Manuel del Rosal: «La carnaza veraniega y el eterno femenino»

Manuel del Rosal: "La carnaza veraniega y el eterno femenino"

“Las mujeres se vestían antes para que el hombre imaginara como estarían desnudas; hoy se visten para que el hombre imagine como estarían vestidas” Cantinflas. actor cómico mexicano

“Las mujeres de ensueño son una visión óptica” Peter Ustinov, actor y dramaturgo inglés

Pues no le digo nada ahora Sir Peter; la ilusión óptica ha sido elevada al cubo con el uso del Photoshop.

Eterno femenino es un arquetipo psicológico y un principio filosófico que idealiza un concepto inmutable de mujer. Fue en el siglo XIX donde alcanzó más notoriedad este concepto que hacía depositaria a la mujer de virtudes con una predominante esencia femenina: la modestia, la gracia, la pureza, la delicadez, el civismo, el retraimiento, la castidad, la afabilidad y la amabilidad. Ya en el último tramo del pasado siglo ese eterno femenino empezó a desmoronarse y es ahora, en este siglo XXI cuando, desatadas las mujeres, comprobamos que tales virtudes eran fruto del romanticismo y que lo que empezó a desmoronarse, ha caído estrepitosamente enterrándolo bajo toneladas de carne que ha venido a sustituirlo. Lo de inmutable era una ensoñación. Hoy el eterno femenino no existe, ha sido sustituido por lo físico. El continente – un continente muchas veces falseado por la cosmética – está por encima del contenido. La mujer ha dejado de ser mujer para pasar a ser hembra – una paradoja en estos tiempos de feminismo montaraz -. Y cómo tal se muestra en la vida cotidiana y en los programas untuosos, pringosos y malolientes de nuestra maravillosa televisión pública y privada. Puede que siempre haya sido así y nosotros sin darnos cuenta, atontados por las gilipolleces de nuestro romanticismo.

Pasa durante todo el año, pero en los meses de canícula llega a ser agobiante. Me refiero a la exposición de carne fresca femenina en nuestras calles en directo y, con titulares, en los medios de comunicación: fulanita incendia las redes mostrando su trasero, menganita enseña su cuerpo de infarto etc. Esta frase siempre me llama la atención, pues que yo sepa, nadie ha sufrido un infarto por mirar el cuerpo desnudo de una mujer. He de confesar que a mi me pone mucho más el vuelo de un vestido acompasado a los movimientos del cuerpo femenino sugiriendo, no mostrando; la insinuación de una transparencia, la mirada; que la catarata de muestreo de carnes vivas. La mujer actual parece que ha olvidado el encanto de la seducción: el misterio que encierra lo insinuado, la transparencia, la sugerencia, una mirada prometedora, la caída de unos bellos ojos, la gracia femenina y, a falta de seducción, echa mano de la carnaza; sin darse cuenta de que la exposición de tantas carnes abiertas en canal llega a producir hartazgo y hastío.

Las mujeres de hoy pueden mostrar cada centímetro cuadrado de sus carnes, algunas se desnudan íntegramente como algo absolutamente natural; eso sí, siempre por una buena causa; por ejemplo y como últimamente ha sucedido, por animar el confinamiento de los ciudadanos (puede que eso haya llevado a que aumente las peticiones de divorcio durante el encierro), pero puede ser por cualquier cosa, incluso la más peregrina para justificar sus desnudos. Dentro de esas causas, una se distingue de las demás: “Desnudarse por solidaridad”

Hay y, sobre todo, ha habido mujeres a las que no les hacía falta mostrar nada de su anatomía y, sin embargo, esas sí que levantaban pasiones. Un simple gesto, una mirada, la entonación de su voz tienen más carga sensual y sexual que la exposición carnal. No necesitaban mostrar sus marfileñas carnes para levantar en el hombre toda la pasión a través de un mundo lleno de promesas sugeridas. Hoy no, hoy, a falta de encanto femenino, de glamur, de estilo, de clase, de feminidad – que no feminismo – es la carne la que intenta despertar los atributos del hombre, cegando su imaginación tan importante en esto de la atracción entre hombres y mujeres; anulando el juego, el precioso juego de la seducción entre ambos.

Es una pena que la mujer haya matado el eterno femenino – si es que lo hubo alguna vez – levantando el velo de sus secretos carnales. Ese misterio del eterno femenino, ha desaparecido enterrado entre toneladas de carne abierta en canal. ¡¡Uf que calor!!

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