Fernando Jáuregui – El PSOE que a mí, al menos, me gustaría


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Llevo muchos años siguiendo, como el mirón que soy, los avatares del PSOE. Casi desde inmediatamente después de que, cuarenta años hará este octubre, Felipe González, Alfonso Guerra, Ramón Rubial, Enrique Múgica, Manuel Chaves y otros ya desaparecidos o en trance de desaparecer de la política activa «tomasen» en Suresnes el partido fundado por Pablo iglesias y cuya dirección, comandada por Rodolfo Llopis, se había instalado en el exilio en Toulouse tras la guerra civil. Nunca, desde que Felipe González arrasó en las elecciones de 1982, también en octubre -treinta y dos años ya-, había visto, como ahora, una oportunidad tan clara de regeneración de una formación política y, por añadidura, de dar ejemplo a otros partidos. ¿Entenderá Sánchez el mensaje que alguna vez no entendieron González, ni Rodríguez Zapatero y solo en parte Alfredo Pérez Rubalcaba?

He asistido al abandono del marxismo decretado por Felipe González a finales de los setenta y al revuelo consiguiente; he sido testigo del deterioro y del desgaste producidos por casi catorce años de poder semiabsoluto en el «felipato»; he visto el paso por la oposición, el viraje de González y su ruptura con Guerra, el ascenso de nuevas figuras, como Rodríguez Zapatero, que quedaron en pompa de jabón, y he admirado -admirado, sí- al último Rubalcaba, al que supo marcharse dignamente tras poner en pie unas primarias con las que inicialmente había trampeado, al Rubalcaba que defendió el pacto constitucional sobre la Corona y al que mantuvo discretamente una fase de acuerdos con Rajoy.
He visto, en suma, pasar a generaciones enteras de socialistas que en un momento dado mandaron mucho y que hoy ya están olvidados o jubilados. Muchas veces el cambio, como rezaba el eslogan de campaña en 1982, lo mismo, más o menos, que el lema actual («Cambiemos»), se confundió con el rejuvenecimiento. Y no lo digo por nadie, pero un secretario de Organización, por ejemplo, no es necesariamente mejor por tener apenas treinta y tres años en lugar de cincuenta y tres. Ni un secretario general es necesariamente superior a los cuarenta y tres años que a los sesenta y tres.
El PSOE que, al menos a mí, me gustaría es aquel en el que priman las ideas nuevas, la integración y el afán de servicio al ciudadano. Mezclados, claro está, con una buena dosis de sabiduría política y de sentido común. Dejar de apoyar a Juncker como presidente de la Comisión Europea, solamente porque era el candidato de la derecha y porque también lo era el de consenso con los socialdemócratas, me pareció poco útil. Decir que jamás se pactará con la derecha, temerario en los tiempos que corren. Aseverar que la regeneración pasa necesariamente por la «jubilación» de Rajoy, una gracieta en busca de un titular, que se tendrá que comer con patatas cuando, este lunes, se reúna en Moncloa con el presidente en busca de una acción común ante la Cataluña de Mas. Han sido tres primeros pasos, a mi entender, no correctos. Lo mismo que el rechazo por parte de Susana Díaz para ocupar la presidencia del PSOE. Aunque, bien mirado, ¿quién es capaz de predecir la hoja de ruta de la presidenta andaluza?

Sin embargo, sigo confiando en que Sánchez saque el PSOE del atolladero. El segundo partido en importancia del país necesita un liderazgo claro, equipos coherentes y un programa progresista pero no influido, Dios nos libre, por «Podemos»; hay muchas reformas imprescindibles para profundizar en la democracia, desde establecer obligatoriamente la limitación de mandatos hasta desbloquear las candidaturas electorales. Existe un montón de medidas a poner en marcha en lo que se refiere a reforma de las administraciones, participación en partidos y sindicatos… una nueva forma de gobernar, en suma. Es lo que espero del PSOE de Pedro Sánchez, un hombre a quien algunos quieren comparar con Zapatero y a quien yo, sin embargo, con el escaso conocimiento que tengo sobre él -hemos coincidido algunas veces en tertulias televisivas y en algún acto social- considero muy digno de respeto. Su acierto en la gestión será el acierto de todos, no solamente el de quienes votaron y votan al PSOE.

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