Antonio Casado

La necesidad de que la Iglesia afronte el voto de castidad es tan innegable como el lobby gay del Vaticano

La necesidad de que la Iglesia afronte el voto de castidad es tan innegable como el lobby gay del Vaticano
Antonio Casado.

La columna de Antonio Casado este 7 de octubre de 2015 se titula » Gays en el Vaticano» y va de lo que va:

Desde que en la primavera pasada el Vaticano vetase a Laurent Stefanini como embajador de Francia ante la Santa Sede, por su condición homosexual, en los ambientes gays se empezó a poner en duda la pregonada tolerancia del Papa Francisco.

«¿Quién soy yo para juzgarlos», fue su famosa frase acerca de la dimensión moral de las personas que quienes se sienten atraídas por personas del mismo sexo.

«Los homosexuales tienen dotes y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana», dice el vigente documento Relatio post disceptationem, elaborado por un Sínodo de Obispos celebrado en Roma ahora hace un año.

Es doctrina oficial del Vaticano, pero no se compadece con la que sostienen los sectores más reaccionarios de la Iglesia. Sin ir más lejos, nada que ver, por ejemplo, con las enseñanzas del obispo de Alcalá, Reig Plá sobre «esas personas que desde la niñez sienten atracción hacia personas del mismo sexo y para comprobarlo se corrompen y se prostituyen o van a clubs nocturnos de hombres».

Supongo que el obispo de Alcalá es uno más entre quienes se muestran recelosos con el mencionado documento vaticano, que anticipa una apertura sin precedentes de la Iglesia hacia gays y lesbianas, divorciados, matrimonios civiles y parejas de hecho, e incluye una seria autocrítica por el mal trato recibido por estos colectivos en el seno de la Iglesia.

Algunos hechos posteriores ponen en cuestión el voluntarismo de dicha doctrina oficial. Y el caso del sacerdote homosexual que hace unos días desafió al Vaticano haciendo público su noviazgo con otro hombre ha resucitado la polémica. Sin embargo, me parece menor discutir si el entorno del Papa es más o menos homófono o más o menos condescendiente con los gays.

Porque lo que realmente se ventila tras el escándalo de un cura que decide salir del armario en vísperas del Sínodo de la Familia es un debate recurrente en la larga historia de la Iglesia Católica.

Me refiero al doble compromiso de castidad y celibato contraído por los hombres y mujeres que un día decidieron dedicar su vida al servicio de Dios y convertirse en ministros de la Iglesia. Eso concierne a Krystof Charamsa, el cura vaticano, de origen polaco, que perdió sus cargos en la Santa Sede tras declararse orgulloso de su identidad sexual y presentar en público a su novio. También hubiera afectado a cualquier otro cura que se hubiera atrevido a revelar su emparejamiento con una mujer.

Así que el escándalo se abre al debate en dos cuestiones capitales. Por un lado, la eventual revisión de esas dos instituciones vinculadas al sacerdocio, voto de castidad y celibato. Y por otro, la necesidad de que la Iglesia afronte que la ruptura del voto de castidad es un dato tan verificable como la existencia de un lobby gay en el Vaticano, tal y como reconoció el Papa Francisco en junio de 2013 (Encuentro con la directiva de la Confederación Latinoamericana de Religiosos y Religiosas).

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