De vez en cuando —poco, no vayamos a engañarnos—, uno levanta la vista del móvil, mira las estrellas, y se interroga: “¿Qué demonios hace todo esto aquí?”. La pregunta no es mía, ni suya, ni siquiera nueva. Tiene más polvo que la biblioteca de Alejandría y ha quitado el sueño a filósofos, teólogos y científicos durante siglos. La llaman el argumento cosmológico o de la contingencia, que suena muy solemne para lo que, en realidad, es una bofetada al sentido común: ¿por qué hay algo y no, más cómodamente, nada?
Todo empieza con una constatación tan obvia que suele pasarnos inadvertida: nada de lo que vemos existe por sí mismo. Ni usted, ni yo, ni esta silla, ni el planeta entero. Somos contingentes, criaturas de paso. Una silla necesita un carpintero, una planta necesita semilla y sol, usted necesitó dos personas que se pusieran de acuerdo una noche de verano… Nada de esto tiene la causa de su existencia dentro de sí. Dependemos, siempre, de otra cosa.
Este es el núcleo del famoso argumento de la contingencia, defendido por el padre F. C. Copleston en la célebre conversación radiofónica de 1948 con el agnóstico —para muchos ateo— Bertrand Russell. Copleston sostiene que, si todo es contingente, debe haber algo que no lo sea. Un ser cuya existencia no dependa de nada ni nadie. Un ser necesario: Dios. Sin él, ni siquiera estaríamos leyendo este artículo.
Russell, en cambio, se planta con esa frase: «El universo simplemente existe, y eso es todo». Para él, preguntar por su causa es una ilusión creada por nuestra costumbre de exigir explicaciones. El universo —dice, osadamente— puede ser un hecho bruto, sin explicación, sin causa. Algo que está ahí porque sí. Simple y monstruosamente presente.
¿Quién tiene razón?
Copleston, armado con el legado de Aristóteles, Tomás de Aquino y Leibniz, advierte del bucle infinito: si cada elemento requiere una causa, ¿qué causa a todos? Para evitar un retroceso lógico sin fin, debe haber alguien que exista por necesidad absoluta, no por causalidad.
Russell no da ningún paso atrás: acusa al teólogo de extrapolar indebidamente lo particular (cada cosa tiene causa) a lo universal (el universo también). Como ironiza en el debate: “¿Si cada hombre tiene madre, esto implica que la raza humana debe tener madre?” ¿Ve el truco? Para él, no es lo mismo.
«El universo simplemente existe, y eso es todo.» Así comienza Russell, con la frialdad de quien ha visto suficientes teatros montados por los que creen que todo debe tener una explicación grandilocuente.
Desde luego, le juro que sería más cómodo aceptarlo así y seguir con su mañana tranquilo: un café, una sonrisa y el mundo tal como es. Pero si hoy se ha levantado con ganas de pensar un poco más allá de lo aparente, está en el sitio correcto.
Porque el padre Copleston no se fía. Y menos aún usted debería fiarse. Si cada cosa que existe necesita otra cosa que la haga existir, entonces —en un descuido— podría acabar creyendo que el universo entero es ese absurdamente último dominó de una hilera infinita. Y eso no explica nada.
Copleston no le regala una respuesta, pero le empuja a buscarla: debe haber algo que no pueda no existir. Algo que contiene en sí la razón de su ser. Eso, según él, es Dios.
Russell, en cambio, le mira y le dice: “Todos somos unos charlatanes del sentido común; nos gusta pensar que hay razones para todo, pero mira el universo: simplemente está ahí”. La pregunta de Copleston —“¿por qué hay algo en lugar de nada?”— puede que no tenga sentido, o puede que tenga una respuesta tan aburrida como que no necesita explicación.
Esto, que parece simple, obsesionó a los griegos. Aristóteles habló del motor inmóvil: todo lo que se mueve lo hace porque algo lo impulsa, y necesitamos un principio primero que ponga en marcha la cadena. Platón, por su parte, prefería pensar que este mundo es un reflejo de un orden superior: un Demiurgo que modela la materia a partir de realidades eternas, las Ideas. Ambos coincidían en que: si estamos aquí, alguien o algo lo ha hecho posible.
Ahí es donde entra el salto lógico: si todo lo que conocemos es contingente, debe existir algo que no lo sea. Un ser necesario, cuya esencia sea existir y que no dependa de nadie. Llámelo Dios, Motor, Demiurgo, Realidad Última… da igual el nombre: si nada pudiera existir por sí mismo, no habría nada.
Este razonamiento lo refinó Tomás de Aquino en su famosa Tercera Vía: si en algún momento no hubiera existido nada, hoy seguiría sin existir nada. Ergo, debe haber un ser que no pueda no existir. Leibniz se sumó siglos después con su célebre pregunta: “¿Por qué hay algo y no más bien nada?”. Su respuesta fue aún más tajante: para todo lo que existe hay una razón suficiente. Debe existir un fundamento último.
Pero no faltan los aguafiestas. Hay quien, como Russell, dice que el universo es un hecho bruto: está ahí y punto, como un mueble heredado que nadie se atreve a tirar. Y luego está Kant, que vino a decirnos en su Crítica de la razón pura que estamos queriendo medir el océano con un dedal: que intentar demostrar un ser necesario nos lleva más allá de los límites de nuestra razón.
Y entonces aparece Heidegger, que da un giro de tuerca y nos lanza otra bomba: el misterio no son las cosas, sino el ser mismo. Nos hemos acostumbrado tanto a que “haya algo” que olvidamos el milagro de que no haya nada. Y ahí lo tienen: dos milenios de vueltas, y seguimos igual que al principio, rascándonos la cabeza frente al vacío.
Mientras tanto, la ciencia, tan orgullosa de sus telescopios y aceleradores de partículas, tampoco ayuda mucho: el Big Bang nos dice que el universo tuvo un comienzo, lo cual lo hace tan contingente como la silla donde está sentado. Pero preguntarle a un astrofísico qué había “antes” del Big Bang es como pedirle a un pez que describa el desierto: la pregunta le incomoda.
Así que aquí estamos, como Sócrates, reconociendo que no sabemos. Y, sin embargo, seguimos preguntando. Porque quizá la grandeza de la filosofía, como decía el viejo ateniense, no está en dar respuestas, sino en mantener viva la pregunta. Que haya algo y no nada es, nos guste o no, el mayor de los misterios. Y aunque nunca lo resolvamos, siempre quedará la sospecha de que, detrás de todo, alguien —o algo— colocó la primera pieza.
¿Y usted qué prefiere? ¿El consuelo de una respuesta elegante o la claridad de una pregunta impertinente? Porque, al fin y al cabo, los artículos de prensa no existen para acomodar, sino para sacudir conciencias. Y esto está lejos de terminar aquí: en los próximos capítulos vienen el argumento ontológico, el principio de razón suficiente, la utilidad de Dios como “fantasma útil” y hasta si Dios cabe en un escáner. Todo con frases de autor y estilo. ¿Le parece bien si continuamos así?
Nos vemos mañana. Bueno, al menos eso es lo que yo espero.
