OPINIÓN

F. A. Juan Mata Hernández: «El futuro del campo colgado de una encina»

Encina

Entre los encinares del campo charro de Salamanca cuelga un hombre joven, apenas tendría cuarenta años. Pocos meses antes yo había coincido junto a él en la barra de un bar, le llamaremos Manuel y era uno de tantos emigrantes huido de la Sierra de Francia, en busca de nuevas metas laborales en el Norte industrial y minero. Me contó, entre sollozos y risas ebrias, que tenía intención de poner una explotación de setas porque había leído que ese negocio tenía futuro y aún conservaba el corral de su padre donde el champiñón, me decía, crece sin que lo siembres. Había estado en una fábrica de Gijón doce años, pero las crisis metalúrgica, naval y minera, una tras otra, dieron al traste con su quimera, la empresa quebró y él, tras unos meses en otra que también cerró, volvía al pueblo con la cabeza gacha y la cartera vacía. Era uno de esos chicos que adoptaban algunos agricultores sin hijos, con la intención de tener una mano de obra más, en épocas de cierta bonanza, pero la naturaleza trajo luego una fertilidad abundante y la cuestión se complicó. Ese día se le veía aseado y educado, de conversación grata y gesto amable. Nadie hubiera imaginado que unos meses después iba a tirar la toalla y poner fin a su existencia.

He querido iniciar el artículo de hoy, con la imagen que me dejó grabada este relato hace ya muchos años. Y es que la agricultura y otras labores que requieren poca habilidad tienden a tener mayores tasas de suicidio. Un trabajo tan estresante como el del campo, donde una borrasca puede echar por tierra la labor de todo un año, provoca a veces niveles de ansiedad de tal calibre que muchos no son capaces de superarlo. Lanzando una mirada hacia el entorno geográfico, se ve que a la sazón el problema no es exclusivo nuestro, pues el nefasto año 2020 dejó también una cifra record de agricultores suicidados en Francia. En realidad, señores, el agro es el gran olvidado del mundo, al tiempo que es también quien nos alimenta.

Si tomamos una instantánea del campo español, tanto en el ámbito social como económico, puede considerarse como muy problemático por múltiples razones. En primer lugar, porque ha habido, hay y seguirá habiendo un proceso migratorio considerable a zonas urbanas nacionales o al extranjero.

Igualmente, esta situación de despoblación creciente genera tal incertidumbre entre los pequeños municipios, que ya son diversas las propuestas de los gobiernos municipales para atraer capital humano, iniciativas empresariales e inversiones. Pero carecen de estructuras y apoyo económico suficiente para abordar el problema y no hay nada peor que permitir que alguien se ilusiones con un proyecto, como el de Manuel y sus champiñones, para luego desentenderse de él, dejar morir a la empresa y, nunca mejor dicho, también al empresario.

¿Pero qué es lo que falta?

Señores, salvo buena gente y voluntad de trabajo de los que están allí, nuestro campo está falto de todo y en tal marco han de situarse las medidas para cambiar su rumbo.

A medio camino, tras larga andadura, pues se inició con los primeros gobiernos de Franco, la Concentración Parcelaria pretende abordar y dar solución al pequeñísimo tamaño de las parcelas en España. Hoy, casi 80 años después, sigue siendo una asignatura pendiente, pues la condición primordial para un desarrollo adecuado del sector agrícola era y es, la de diseñar y facilitar explotaciones con dimensiones viables.

Claro que de poco nos sirve que las fincas sean más grandes, si luego no hay quien las trabaje. La fuerza laboral del campo ha perdido a los miembros más emprendedores de las nuevas generaciones, al tiempo que son las personas de mayor edad quienes se quedan. Sin duda es necesaria una repoblación y ese fenómeno inmigratorio que tanto nos enfrenta, unos porque lo lamentan y otros que lo temen, bien puede ser reconducido desde sus países de origen, para canalizarlo allá donde sea bien venido. A ese respecto quiero referirme a una iniciativa singular de algunos municipios de las Sierras de Salamanca. El proyecto está gestionado por la Asociación para el Desarrollo Rural Integral de las Sierras de Salamanca y, básicamente, pretende apoyar y acompañar a personas y familias interesadas en situar su plan de vida en los pueblos serranos. La Asociación pretende facilitar el traslado, asesoramiento y ayuda para la puesta en marcha de emprendimientos y/o, traslados de personas y negocios, conectando a sus promotores con el territorio y la población del entorno. http://revitalizarsierrasdesalamanca.com/

Es esa, sin duda una iniciativa encomiable, pero precisa crear ilusión. Y para ello es necesaria una repoblación planificada que lleve aparejado el “desarrollo” de nuestras comarcas rurales tanto en lo social como culturalmente. No suelo yo hablar favorablemente de los gobiernos republicanos, pero al César lo que es del César, pues uno de sus escasos aciertos fue propiciar iniciativas como la de García Lorca con “la Barraca”, que completó la de Alejandro Casona y su “Teatro del pueblo”. Este último, uno de los proyectos de las Misiones Pedagógicas de Bartolomé Cossío, al amparo de la Institución Libre de Enseñanza. Ambas tenían como objetivo llevar el teatro clásico a aquellas zonas de España carentes de medios para disfrutarlo. Y es que el ocio y la cultura forman parte esencial del proyecto humano que no sería completo si faltase cualquiera de ellos.

Muchos otros servicios, hoy considerados esenciales, no están fácilmente al alcance de las zonas rurales y es preciso acercarlos para revalorizarlas.

En resumen, creo que tras esta pandemia del COVID-19, cuando el teletrabajo pase a ser lo habitual, el campo puede ser una solución hermosa y, para ello, es necesario abordar sin complejos el embellecimiento y aprecio de la vida rural.

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