LA CARADURA DE SÁNCHEZ Y PUENTE

Gobierno Sánchez: cuando las víctimas de la tragedia te importan un comino y sólo te obsesiona seguir chupando del frasco

Mientras España lloraba a 46 víctimas del accidente ferroviario, el presidente y su ministro brillaron por su ausencia, revelando una desconexión total con el dolor ciudadano

Puente y Sánchez (PSOE)
Puente y Sánchez (PSOE). PD

El sentir unánime de las familias lo ha resumido la hija de una de las fallecidas: «Somos 45 familias que lucharán por saber la verdad y para que no haya otro tren».

El ‘sentir’ del socialista Pedro Sánchez y de su ministro más ‘bocachancla’, el inefable Óscar Puente, es el que evidencia su miserable falta de empatía.

Mientras los reyes Felipe VI y Letizia presidían la misa funeral en el Palacio de Deportes Carolina Marín, y el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, junto al líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, rendían homenaje a las víctimas, el presidente del Gobierno permanecía oculto en La Moncloa.

El marido de Begoña se mantuvo —pese a no tener nada en agenda— en paradero desconocido durante los funerales que tuvieron lugar en Huelva y Madrid. Pero no ha sido solo el día de ayer: tras aparecer brevemente al día siguiente del accidente, se borró del mapa.

Su mano derecha, la vicepresidenta María Jesús Montero, hizo acto de presencia por detrás, cumpliendo un trámite que el jefe no se atrevió a afrontar.

Volviendo a Sánchez, cabe subrayar una y mil veces que la agenda oficial estaba cancelada, sus funciones suspendidas, y que su presencia brilló por su ausencia, pese a ser prácticamente un funeral de Estado.

Que el ‘puto amo’ del PSOE no haya asistido a la ceremonia porque era religiosa viene a reafirmar su probada indignidad, su bajeza moral y su profunda cobardía, porque, si ha habido miembros del Gobierno en el funeral de Huelva, el presidente tenía que ser el representante del Ejecutivo ante la relevancia y el impacto que ha tenido la tragedia.

Su ausencia es fruto —que nadie se engañe— de una insufrible vileza, porque hay que ser profundamente indigno para que la cabeza del Gobierno de España no esté acompañando en su dolor a quienes han sufrido en sus carnes tan terrible experiencia.

Tampoco ha estado Óscar Puente, al que habría que reprocharle su falta de valor para estar donde tenía que estar, también por razones obvias. Aunque, al menos, el ministro tuitero tiene la excusa de haber estado en el Senado, adonde acudió a no asumir sus responsabilidades y su nefasta gestión.

No fue una decisión tomada por los deudos, como algunos miembros de la ‘brunete pedrete’ han querido argumentar. Fue un acto de cálculo político. Y de miedo. Mucho miedo. Sánchez no podría haber estado allí ante el temor de una reprobación ostentosa ni ante la rabia legítima de quienes perdieron a sus seres queridos por una negligencia administrativa que ni siquiera reconocen. Su ministro, pese a lo que dijo en el Senado, tampoco. Ambos sabían que su presencia sería un insulto añadido al sufrimiento.

Y, para muestra, la socialista María Jesús Montero no se atrevió a acercarse a los familiares de muertos y heridos en el accidente por temor a un insulto o a un rechazo ante los medios de comunicación. Ellos aplaudieron a los reyes y al popular Juanma Moreno, algo que no gustó a la Ministra de Hacienda. El miedo de la vicepresidenta quedó de manifiesto al entrar por una puerta lateral y no por la principal, por temor a recibir un jarabe democrático, demostrando además que no tiene ni idea de cómo son los andaluces, de su talante y respeto, pese a haber nacido allí.

La inhumanidad como estrategia de gobierno

Sánchez visitó Adamuz el primer día con un chaleco amarillo, participando en un acto breve y sin preguntas. Fue pura propaganda. Después desapareció. En un mitin en Aragón, zanjó el tema de las responsabilidades políticas con una frase que resume su filosofía: «Las desgracias suceden», como si un meteorito hubiera caído sobre la catenaria.

No fue un meteorito. Fue negligencia administrativa, falta de mantenimiento y decisiones políticas erróneas que llevaron al colapso del servicio ferroviario.

El ministro Puente presume de ofrecer ruedas de prensa largas, aunque solo pone en evidencia la falta de acción de su jefe, mudo y ausente a partes iguales. Cuando salió a la luz que el tramo donde ocurrió el accidente no había sido renovado integralmente, como él había afirmado previamente, se fue a lo de Intxaurrondo buscando refugio.

Pocos le han seguido el juego, salvo algunos aliados políticos y el aparato propagandístico de TVE. Pero la mentira ya flotaba en el aire.

Que un presidente del Gobierno sea incapaz de acercarse a las víctimas de una tragedia por temor al rechazo es un claro síntoma de desconexión institucional sin precedentes. Es la prueba palpable de que los gobernantes son percibidos no como soluciones, sino como parte del problema, cuando no como causa directa.

Lo más insoportable es la hipocresía.

Aquellos que han calificado directamente como criminales a adversarios en situaciones menos predecibles ahora se hacen los dignos y atribuyen al destino los efectos letales derivados de sus propias negligencias. Con cuarenta y cinco fallecidos, nadie ha dimitido ni ha pedido perdón.

La fuga del presidente es una ignominia que se agrava con su desplante al Senado y con la vergonzosa comparecencia en la Cámara Alta de Puente, quien ya debería haber dejado su cargo si aún existiera sentido común sobre responsabilidad y empatía política en este país. Si Sánchez es incapaz incluso de salir a la calle sin sufrir reprobaciones intensas, su delegado resulta ser un manipulador incapaz de dimitir con un mínimo atisbo de decencia.

España no merece un Gobierno que mienta, manipule o sea frío con los damnificados por su incompetencia. Mucho menos necesita dirigentes cobardes que se ocultan tras cordones policiales para distanciarse del sufrimiento ajeno, mientras claman por las vidas perdidas. La ausencia tanto de Sánchez como de Puente durante los funerales no fue solo una decisión administrativa; fue una confesión tácita sobre su culpabilidad.

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