Fco. A. Juan Mata: «Gora España ta Euskal Herria: Mitos, lenguas y otras intoxicaciones patrióticas»

Fco. A. Juan Mata: "Gora España ta Euskal Herria: Mitos, lenguas y otras intoxicaciones patrióticas"

“Gora España ta Euskal Herria”, dice literalmente uno de los versos en euskera del Oriamendi, himno carlista que aún resuena entre piedras viejas, guerras perdidas y banderas deshilachadas. Lo decían algunos antes de que todo se volviera estrecho, previsible y de bandos fijos. Antes de que las palabras dejaran de significar cosas complejas y empezaran a servir solo para etiquetar enemigos. Quizás hoy, esa frase suene a oxímoron, a herejía política, a provocación. Pero conviene repetirla. Por salud. Por memoria. Por respeto a la verdad, que siempre es más incómoda que el mito.

Vivimos tiempos en los que conviene recordar que, más que una lengua, el euskera se ha convertido en un tótem. Un escudo. Una piedra sagrada con la que algunos, en nombre de la autenticidad, se golpean el pecho mientras empujan a los demás al barranco del dogma. Porque si algo sobra en el relato vasco, son los mitos. Y como todo mito, al final termina sirviendo más para distorsionar que para explicar.

Uno de los más repetidos, y de los más rentables políticamente, es que el euskera es el idioma más antiguo de Europa, una lengua primigenia, pura, incorrupta, casi divina. La realidad, sin embargo, es menos épica. El euskera actual —el batúa— es un producto reciente, una lengua estandarizada en los años 60 a martillazos filológicos, que poco tiene que ver con los dialectos naturales que se hablaban en los pueblos de Navarra, Vizcaya o Guipúzcoa. Dialectos, por cierto, tan distintos entre sí que a veces eran ininteligibles entre vecinos de apenas dos comarcas.

Eso no lo digo yo, lo dice la historia. Como el castellano o el francés, el euskera ha pasado por su correspondiente fábrica de palabras. Neologismos, supresiones, giros artificiales, incluso purificaciones lingüísticas al gusto de los nuevos sacerdotes del nacionalismo. ¿Que hay demasiados castellanismos? Se eliminan. ¿Que no suena suficientemente vasco? Se cambia. ¿Que hay una palabra que se parece demasiado al español? Fuera. El resultado es un idioma que se asemeja a lo que fue el euskera como el esperanto al latín vulgar. Con cariño, pero con claridad.

Y aún hay más. El euskera, ese supuesto baluarte de la resistencia cultural, tiene incrustadas —y bien encajadas— una cantidad enorme de raíces latinas. Palabras como agur (de augurium), galtzada (de calciata), piper (de piper), o leku (de locum) son puro latín con txapela. Se calcula que entre un 30% y un 40% del léxico actual del euskera proviene de lenguas romances. Es decir: si uno habla en euskera, probablemente está diciendo más en latín que Julio César con resaca.

Pero claro, ¿quién se atreve a cuestionar estos relatos cuando ya están tatuados a fuego en el imaginario colectivo? El euskera no es ya una lengua: es una trinchera. Y en esa trinchera, el que duda es un traidor.

Otro mito, igual de rentable, es el del franquismo como verdugo único de la lengua vasca. Se repite hasta el aburrimiento: que Franco casi exterminó a los vascoparlantes, que antes de la guerra el euskera era la lengua común, que la dictadura fue una apisonadora lingüística. Y sí, es cierto que el régimen no simpatizaba precisamente con la diversidad lingüística, y que hubo sanciones absurdas y represiones lingüísticas miserables. Pero atribuirle a Franco toda la decadencia del euskera es, como mínimo, intelectualmente deshonesto.

Ya en 1935, antes de que sonara el primer tiro de la Guerra Civil, sólo el 17% de los navarros hablaban euskera. En 1868, de los 900.000 habitantes del actual País Vasco y Navarra, tan solo más o menos la mitad —unos 470.000— se comunicaban en esa lengua. ¿Y por qué? Pues por lo mismo que desaparecieron tantas otras lenguas regionales en Europa: por la industrialización, por la creación de mercados nacionales, por la inmigración masiva, por la necesidad de una lengua común en las fábricas, en las ciudades, en las escuelas. No fue la represión, fue la evolución.

¿Influyó Franco? Claro. Pero como remate, no como causa principal. Igual que influyó en el deterioro del gallego o del catalán. Pero no lo olvidemos: si el euskera se debilitó, fue porque el mundo cambió, no porque un general, por cierto, gallego, en el Pardo lo decidiera desde su escritorio.

Lo paradójico es que hoy, después de tanto purismo, el euskera que se enseña en las ikastolas poco tiene que ver con el que hablaban los abuelos de Arrasate o de Elizondo. Los niños aprenden una lengua sintética, un euskera domesticado por filólogos y políticos, donde lo ancestral se sustituye por lo funcional, lo auténtico por lo oficial.

Y en ese contexto, lo que era una lengua viva, rugosa, llena de aristas, se ha convertido en una bandera y no solidaria, como veíamos ayer a la de Palestina. Una lengua domesticada para servir a una causa. El problema no es que se proteja o se impulse el euskera —faltaría más—, sino que se utilice como herramienta para dividir, para excluir, para reescribir la historia a conveniencia.

Como decía un amigo mío de Bilbao, bilingüe, culto y muy cabreado: «Aquí lo que falta no es euskera, sino un poco más de verdad.»

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