Los dos Rajoy: el de las manifestaciones provida y el del orgullo gay


Que los políticos andan más al rebusco del voto que a hacer Estado, con leyes que conformen sociedades justas y equilibradas para el progreso y la evolución moral de los seres humanos, está más que claro. Estos días asistimos al ensayo general de la gran comedia de las elecciones catalanas y a la “preprecampaña” de las generales, que son las realmente importantes.
Como es habitual, los candidatos hacen promesas que luego no cumplirán. El PSOE da a entender que la luna de miel con Podemos toca a su fin, vista su radicalidad de hecho, que no encaja con el perfil socialista de su electorado clásico, algo más moderado, y la pérdida de puntos de los filobolivarianos en la intención de voto. Pero pactarán.

El estos momentos, el sujeto pasivo es Rajoy, el PP, la derecha. Nadie está dispuesto a pactar y así lo prometen. Ciudadanos quiere sacudirse el sambenito de marca blanca del PP y ha pregonado públicamente que no pactará con el partido conservador. El viejo pacto del Tynell parece tener su eco en otros acuerdos menores, no tan clamorosos, pero no por eso menos efectivos. A no ser que el Partido Popular se resetee y abandone algunos de los principios residuales que lo relacionan con el humanismo cristiano, cosa que ya está haciendo a las claras. He aquí la cuestión de fondo. Es cierto que Ciudadanos pretende acabar con la corrupción, pero no tuvo inconveniente en colocar a Susana Díez de presidenta de Andalucía, a pesar de estar en el meollo de la mayor corrupción de la historia de la democracia, con Chaves, Griñán, Zarrías, hermanos, hijos, nietos y demás familia. Por eso se utilizó el poder político para defenestrar a la jueza Alaya, ninfa de la Justicia con balanza y venda en los ojos. De seguir ella, los veríamos en el banquillo a todos. ¡Qué bien se entienden los políticos en las alturas a la hora de quitar y poner jueces o pactar sentencias, aunque sean adversarios!

Lo que molesta del PP a la hora de arrinconarlo, más que la corrupción, son sus ideas hasta ahora conservadoras. En un sistema cada vez más laicista –que no es lo mismo que laico— para jugar hay que aceptar ciertas reglas, que los crupieres se encargarán de que se cumplan. Pactar con la derecha es, de alguna manera, apoyar a la Iglesia y lo que ella ha representado a lo largo de los siglos, en cuanto a sus sombras se refiere. Por eso Mariano Rajoy anda de pelele yendo a bodas gays para demostrar que está a la altura y que le importa un pepino lo que digan los obispos. La asistencia a la boda de Maroto es un pulso a la Iglesia, que unos días antes se había pronunciado a través de un comunicado, con motivo de la entrevista de Carlos Herrera al “novio”. Es un pulso a los católicos, y es un pulso a los votantes que, más allá de cuestiones religiosas, consideran que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, y que lo demás son parejas de otro tipo. No sé bien si Rajoy padece esquizofrenia o personalidad múltiple; o quizá sea el precio de la “iniciación”, la demostración pública de su entrada en la secta laicista.

El presidente Rajoy podía no haber asistido, teniendo como disculpa la campaña de las elecciones catalanas, pero quiso estar allí para demostrar que el PP ya no es el partido del pasado, sino un grupo político moderno, adaptado a los tiempos y a las necesidades de la sociedad, donde cada uno se casa con quien quiere –incluso con su gato o la cabra si le apetece— donde se aborta a discreción, en definitiva, un partido que no le envidia en nada a la izquierda.

Algunos tildan a Rajoy de falta de coherencia y pretenden afearlo al recordarle al frente de las manifestaciones multitudinarias en defensa de la vida y la familia. ¡Qué antigüedad! El PP sabe que los asistentes con carteles y pancartas de “Sí a la vida” y “Sí a la familia” son sus votantes genuinos. Sin embargo, parece decantarse por el voto de los progres y de los gays, a los que en privado les siguen llamando “maricones” como siempre. Y me consta.

Lo cierto es que Rajoy está demostrando ser un auténtico trilero. ¿Pero dónde esconde la bolita? Lo hemos dicho en otras ocasiones. A Rajoy le está funcionando la estrategia del miedo. Los católicos y la gente de orden saben que el PP puede adoptar todos los dictámenes del laicismo, pero que nunca romperá los acuerdos con la Santa Sede, como prometen otros, ni quemará iglesias y conventos. Simplemente, de manera silenciosa y algún que otro golpe de efecto propiciará que la sociedad vaya abandonando paulatinamente los templos por voluntad propia. En lugar de quemarlos dejará que se derrumben o les crezca la hiedra, los venderá a los chinos o los transformará en espacios profanos para celebrar sus mítines a cubierto. ¡Una pena!

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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