
Una vez más recurro a mi caja de ideas para inspirarme en este artículo sobre el discurso del rey. La bajo del armario, la abro, rebusco un poco y ¡zas!, me encuentro con una ficha con la palabra ARQUETIPOS. “Es justo lo que busco”, me dije. Si voy a hablar del rey, una republicana solo puede hacerlo desde esta perspectiva. Siempre digo que solo creo en los reyes y en los príncipes y princesas de los cuentos de hadas, que ensalzan lo más noble y excelso de la condición humana. Me gusta aludir al arquetipo, al modelo ejemplar. Pero la realidad es muy distinta, y así lo vemos en la historia de las monarquías, que pone de relieve lo más rastrero, delictivo e inhumano. Reconozco que en España es mucho más cómodo ser monárquico. Yo no lo soy, porque al ser demócrata convencida –y defensora de la aristocracia de mente y de espíritu, la única verdadera—, creo en la igualdad de oportunidades, en el mérito y en la capacidad. La monarquía es una institución tan obsoleta como ridícula, que insulta con su sola existencia la inteligencia y la dignidad de los ciudadanos, máxime cuando hemos descubierto que ni tienen sangre azul ni descienden de los dioses. Es una de las excrecencias sociales, irracionales e injustas, tendentes a desaparecer. Eso sí, deseamos que sea ¡de manera pacífica, consensuada y razonada!
Nos gustaría que el Rey escribiera sus propios discursos. ¡Qué menos que oír el sentir de la máxima figura del Estado. Sin embargo, sus palabras salen de un gabinete del Gobierno. ¿Cómo se explica si no, el asombroso parecido entre las de Felipe VI y las de Rajoy, Soraya o el portavoz? Le faltó tiempo a Cospedal para hacer un remedo de sus puntos más significativos.
El contenido fue un conjunto de obviedades, aunque muy de sentido común, que todos podemos suscribir, aunque algunos diríamos algo más, mucho más. Este año la bandera y el escudo aparecían tímidamente al fondo, a su izquierda, y se hacían más visibles al panear la cámara de la derecha en los planos cortos. Ausencia total del Misterio o cualquier elemento que pudiera recordarnos el nacimiento del Niño Jesús. Al movimiento de manos no acaban de encontrarle el ritmo; se ve muy forzado –si no es natural, mejor dejarlas quietas, para no parecer una marioneta—. Insistió en la unidad nacional, en el pasado glorioso de España, no sin hacer continuos guiños a los nacionalismos con su idiosincrasia y lenguas, aunque remarcó que llevados al extremo conducen al empobrecimiento y a la decadencia.¡Cómo no vamos a querer cambiar la palabra pesimismo por esperanza! Obvio. Sin embargo, ni una palabra sobre la crisis de valores que se sustancia en la corrupción política de los últimos tiempos, que nos está llevando a componendas esperpénticas para la gobernabilidad; nada sobre la corrupción institucional, e hizo mutis sobre la independencia de la justicia, cuando falta cada vez menos para que su hermana y su cuñado se sienten en el banquillo de los acusados.
El discurso se enmarcó este año en un nuevo escenario; nada menos que el Palacio Real con sus alfombras, esculturas y tapices; el lugar donde se celebran las recepciones de Estado y otros actos solemnes. Este rango se le quiso dar al discurso del rey. A mal tiempo buena cara; y en la situación convulsa actual, donde todo parece tambalearse, hay que desempolvar palacios y coronas. Así, bajo los frescos de Tiépolo, desde el Salón del Trono, el símbolo de lo que fue la España imperial, cuando el sol no se ponía en sus dominios, Felipe VI se dirigió a los españoles. Está bien recordar lo que fuimos, sobre todo a los desconocedores de la historia y seguidores de la leyenda negra propagada por los envidiosos y competidores ingleses. Hacer alusión a la fortaleza de los españoles, también. Es cierto que tenemos muchos héroes y que nuestros ejércitos fueron un hito, pero el español de hoy no creo que esté dispuesto a morir por un rey, sabiendo todo lo que esconden las cloacas de los palacios. Sentar al rey en medio del gran salón para dirigirse a los españoles, mostrando su poderío, no sé si fue buena idea –y no es demagogia— en unos tiempos en que, a pesar del maquillaje de datos y las palabras trufadas de síndrome de Estocolmo de Bertín Osborne, muchas familias no pueden llegar a fin de mes ni encender la calefacción. Unos tiempos en los que el pueblo relaciona el lujo con el robo a mansalva de las arcas del Estado. Mi opinión en este sentido es parcial, porque no entiendo el papel de las monarquías. Yo creo que el poderío hay que demostrarlo gobernando con honradez y buena gestión. Lo demás no dejan de ser gestos emocionales, es decir, subliminales, para manipular nuestras conciencias. Yo sugeriría dejar la ostentación para momentos mejores, si es que vienen. Mientras tanto, las tiaras y las coronas deben seguir en el armario, y mucho mejor, en los museos.
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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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