Carlos Enrique Pérez Barrios , director general de Global Security Academy USA, lanzó una de las advertencias más severas sobre la realidad venezolana: “Cuando un país pierde su sistema de Seguridad del Estado, deja de existir como República”.
En este sentido sostiene que Venezuela no enfrenta simplemente una crisis institucional, sino un colapso estructural deliberado, en el cual el crimen organizado se fusionó con el poder político, sustituyendo el Estado de Derecho por un sistema de control mafioso.
“El ciudadano ya no vive bajo un Estado, sino bajo un régimen que ocupa un territorio”, afirma.
El Estado desmontado desde dentro
Según el experto, la destrucción del Estado venezolano no fue accidental. Durante décadas, las instituciones encargadas de proteger la soberanía, administrar justicia y garantizar la seguridad fueron progresivamente vaciadas de contenido, politizadas y subordinadas a intereses criminales.
“La Fuerza Armada fue desprofesionalizada, los cuerpos de seguridad convertidos en instrumentos de control interno y la inteligencia del Estado dejó de proteger a la nación para servir a un grupo”, asegura. Este proceso abrió las puertas a organizaciones criminales, actores armados irregulares y redes de narcotráfico, que encontraron en el colapso institucional el entorno ideal para expandirse y consolidarse.
La Seguridad del Estado como eje de cualquier transición
Para Pérez Barrios, no existe salida política posible sin la reconstrucción previa de la Seguridad del Estado. Hablar de elecciones, reformas económicas o reconciliación nacional sin restablecer el monopolio legítimo de la fuerza —advierte— es una ilusión peligrosa.
“La Seguridad del Estado es un elemento vital e ineludible para crear las condiciones mínimas de estabilidad que permitan transitar hacia un sistema político democrático que hoy, sencillamente, no existe en Venezuela”, subraya.
Este principio no puede concebirse como una política aislada o coyuntural, sino como parte de un programa integral de reestructuración del Estado y de su imprescindible proceso de reinstitucionalización. Ello exige un liderazgo fuerte, transparente y responsable, capaz de definir sin ambigüedades cuáles son los objetivos nacionales y el camino concreto para alcanzarlos.
El vacío de liderazgo y la imposibilidad de avanzar
Pérez Barrios considera que ese marco político superior —esa “sombrilla institucional”— no está presente hoy en Venezuela, ni lo estuvo antes, ni lo está ahora. Sin él, resulta imposible definir con coherencia los elementos doctrinarios, operativos y jurídicos que deben conformar un verdadero sistema de Seguridad del Estado.
“Ninguna democracia puede estabilizarse si los órganos de seguridad están cooptados por intereses ilegales o subordinados a actores extranjeros”, enfatiza.
El capital humano existe, pero fue traicionado
El analista rechaza la idea de que Venezuela carezca de profesionales capacitados en el ámbito de la seguridad. Recuerda que durante décadas las fuerzas de seguridad venezolanas contaron con funcionarios de altísimo nivel técnico, académico, moral y de compromiso institucional.
En muchos casos, ese nivel se mantiene, a pesar de que sus organizaciones fueron deliberadamente destruidas en sus principios, doctrinas y objetivos, al dejar de ser instrumentos al servicio de la nación para convertirse en órganos subordinados a una estructura de poder criminal.
Policías uniformados, cuerpos de investigación criminal y organismos de inteligencia dejaron de cumplir su razón de ser: pasaron de servir al país a servir a una red sustentada en la criminalidad organizada.
Profesionales disponibles, pero sin conducción política
Pérez Barrios sostiene que, ante una ruptura real y efectiva con el sistema criminal que hoy gobierna Venezuela, existe un amplio contingente de profesionales patriotas —dentro y fuera del país— con sólida formación académica, experiencia comprobada y elevado estándar moral, dispuestos a ponerse al servicio de la reconstrucción del sistema de seguridad nacional.
Sin embargo, estos profesionales no se encuentran conformados como una fuerza organizada. No por incapacidad propia, sino porque durante más de tres décadas el supuesto liderazgo opositor se dedicó a engañar y manipular a la sociedad venezolana, convirtiéndose progresivamente en otra expresión del mismo fenómeno criminal que decía combatir.
No existió voluntad política, ni claridad doctrinaria, ni compromiso auténtico con la reconstrucción institucional. En ese vacío, fue prácticamente imposible conformar equipos serios, responsables y cohesionados con visión estratégica de país.
Recursos: mucho más que dinero
En cuanto a los recursos necesarios para avanzar en este proceso, Pérez Barrios aclara que no pueden limitarse a lo material o financiero. El primer y más importante recurso es de naturaleza política e institucional: un liderazgo que defina con transparencia los objetivos programáticos del proceso; un marco jurídico claro que proteja las acciones necesarias;
y la capacidad de traducir las decisiones políticas en presupuestos, asignaciones y estructuras operativas coherentes. Sin esa base, cualquier discusión sobre recursos carece de sentido práctico.
El verdadero obstáculo
A juicio del analista, el principal problema no ha sido la falta de valores, ni la carencia de talento, ni siquiera la ausencia de oportunidades.
“El verdadero obstáculo ha sido la inexistencia de una definición clara del sistema de gobierno que se pretende construir y la ausencia de un liderazgo que explique al país, de manera honesta y transparente, cuáles son sus objetivos estratégicos y los valores que regirán la conducta del nuevo Estado”.
Consideraciones finales: una ruptura inevitable
En su conclusión, Pérez Barrios sostiene que resulta inevitable una ruptura con el régimen criminal actualmente en el poder, acompañada de la conformación de un gobierno de características excepcionales, integrado por personas competentes, dignas y sin antecedentes oscuros, con cobertura y protección internacional para asumir el inmenso reto de la reconstrucción nacional.
Advierte que ignorar esta realidad conduce irremediablemente al caos. Venezuela enfrenta organizaciones criminales poderosas, feroces y profundamente inmorales, que han actuado —y seguirán actuando— conforme a códigos marcados por la violencia, los antivalores y la impunidad.
“No se trata de instaurar una dictadura, sino de impedir que las mafias impongan la suya”, concluye.
Un mensaje directo al debate venezolano
El mensaje interpela a la dirigencia política, a la comunidad internacional y a la sociedad civil: sin Seguridad del Estado no hay República posible, y sin República no puede existir democracia real.
Una advertencia incómoda, pero —como él mismo señala— inevitable.
