Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Lo que nos queda de un tal Franco.


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Sin duda con más pena -y silencio_que gloria, se ha conmemorado otro 20-N más -treinta y cinco años han pasado ya–, otro aniversario de la muerte de Francisco Franco, que lo fue todo, todo, para bien y, pienso, sobre todo para mal, en España. En 1990, junto con otro periodista, Manuel Angel Menéndez, publiqué un libro titulado «Lo que nos queda de Franco», constatando que, ya entonces, quedaba poco. Me parece que hoy, salvo la secular intolerancia, un par de leyes muy remendadas y la cruz del Valle de los Caídos que alberga la tumba del dictador y que alguien quiere volar, ya no queda nada: Franco ha sido borrado de la Historia y hasta parece como de mal gusto recordarle, lo que no estoy seguro de que no haya sido un error, porque el pasado, por muchos fantasmas que nos traiga, no debe desconocerse. Y porque algunos problemas de aquella época se mantienen vivos, lamentablemente.

Creo, sinceramente, que, con todo lo que hay, comenzando por un enorme ejército de desempleados, estamos mucho mejor que aquel 20 de noviembre de 1975, cuando treinta millones de españoles, que no se acababan de creer la noticia, constataron que, al fin, tras una larga agonía, Franco se había muerto en el palacio-quirófano de El Pardo. La evolución, desde entonces, ha sido grande, y quienes podemos conservar aquella memoria no podemos negar que resulta difícil reconocer esta España en comparación con aquella. «Que cuando peor estemos, estemos como ahora», me reconocía, poco antes de su reciente fallecimiento, un gran escritor español, de quien guardo muchas confidencias selladas por un pacto de silencio. Tenía razón: creo que ahora estamos mejor, aunque nos falle un sentido de orgullo como Estado, aunque muchos rechacen constatar que estamos en un gran país.

Cierto: no hemos terminado de arreglar -más bien al contrario_el panorama territorial español, y ahí está esa campaña electoral catalana, llena de absurdos vídeos orgásmicos, de sobreentendidos y de silencios sobre las grandes cuestiones relacionadas con la incardinación de Cataluña en el resto de España. También cierto: puede que haya más incertidumbre laboral para la media de los españoles que en aquella época, pero ese proceso resulta imparable en todo el mundo y, en todo caso, qué duda cabe de que el ciudadano de la calle vive ahora incomparablemente más desahogado que entonces.

Este aniversario, apenas recordado por cada vez menos nostálgicos, se produce, es verdad, en un momento de nacional-pesimismo. Cuando los españoles constatan, por poner un ejemplo de esta semana, la poca utilidad del debate parlamentario del jueves sobre el paro, en el que el presidente Zapatero nos dijo que la recuperación económica es «cierta» pero «incierta», cosa que no creo que haya aumentado la seguridad jurídica de los consumidores, como tampoco creo que la haya aumentado la afirmación del líder de la oposición, Mariano Rajoy, declarando, en la misma sesión del Congreso, al país «en ruinas». En fin…

Esta semana que concluye hemos constatado, por último, la pervivencia de un problema heredado directamente del franquismo, aunque incluso algunos dirigentes políticos lleven su desmemoria hasta el punto de haber olvidado lo que entonces ocurrió: al fin y al cabo, el dictador estaba en su lecho de muerte cuando se produjo aquella «marcha verde» sobre el Sahara, encabezada por mujeres y niños, que obligó a retirarse a las tropas españolas sin haber disparado un tiro. Treinta y cinco años después, el Sahara, en llamas, sigue constituyendo un problema para el Gobierno de España, que sigue siendo, aunque nadie lo recuerde, potencia administradora del territorio ocupado por Marruecos, el incómodo vecino del sur, y que amenaza con convertirse, merced a la torpeza de todos -comenzando por las Naciones Unidas–, en un conflicto tan enquistado como el de Oriente Medio. Que también, por cierto, estaba ahí cuando se murió Franco.

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