Antonio Casado – Contra el alarmismo.


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Con sus alusiones públicas a las potencialidades de la economía española durante su reciente viaje a Brasil y Chile, el Rey se ha sumado al cambio de discurso en la cabina de mandos del Gobierno. Un discurso más optimista que de costumbre. Atrás queda aquel mantra fundacional de la verdad aunque duela, que consistía en pintar el cuadro algo más negro («situación límite», «aún no hemos tocado fondo»…) con el propósito de reforzar la mirada retrospectiva sobre la herencia socialista.

Sobre la base de que la raíz de esta crisis económica es de desconfianza, especialmente en el caso de España, se impone la necesidad de jugar con los intangibles: la confianza, el optimismo y la capacidad de persuadir a otros de nuestra firme voluntad de salir del agujero. Muchos analistas sostienen que empezaremos a vencer a la crisis cuando estemos firmemente convencidos, y no dejemos de verbalizarlo, de que estamos empezando a vencer la crisis. Hasta ese punto tiene importancia la creación de estos contagiosos climas de opinión colectiva.

En esta ofensiva por la recuperación de la autoestima vale todo. Hasta el sentido ruego del presidente Rajoy a los componentes de la selección española de fútbol que le visitaron hace unos días en el Palacio de la Moncloa. Le faltó ponerse de rodillas al pedirle que den una alegría a los españoles agobiados por las hipotecas, el paro y las malas noticias económicas. O sea, que se traigan la eurocopa. No todo es poner al mal tiempo buena cara. También han mejorado las constantes vitales de nuestra economía en estos últimos días: se ha suavizado la presión de nuestros acreedores, ha bajado la prima de riesgo, ha subido la bolsa y a escala mundial se han oído voces muy autorizadas en defensa de la solvencia de España. Solvencia sí, liquidez no tanta. Es la queja del presidente del Gobierno mirando a Bruselas.

Por otra parte, se empieza a perfilar un horizonte europeo más favorable a nuestros intereses (saneamiento de la banca, estabilidad financiera, más integración, un año de propina en la carrera hacia el 3 por ciento comprometido de déficit público, etc.). En parte por el efecto Hollande y en parte porque Alemania, la abanderada del equilibrio presupuestario a toda costa, no desea que el rigor fiscal se convierta en rigor mortis en países tan ligados a la economía germana como España.

El caso es que Moncloa ha decidido retirar el alarmismo de su libro de estilo. «No estamos al borde del abismo ni en vísperas del Apocalipsis», dice Rajoy. El titular de Hacienda, Cristóbal Montoro, por su parte, se está revelando como el más resolutivo de los ministros a la hora de transmitir confianza. A diferencia de Rajoy, nunca dice que se toma tal decisión porque no hay otro remedio sino porque conviene a España con crisis y sin crisis. Y en su haber político está el haber metido en cintura a las comunidades autónomas, al margen del signo político de sus gobernantes, en la lucha por el equilibrio fiscal y contra el despilfarro. Justo es reconocérselo.

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