OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «¡El precio de nuestra Democracia!»

Democracia

La democracia—según Aristóteles—ha surgido de la idea de que sí los hombres son iguales en cualquier aspecto, lo son en todo”. Sin embargo su idea política no es la democracia sino el gobierno de los mejores (aristocracia), el de aquellos en que la virtud ciudadana y la virtud moral se conjugan en el más alto grado. La soberanía debe pertenecer a las leyes fundadas en la razón y en la moral. ¡Qué lejos quedan nuestros gobernantes, sus leyes y su forma de gobernar de la razón, la ética y de la moral aristotélica!

Nuestro “querido”—bueno, lo de querido es un decir a modo de cortesía literaria—Gobierno Sanchista, en un incontrolable afán de hacernos creer que no nos miente y de que es legal en todo lo que dice y hace, se desgañita vociferando que es un gobierno ético, “democrático”, libre, progresista, justo, ecológico y feminista—puesto a decir mentiras, dos tonterías pijomodernas más, ecológico y feminista, qué más da—y que lo único que persigue con su política es el bien común de España. Pero la realidad–que no miente ni oculta el devenir diario de los acontecimientos—nos dice otra cosa muy distinta. Quieran o no, este Gobierno– cortado a golpes de “hoz” y ajustado a “martillazos”– es un gobierno inepto, aranero, amoral, totalitario, antidemocrático y anticonstitucional.

Por mucho que se empeñen—en vestirlo, adornarlo y rellenarlo con palabras huecas de progresismo, libertad, justicia y constitucionalidad— es lo que es y no cambiará hasta que desaparezca y, a ser posible, lo antes posible. Espero que el resultado electoral de Madrid, con Ayuso a la cabeza como nueva presidenta, sea un auténtico y real anticipo de la caída del social comunismo y del marxismo totalitarista del que tanto hacen gala y España vuelva a ser “la nación poderosa que jamás dejó de vencer” a la mentira, a la pobreza, a la desigualdad, a la injusticia, a la ineptitud, a la incultura y a la amoralidad, cualidades muy sobresalientes y señaladas en este gobierno. ¡Ojala Madrid sea ese kilómetro cero, el punto de partida y la tumba del “Sanchismo” que tanto mal le está haciendo a España!

En uno de mis artículos referí que si en la vida cotidiana “todo tiene un precio”, mucho más y más alto es este, en el “negocio” político—que no en el “arte” de la política, como dirían Sócrates, Platón, Aristóteles y la mayoría de sus muchachos, los post-socráticos. Efectivamente la democracia tiene un alto precio y, si nos referimos a la nuestra—desde el gobierno de “Bambi” y el gran dictador “cum fraude”, Sánchez el “megalómano”—el precio se dispara y supera la más alta inflación con creces

¿Para qué esa quimera legal a la que denominan Estado democrático? ¿Para qué tantas leyes irracionales y opresivas? ¿Por qué tenemos casi tres millones y medios de funcionarios? ¿Para qué necesitamos 781 asesores-eventuales con mega sueldos que pagamos todos? ¿Para qué queremos 23 ministros? Los por qué y para qué—tratándose del precio que nos cuesta esta pseudo democracia sanchista—serían interminables. El actual Estado Español es una estructura bien consolidada de saqueo y expolio a las clases medias, con un sistema impositivo cuyo único objetivo es robar todo lo posible a la parte productiva de la sociedad: la sufrida clase media. A través del ministerio de Hacienda–el de la “farruquita de Triana”, la ministra Montero– el férreo sistema impositivo nos explota, nos saquea y nos roba con un impresionante despliegue técnico, humano y propagandístico.

El dinero recaudado–con nuestros impuestos– va a parar a los bolsillos de una clase dirigente y a una red clientelar de electores que le da soporte. Esas clases privilegiadas–partidos políticos, sindicatos, altos funcionarios y algunas grandes empresas– tienen por objeto maximizar el expolio, mientras que se desprecia y se subestima el propio sistema productivo. Se desprecia al empresario de éxito, se entorpece la innovación y se impone un esquema de valores en el que el enriquecimiento honrado es moralmente criticable.

El desarrollo del régimen “democrático” (¿?) actual nace en los 80 con el PSOE de González y Guerra. Sus primeras acciones se orientaron a invadir el sistema educativo, inflar la administración y dar a los políticos el control absoluto de las Cajas de Ahorro. Mientras, se desindustrializa el país y se diseña un sistema para que los políticos continúen cobrando de los consejos de administración de las grandes empresas que en muchos casos sirven de enlace con la clase política. De 800.000 funcionarios hemos pasado en la actualidad a casi tres millones y medio, de los que Sanidad y Educación representan un millón doscientos mil, con una clara inflación de centros universitarios, mala calidad educativa y un gasto sanitario por habitante más bien bajo en comparación con la media de los países de la UE. A todo esto hay que añadir un “cuarto poder”: los medios de comunicación. Estos–en la práctica– no son más que un formidable aparato propagandístico de una clase en la que el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad han desaparecido por completo, mientras “chupa” su ración de los presupuestos públicos.

