Lorenzo Bernaldo de Quirós – Los impuestos que vienen.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El viernes pasado el Gobierno hizo pública la revisión de su cuadro de previsiones macroeconómicas para 2009 y 2010. Con un crecimiento negativo del PIB en 2009 del 3,6 por 100 y, de nuevo, con una contracción de la actividad en 2010, la hipótesis de los «brotes verdes» ha saltado en pedazos, salvo que se considere que la economía española saldrá algún día de la crisis, cuestión que resulta obvia. No hay mal que cien años dure aunque dure mucho. El escenario planteado por el Gabinete se ajusta al proyectado por el consenso de los economistas y constituye un ejercicio tardío y forzoso de aceptar la realidad: la recesión durará cuanto menos hasta 2010. En este contexto, España seguirá destruyendo puestos de trabajo durante el resto de la legislatura. El ritmo de destrucción de empleo se reducirá pero eso no significa que la tendencia vaya a cambiar y eso es lo importante.

El segundo aspecto significativo del deterioro de la situación y de la política del Gobierno es el brutal aumento del déficit público. En 2009 se situará casi en el 10 por 100 del PIB, según el Gobierno, y el Ejecutivo socialista se fija como objetivo reducirle hasta el 3 por 100 en 2012. Para alcanzar esa meta sólo hay dos caminos: uno, reducir el gasto público; dos, aumentar los impuestos. El gabinete socialista ha renunciado a la primera vía. En consecuencia, toda su estrategia de consolidación presupuestaria recaerá sobre un incremento de la fiscalidad. La pregunta es si esta medida es acertada y si servirá para recortar el agujero presupuestario. La respuesta es negativa. Subir los impuestos no proporcionará más dinero a las arcas estatales e incluso puede aportar menos.

Con una economía en recesión y con una recuperación débil a partir de 2011, el crecimiento no bastará para reducir en seis puntos la ratio déficit/PIB aunque el Gabinete congelase el crecimiento del gasto público. Cerrar esa brecha con alzas de impuestos tanto directos como indirectos sólo servirá la detraer recursos de las familias y de las empresas que no podrán emplearlos en consumo e inversión. El resultado es que el incremento de la fiscalidad deprimiría la actividad económica y, en consecuencia, el Gobierno recaudaría menos a pesar de la subida impositiva. Este efecto sería más intenso cuanto mayor sea el incremento de los impuestos.

La idea de que los «ricos» pueden y deben ser los paganinis o, mejor, los principales financiadores del déficit público es pura demagogia. En España, el tipo marginal, esto es el más elevado del IRPF, se aplica a los ingresos a partir de 60.000 euros años. Considerar rico a ese segmento de la población es cuanto menos exagerado. Además supone tan sólo el 5 por 100 de los contribuyentes. Por tanto, aunque se exprimiese a ese colectivo, sería imposible obtener la plata suficiente para pagar el descomunal agujero de las finanzas públicas. Esto son puras matemáticas.

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