UN ABORTO ES LA EJECUCIÓN DE UNA PENA DE MUERTE, SIN JUICIO Y CON TORTURA

Vulnerar el derecho a la vida de los no nacidos es remedar el salvajismo de antiguas sociedades de barbarie

Vulnerar el derecho a la vida de los no nacidos es remedar el salvajismo de antiguas sociedades de barbarie

Acabo de ver la fotografía de los miembros del Consejo de Estado favorables al blindaje del aborto en la Constitución. No sé si quiero rezar por ellos o maldecirlos. Viendo sus nombres y conociendo sus antecedentes, como Carmen Calvo, autora de frases como “el dinero público no es de nadie” y “a la mujer hay que creerla siempre”, o su compañera de partido María Luisa Carcedo, que pidió cerrar una guardería cerca de su casa en Gijón porque le molestaban los cánticos de los niños, se entiende que el Consejo de Estado haya dictaminado a favor de blindar el aborto en la Constitución. Les parece que la cifra récord de 106.000 abortos en 2024 aún no es suficiente.

Las sociedades primitivas asesinaban a los bebés dentro de sus madres o cuando nacían, si a la tribu no le convenía un habitante más, sobre todo, si su complexión era débil, y muy especialmente si era niña. En el Derecho Romano, la vida del recién nacido estaba en manos del  paterfamilias, que decidía si se criaba o se le abandonaba y dejaba morir. Esto fue así hasta la llegada del catolicismo y con él la instauración del derecho a la vida.

Contemplar la imagen de estos profesionales del Derecho, que deberían ser un ejemplo social y defender la vida de los seres más vulnerables, solo puede provocar tristeza y ganas de llorar, a la vez que ridículo ajeno. Ataviados con sus distintivos y collares no pude evitar pensar en una tenida masónica. La estética de los personajes, aun sin el mandil y prescindiendo de análisis simbólicos concretos, refleja cascarones huecos, más que seres dotados de un alma inmortal. O quizá tengan alma y esta sea tan negra como sus obsoletas y anacrónicas vestimentas; o como dicen los cursis de las crónicas de moda, sus outfits. ¡Cómo podemos fiarnos de gente así! ¡Cómo blindar un derecho a eliminar seres humanos en los primeros estadios de vida! ¿Cómo se conjuga esto con el artículo 15 de la Constitución, que los padres de la patria redactaron y la sociedad votó?

“El Artículo 15 de la Constitución española garantiza el derecho fundamental a la vida y a la integridad física y moral. Prohíbe expresamente la tortura, así como las penas o tratos inhumanos o degradantes. Además, este artículo establece la abolición definitiva de la pena de muerte, con la única excepción de lo que dispongan las leyes penales militares en tiempo de guerra”.

En realidad, este artículo nunca se cumplió, dado que la letra es contraria a la práctica. Y habría que decir que la propia ley contradice este derecho fundamental que han estado vulnerando desde 1982, aplicando la pena de muerte a los bebés en gestación e infligiéndoles tortura, que el artículo prohíbe expresamente. Especialistas en dolor hace tiempo que reclaman el suministro de analgésicos a los bebés en gestación que van a ser abortados.  En mi libro Déjame nacer. El aborto no es un derecho, profundizo en este particular:

“Antes de finalizar el segundo mes de embarazo, el bebé responde a los estímulos. Las ondas del electroencefalógrafo (EEG) revelan que el niño tiene actividad cerebral. Entre la octava y la décima semana ya se detecta la actividad del tálamo, donde reside el centro del dolor. Antes de la novena semana de gestación ya están activos los receptores sensoriales nerviosos. Hacia el día 77 de vida en el vientre materno, el bebé ya es capaz de tragar a una velocidad que depende del grado de dulzor del líquido que está ingiriendo”.

¿Reformarán el artículo 15 para poder actuar libremente? No, porque para ello, y hacer constar que “no todos tienen derecho a la vida” deberían disolver las Cortes y convocar elecciones, por tratarse de un derecho fundamental. Por eso blindarán el bastardo derecho con un añadido al artículo 43.

“El artículo 43 de la Constitución Española reconoce el derecho a la protección de la salud, encomendando a los poderes públicos organizar la salud pública mediante medidas preventivas, prestaciones y servicios. Establece también el deber de fomentar la educación sanitaria, la educación física, el deporte y el ocio adecuado”.

La modificación de este artículo con una disposición  añadida, garantizando el derecho de la mujer al aborto (por principio, evito el eufemismo interrupción voluntaria del embarazo), es un “remiendo” engañoso, pues se hará por el procedimiento de reforma ordinario, regulado por el artículo 167, que deberá ser aprobado por una mayoría de tres quintos en cada una de las cámaras. Decimos engañoso, porque irá enmarcado en el derecho a la protección de la salud y a las prestaciones y servicios. Y aborto provocado y salud es un oxímoron. Ya la ONU –la organización más corrupta del mundo en esencia, y que cuenta con el mayor número de corruptos por metro cuadrado– nos ha ido acostumbrando para introducir la destructiva y contranatura política de género con todos sus flecos antivida en el apartado de salud y prestación de servicios sanitarios. ¿Se dan cuenta de la aberración y del cambio de paradigma? Haber llegado a considerar un acto médico la eliminación de una vida a propósito es producto de la degeneración moral de las sociedades del bienestar.

Y, además de la ONU, a través de las Conferencias para la mujer, la International Planned Parenthood Federation (IPPF), ambas financiadas por Bill Gates y George Soros, influyen en todos nuestros políticos, que es a quienes debemos pedir cuentas.