Como el dinero público que aporta la economía del país se queda corto y no da para más, se ha ido generando un enorme endeudamiento público que pone al país a merced de sus acreedores y absorbe el ahorro privado. El español medio—un auténtico ignorante político en estos “galimatías”—permite que se utilice su dinero en pagar toda una maraña corrupta que en buena medida está orientada a engañarlo una y otra vez. Quieren hacernos creer que corrupción es meter la mano en la caja—que aunque sí lo es, no es así del todo—ya que fundaciones, organismos inútiles, cargos absurdos y redes clientelares representan muchísimo más dinero y tienen un objetivo igual de abyecto, o más, que la malversación.

El elemento más obsceno de la corrupción del sistema es el manejo de los medios de comunicación públicos y el permanente soborno a los medios privados junto con la galopante degeneración y el uso propagandístico del sistema educativo. Su prioridad es la manipulación de los medios de comunicación y de las mentes, vía sistema educativo. En las autonomías más identitarias—Cataluña, País Vasco y Comunidad Valenciana– esto es mucho más evidente: el lavado de cerebro y el adoctrinamiento ideológico, a costa de lo que sea—incluso por medio de la violencia– es la tónica general y casi obligatoria.

Los costes de todo este montaje son enormes: un sistema productivo menguante y una productividad estancada desde hace 15 años. Con estos “mimbres”, España va alejándose poco a poco de los niveles de renta de los cinco grandes de la Unión Europea. De esos mimbres, los “cestos”– de la corrupción, de la mala gestión, de la carestía de la vivienda, de la subida de la electricidad, de la falta de oportunidades, del exceso de leyes, de la farragosa burocracia, de la escasa innovación y de los salarios bajos, etc.,– se ven a simple vista y a larga distancia, si uno sabe mirar—que no ver– a través del “color del cristal con que se mira”(“Las Doloras”, 1846. Ramón de Campoamor).

La corte de asesores de Sánchez, el “soberbio”, ha obligado a ampliar un 20% el gasto para los 781 asesores-eventuales. Hacienda sea visto obligada a inyectar 7,7 millones extra en la partida de los gastos de personal para atender la estructura de Moncloa. Sánchez tira de sus fieles lacayos para presidir las empresas públicas con megasalarios. Los “cargos de confianza” arrastran históricamente el axiomático estigma de ser nombrados por la vía de la libre designación—«a dedo», como se suele decir, por los cargos políticos– y la sospecha de estar ahí, más por razones de sintonía ideológica que por competencia profesional. El caso es que la oleada de nombramientos “a dedo”, tras la moción de censura, ha alcanzado una cifra de cargos de confianza sin parangón, muy por encima de los máximos alcanzados en los años de vino y rosas de la nefasta era de ZP. Las empresas públicas tampoco han escapado de las garras del Sanchismo, como así lo demuestra el nombramiento de destacadas personalidades vinculadas al Partido Socialista al frente de algunas de ellas: el ex portavoz socialista en el Parlament catalán, Maurici Lucena, en Aena, el ex ministro Jordi Sevilla, en Red Eléctrica; y el ex secretario de Organización del PSOE, Óscar López, en Paradores Nacionales, entre otros.

Dejando a un lado la corrupción–que nos subiría el coste de la factura unos 8.000 millones de euros–y centrándonos en lo que nos cuesta a los españoles mantener a los políticos, el desglose anual quedaría así: unos 1.000 millones de euros en salarios y pensiones, entre 150 y 300 millones en asesores (esta cantidad es imposible de calcular), más de 100 millones en subvenciones a partidos (varía según el año), algún que otro millón en coches oficiales y vacaciones presidenciales… y la lista sigue, pero no llega ni a la mitad de lo que nos cuesta la corrupción. La corrupción española es una marca “made in Spain” con bastante solera, con una antigüedad de al menos cuatro siglos, si nos remitimos al Conde-duque de Olivares. Seguramente la corrupción es algo que viene de mucho más atrás, pero el arte de mezclar ladrillo, especulación e instituciones para forrarse a costa de las arcas públicas, es una práctica iniciada por el valido de Felipe IV en el siglo XVII.

Pero, ¿qué hemos heredado los españoles del siglo XXI de esta casi tradición histórica que es meter la mano en la caja? Al parecer bastante, por mucha democracia que tengamos y muy europeos que seamos. De hecho, España lidera el ránking de los países más corruptos de la eurozona, además de ser el más plural y variopinto en cuestiones de corrupción. Y es que da igual quién gobierne y dónde, desde 1977 aquí trinca todo el mundo y en todas partes sin importar el partido. Hasta el momento, y que se sepa, las tramas de corrupción nos han privado de cerca de 8.000 millones de euros; una cantidad que, curiosamente, nos demandan ahora desde Europa en forma de tijera.
Pedro Manuel Hernández López es Médico jubilado y Periodista.

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