Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes -Un país demasiado angustiado para festejar lo de ETA.


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Asisto en Bilbao al mítin de fin de campaña de Iñigo Urkullu. Tímidos gritos de «independentzia» saludan su llegada al pabellón de La Casilla. No es el grito que toca en esos momentos, obviamente, y se nota en el discurso del virtualmente seguro próximo lehendakari vasco. Habla de la «hoja de ruta» del PNV, que pasa por Quebec, por Escocia y por Cataluña; de hecho, esa misma mañana ha hecho unas declaraciones a un periódico catalán equiparando, en palabras algo inconcretas, la «hoja de ruta» de Artur Mas y la suya propia.

Pero ya digo: para nada habla de secesionismo en el mitin que clausuraba una de las más insulsas campañas electorales que se recuerdan en el País Vasco. Y es que el resultado estaba cantado desde el principio.

España es un país demasiado angustiado como para que estallen entusiasmos en las campañas autonómicas. Entre los reveses de Merkel, las filtraciones desde el Gobierno a periódicos extranjeros hablando de un rescate «virtual», convocatorias de huelgas generales y la constatación de que nuestros bolsillos están cada vez más menguados, no hay tiempo para euforias políticas. Ni para festejar las buenas noticias.

El primer aniversario desde que ETA anunció el fin de sus actividades pasa prácticamente desapercibido en los mítines, en los que el socialista Patxi López se afanaba en evitar el cataclismo en las urnas y el «popular» Basagoiti se empeñaba en mostrarse como la única opción para evitar la victoria de los nacionalistas. Los de Bildu, claro está, se muestran menos interesados que ninguno en pronunciar siquiera las siglas de la banda terrorista. Y eso que aún quedan flecos por resolver, como la entrega de armas y la disolución formal de esta banda -que por el momento es que no- o el paradero de notorios fugados, como Josu Ternera y su hijo.

Pero lo cierto es que ha sido la primera campaña vasca sin ETA. Y eso es para celebrarlo, aunque estemos empobrecidos. Algo tendría que haber dicho al respecto Mariano Rajoy, enfrascado en sus viajes a Europa y en la previsible victoria de Núñez Feijoo en Galicia, que el presidente del Gobierno festejará, supongo, como la suya propia, aunque ni de lejos lo sea. Pero ya digo: el país está demasiado angustiado como para tener tiempo de alegrarse de que los facinerosos que secuestraban y mataban hayan pasado a la más negra de las historias.

Ahora lo que importa es saber si efectivamente Rajoy, perdón, Núñez Feijoo, logra esos centenares de votos que le darán mayoría absoluta. Y si Urkullu, que ya se ve en Ajuria Enea, pactará en la buena dirección -es decir, con cualquiera menos con los de la piel de cordero de Bildu- y se olvida de cualquier «acuerdo contra natura» con ese Artur Mas empeñado en conducir a los catalanes a un abismo de difícil retorno. Y en aumentar, en todos los demás españoles, esa sensación de nacional-pesimismo que nos hace calibrar como merecen las buenas noticias, que todavía hay algunas.

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