Fernando Jáuregui – Los maduros españoles.


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Lo que sigue no es noticia de primera página, pero merecería serlo casi cada día, por las consecuencias que van a tener para cada uno de nosotros los hechos que se comentan a continuación. España, según las últimas cifras oficiales, ya no es un país joven: la media de edad se sitúa en casi cuarenta y tres años, tres puntos más que hace una década. Estamos, pues, en plena madurez, pero la tendencia camina, a velocidades muy notables, hacia un sensible incremento prácticamente anual de esta media. A este paso, con la disminución de la natalidad y la salida al extranjero de inmigrantes y de decenas de miles de nuestros jóvenes mejor preparados, nos aproximamos, y no exagero demasiado, a una dorada tercera edad, con expectativas de vida cercanas a los ochenta y cinco años. ¿Cómo se mantendrá, así, el estado de bienestar, cuando el número de gente que no cotiza a la Seguridad Social también crece cada día? Hay algo de profundamente preocupante en este envejecimiento de nuestro país, que alcanza cotas alarmantes en determinadas zonas de nuestra geografía, como Castilla y León y Galicia.

Es decir: el desequilibrio territorial -n el que se incluye el despoblamiento- se acentúa, el número de cotizantes a la Seguridad Social decrece sensiblemente, el reparto de la riqueza nacional se hace más desigual, la inmigración «joven» va desapareciendo y hay autonomías, como Andalucía, que es la que tiene una media de edad más joven, en las que la mitad de los habitantes menores de treinta años se encuentra en paro. Este desempleo juvenil y la falta generalizada de expectativas ha hecho que decenas de miles de jóvenes -no tanto- españoles hayan «huido» al extranjero, no siempre para ampliar los conocimientos adquiridos en sus estudios, sino para ejercer otras actividades de rentabilidad inmediata, como servicios de hostelería, limpieza o disfrutar de becas sin relación directa con su formación profesional.

Sin pretensiones de sentar cátedra estadística y sociológica, las consecuencias de los datos algo inconexos que más arriba se ofrecen pueden ser, todas ellas interrelacionadas, devastadoras: la pérdida de calidad de vida para nuestros hijos y para nosotros mismos va a ser, si la tendencia no se frena, muy importante. El estado de bienestar de ue disfrutábamos, que ya comienza a sufrir grietas, nada tendrá que ver con el muy «recortado» que tendremos dentro de apenas una década.

Aunque no existan estadísticas aún lo suficientemente concluyentes, el declive de las clase medias, que son el principal sustento de un país, se acentúa. La principal industria del país sigue siendo el turismo, que produce básicamente empleos coyunturales y convierte a España en una nación de servicios, poco productiva en otros sectores susceptibles de emplear a jóvenes con preparación técnica.

¿Qué hacer? Desde luego, no va a basta con apresurar los planes para retrasar hasta los 67 años la edad de jubilación. Ni con reformar continuamente la legislación laboral. Empezamos a padecer los efectos de muy largas etapas de improvisación y de políticas cortoplacistas.

Ahora, esos efectos se aceleran, se hacen cada día más patentes. Una vez más, hay que insistir en que es preciso un gran acuerdo nacional para planificar el futuro, más que para gestionar el presente. Ese acuerdo se retrasa y, sin embargo, la realidad, tozuda, está ahí, aquí.

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