Charo Zarzalejos – Puesto en pista.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

De todos los cambios llevados a cabo por el presidente del Gobierno, si alguno ha sorprendido sobremanera ha sido la que ha afectado de manera directa al vasco Ramón Jáuregui. Socialista leal, buen político y persona honrada, ha sido sustituido como segundo del grupo parlamentario por el también socialista vasco Eduardo Madina. En estas mismas páginas hace ya algún tiempo me permití deslizar este nombre, porque Madina, desde hace mucho tiempo, es el «tapado» de Zapatero; o dicho de otra manera, uno de los «protegidos» del presidente.

De treinta y tres años, Eduardo Madina ha sentido en sus carnes el zarpazo de ETA. Buen dialéctico, pertenece generacionalmente al denominado «zapaterismo». Es, además, hombre de absoluta confianza, con una buena dosis de legítima ambición y quienes le conocen bien le sitúan en lo que se denomina el «ala dura» del partido.

Este hombre sustituye en el cargo a un político de muy larga trayectoria, bregado en una y mil historias y casi ninguna fácil. Su primer gran servicio a Zapatero fue acudir al País Vasco para poner orden en la traumática y sucia defenestración de Nicolás Redondo, para, en su lugar, colocar a Patxi López. Acabado aquello se instaló de nuevo en Madrid, pero no encontró el hueco que se merece.

Desde fuera resulta inexplicable que un hombre como Jáuregui haya sido desaprovechado por el PSOE, en donde nunca ha tenido el trato ni la deferencia de la que era acreedor. Se enteró casi a última hora y por teléfono que su próximo destino era Bruselas. Como es disciplinado y, además, consciente del poco aprecio que le han tenido ha aceptado, pero su satisfacción es perfectamente descriptible.

¿Por qué se prescinde en la política española de un hombre como Jáuregui? Dicen que para reforzar una lista electoral de cara a unos comicios que para el PSOE no se presentan fáciles. Algo hay que decir, pero si de verdad se creyera en él iría de número uno y no de dos, entre López Aguilar y Magdalena Alvarez. Todo apunta a que le han «apartado» y Zapatero, saltándose a la torera el propio reglamento de su grupo parlamentario, pone en pista a Eduardo Madina. Porque con este nombramiento no se busca una estrategia específica cara a los demás grupos parlamentarios, ni abordar temas concretos de manera novedosa. Se trata única y exclusivamente de poner en pista a uno de los preferidos del presidente. Tan preferido es que, antes de las elecciones vascas, ya circulaba por Bilbao el relato de que si Patxi López no lograba mejorar resultados, su sucesor sería Eduardo Madina.

Eduardo Madina cuenta con condiciones para lidiar la difícil situación parlamentaria que tiene el PSOE. Los asuntos que según anunció el presidente van a llegar al Congreso -aborto, ley de libertad religiosa, ley de igualdad de trato- son asuntos en los que Madina se mueve bien y que defiende con pasión. Pero lo interesante de esta «jugada» no es tanto la labor parlamentaria que pueda hacer el sucesor de Jáuregui como el hecho de que el presidente ha colocado a sus hombres. A unos, como Chaves, para jubilarles de manera definitiva y a otros, como Eduardo Madina, para dejarles en buen puesto de salida para un futuro más o menos próximo.

Nuestro presidente no da puntada sin hilo. Mucho antes de llegar a Moncloa ya tenía mucha mili hecha en lo que a colocar y descolocar gente en el partido se refiere. León fue para él una buena escuela y ya se sabe que lo que se aprende de joven nunca se olvida.

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