El papa Francisco llama a corruptos y criminales a la conversión


Fue en Nápoles, en el barrio de Scampia, un lugar controlado por la Camorra napolitana, donde las señas de identidad son el crimen y la omertá, es decir, el síndrome crónico del miedo a la palabra. Lo hizo a pecho descubierto, sin ningún tipo de protección. Parece que confía en la Providencia, no sé si demasiado. Tuvo palabras de aliento para los fieles que siguieron la eucaristía con fervor. ¡Dios está con Nápoles!, les dijo, y los animó a no dejarse robar la esperanza. El mensaje es extensible a todos. Es un consuelo en estos tiempos de desolación oír al Santo Padre incidir en lo más genuino del cristianismo, el amor al prójimo, esencia y piedra angular del cristianismo primitivo, al que debe tender la Iglesia del siglo XXI. Con Francisco es posible. Lo siento por aquellos que preferirían seguir viendo al papa con los zapatos rojos, e incluso con la triple corona, con la brújula apuntando a Trento.

En Nápoles, el papa ha conminado a los criminales y a todos sus cómplices a convertirse al amor y a la justicia”, y ha dicho alto y claro que “una sociedad corrupta apesta, y que aquel que permite la corrupción no es cristiano”. La corrupción es su principal leitmotiv, porque esta conduce al empobrecimiento de los estados, y por tanto, al desempleo, al resquebrajamiento de la educación, la sanidad y los servicios sociales. La corrupción económica con el marchamo “el dinero todo lo puede” –triste, pero así es, de facto— lleva a la corrupción moral de las instituciones, entre ellas la justicia. Ello lleva a su vez a la configuración de una sociedad de ricos que pueden comprar incluso la justicia a través de la red clientelar que proporciona el dinero, y de pobres cada vez con menos derechos. Esta circunstancia conduce a la pérdida de la dignidad y la esperanza. Por eso es de agradecer que Francisco nos consuele. Es el único líder en quien se puede confiar.

El papa comió con los presos en capilla de la cárcel y denunció las condiciones indignas en las que viven. También compartió con un colectivo de minusválidos en la basílica de Gesú Nuovo, y con los jóvenes, víctimas del paro juvenil, un mal de nuestros tiempos que pone de manifiesto el fallo grave del sistema.

Son muchos los que ven a Francisco como a un Cristo andante, defendiendo a los pobres, a los enfermos, a los inmigrantes, a los presos y a todos los que padecen hambre y sed de justicia. Un Cristo enfadado derribando las mesas a los vendedores del templo. Un Cristo llamando fariseos y sepulcros blanqueados a los que se consideran católicos guais porque asisten de manera anodina a los rituales que aprendieron en la infancia. Ellos crecieron y son adultos, pero su fe es infantil y ñoña, y no se dan cuenta de que las cuatro esquinitas de su cama se han quedado raquíticas. Tan raquíticas como su amor al prójimo, sustanciado en salarios indecentes, empleos basura y contratos por horas, utilizando las mil triquiñuelas que la ley del más fuerte pone a su servicio.

Quizá como recompensa a su valentía, San Jenaro quiso premiarle con el prodigio –que no milagro, según la Iglesia—de la liquefacción de su sangre, guardada en un relicario desde el siglo IV. Dicen que es buena señal, y no deja de ser una anécdota curiosa, aunque la mejor señal es que en estos tiempos de confusión exista un líder carismático, con credibilidad, y que hable con valentía y sin eufemismos. ¡Como Dios manda!

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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