ascua a nuestra sardina.
Vemos la paja en el ojo del otro y no la viga en el nuestro.

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