No voy a hablar de esa generación joven, hijos de la droga, que sobreviven como pueden. Y no voy a hacerlo porque -si bien despiertan mi compasión- no provocan en absoluto mi curiosidad, porque en sus historias no hay misterio, entre otras cosas porque no tuvieron tiempo de escribirlas. Vidas truncadas en plena juventud, cuya mayoría no llegará a conocer la vejez.
No hay misterio en las víctimas de la droga; solo dolor y miseria, fruto de una niñez marginal, o de la gilipollez esnobista de niños y niñas ´bien´. No hay misterio, tan solo la triste y repetitiva crónica de una autodestrucción anunciada.
Otra historia muy diferente es la de los vagabundos…; los solitarios sin techo. Esos ante los que siempre he sentido compasión, curiosidad sana, y -por qué no decirlo- una fraternal empatía.
Cada uno de ellos soporta sobre sus espaldas el peso de una historia, a cuál de todas más rocambolesca, en un sórdido mundo de hombres, donde las mujeres generalmente brillaron por su ausencia; tal vez porque este tipo de existencia no admite más maquillaje que la costra de la miseria.
Una triste historia con perspectiva de género…; masculino para más señas. Un caso por el que ningún ´ministerio´ reclama cuotas de género, e igualdad. Igual es que la ministra necesita aumentar su manada de asesoras. ´¡Jo, tía!´.