Pero ¿cómo hemos llegado a este punto de deshumanización? Pues, poco a poco, y siempre a través de la propaganda y el engaño. Es cierto que un hecho tan abominable ha requerido una acción previa: la de no reconocer el estatus de humano hasta determinadas horas después del nacimiento. Eso se lo debemos a personas de cosmovisiones materialistas, incluso premios Nobel, como James Watson y Francis Crick, descubridores de la estructura de la doble hélice del ADN, pero sin el menor ápice de espiritualidad y sentido de trascendencia. Pero antes, el ateísmo había decretado como suyo el famoso concepto de “Dios ha muerto”. Y si Dios había muerto, ciertos seres humanos ensoberbecidos se han arrogado el derecho a decidir sobre quién debe vivir o morir.

Y una vez desaparecidos los códigos morales, cualquier injusticia o aberración es posible. La izquierda siente fascinación por la sangre y la muerte, y una parte de la derecha desconocedora del concepto de “ética atemporal”, y empeñada en estar a la altura de los tiempos, no le hace ascos. Una prueba fehaciente es la condescendencia con las leyes del aborto y la eutanasia, anteponiendo su propio interés a un derecho natural que jamás debería ser vulnerado.

Cada vez que una mujer entra en una de esas salas siniestras a que le arranquen al hijo que lleva en sus entrañas es un triunfo visible del Mal. Y no se conforman con legalizar el aborto a petición mediante ley; hacer propaganda ocultando los efectos adversos de por vida, persiguiendo y penalizando a quienes ofrecen apoyo alternativo a las mujeres, sino que ahora lo blindan en la Carta Magna, al estilo de los regímenes comunistas.

El aborto legalizado es la herencia del siglo XX de los regímenes ateos, una extrapolación de la ideología nazi y siempre ha formado parte de la agenda de las feministas herederas de los ideólogos eugenésicos de tiempos pasados. Pero a partir de las leyes de género, esta reivindicación se ha radicalizado hasta llegar a estos extremos, vendidos como grandes avances sociales. Las palabras de Pedro Sánchez causan escalofríos: “Muchos hombres en este país nos sentimos orgullosos y estamos caminando de vuestro lado por la transformación y el avance de nuestro país”. ¿Realmente se sienten orgullosos los hombres de esto? He tenido muchas conversaciones con hombres sobre este tema, y no soportan hablar de ello; incluso los llamados progresistas sienten una especie de “grima”. ¡Y no es para menos! Siempre he pensado que si fuesen los hombres quienes tuviesen que abrirse de piernas en una camilla para que un extraño les metiese “por ahí” un bisturí y una cureta para destrozar al ser que llevan dentro, no lo consentirían. Eso sin contar con las secuelas.

A la mujer la han engañado vilmente. Conceptos como libertad, igualdad, derecho al propio cuerpo o derecho a decidir han sido, y son, tratados con frivolidad, con el fin de presentarlos en forma de liberación de una maternidad no deseada. En realidad, esta estrategia ideológica esconde dos gravísimas intenciones: la primera, un férreo control de la población, cosa que han conseguido, sobre todo, en los países occidentales, cuya natalidad está muy por debajo del nivel de reemplazo.

Ahora, los políticos se están dando cuenta de que no nacen niños; y los que nacen se llaman Mohamed, Omar, Aisha o Salma. La segunda intención es mucho más profunda y sutil, pero no menos certera: se trata de invertir el Bien y el Mal a través de la normalización de lo que no puede ni debe ser normalizado. La consecuencia es un encanallamiento paulatino de la mujer, a través de la habituación. Y llegados a este punto, es difícil el retorno, sobre todo, teniendo leyes que apoyan estas prácticas. Una sociedad que normaliza eliminar a un bebé en gestación ha perdido el norte; y una mujer que elimina a su hijo es capaz de cualquier cosa.

Las últimas décadas han supuesto avances importantes en casi todos los campos. Sin embargo, moralmente hemos retrocedido a etapas de barbarie ya lejanas. En cuanto al tema que nos ocupa, veamos cómo se están cumpliendo las elucubraciones del “loco” de Nietzsche sobre las consecuencias de la muerte de Dios. Estas tres fechas importantes se han convertido en hitos y son un ejemplo de lo que hablamos:

En 1859 la Asociación Médica Americana declaró: “El aborto es una destrucción innecesaria de la vida humana”. En 1871 la misma asociación calificó a los médicos que realizaban abortos, de “traidores a su profesión, traidores a sus principios, traidores a su honor, traidores a la humanidad y traidores a Dios”. En 1989 la misma entidad definió el aborto como “derecho fundamental”.

Y la dinámica se extendió por el resto de países que otrora habían defendido la vida, hasta llegar a blindar el falso derecho en la Constitución. Por fortuna, aunque minoritarios, existen personas y grupos provida que guardan cuidadosamente la esencia del derecho a la vida, como el más importante de los derechos, sin el cual no cabe ningún otro. Termino el artículo con esta frase del socialista Eligio Hernández: “No hay valor más progresista que la protección de la vida”; y esta otra del Partido Comunista portugués: “El derecho a matar o suicidarse no es señal de progreso, sino un paso hacia la regresión civilizatoria”. Quizá muchos piensen así, pero no se atreven a expresarlo y se dejan llevar por el pensamiento único dominante. ¡Atrévete a defender el don sagrado de la vida!

*Psicóloga, periodista y escritora

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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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