Hamás ha vuelto a dejar muy claro lo que realmente es: un grupo «terrorista islamista» que utiliza la vida humana como moneda de cambio, como chantaje, como escudo protector y como espectáculo macabro.
Esta vez, publicando la foto de unos 50 rehenes israelíes a modo de «amenaza de muerte»y de una “lugubre despedida” colectiva, todos bajo un mismo nombre, el de «Ron Arad» –el piloto israelí desaparecido en 1986– y cuyo destino sigue envuelto en el misterio más oscuro y obsceno. La referencia no es casual: Hamás juega siempre con la memoria traumática de Israel, con el dolor de las familias y lo convierte en un instrumento de propaganda islámista. Es terrorismo puro, no solo contra los cautivos, sino contra toda la sociedad israelí y la gazati.
Mientras tanto, el terrorista grupo islamista pretende revestir su chantaje con tres mentiras –camufladas de condiciones– que presenta como “razonables”: liberar a los rehenes a cambio de que Israel retire sus tropas, permita la entrada de ayuda humanitaria sin control y acepte un alto el fuego indefinido. Tres puntos que suenan a “oferta de paz” en la superficie, pero que son, en realidad, «las tres grandes mentiras de Hamás»:
1.-Primera mentira: la retirada de las tropas de Israel.
Hamás asegura siempre que entregaría a todos los cautivos si Israel retira a sus soldados de Gaza. Pero omite lo esencial: esas tropas no estarían allí si el 7 de octubre de 2023 no se hubiera cometido la mayor masacre de judíos –desde el criminal «Holocausto nazi»– con más de 1.200 asesinados y mutilados, mujeres violadas, ancianos ejecutados y niños secuestrados. Israel no despliega a su ejército por capricho, sino por necesidad y obligación para garantizar la seguridad de sus ciudadanos frente a quienes han jurado su exterminio. Pedir la retirada israelí, como condición «sine qua non», equivale a exigirle que deje la puerta abierta al asesino que ya entró en su casa una vez y mató a varios miembros de la familia.
2.- Segunda mentira: la ayuda humanitaria.
Hamás proclama que permitiría la liberación de los rehenes si se garantiza el flujo de ayuda internacional. De nuevo, la manipulación en estado puro. Los gazatíes sufren, sí, pero no porque no llegue ayuda, sino porque Hamás la confisca. Los convoyes de camiones con medicinas, alimentos, agua y combustible terminan desviados siempre hacia sus túneles, sus arsenales, su maquinaria de guerra y a su mercado negro. El pueblo palestino es rehén de la misma organización que dice defenderlo. Invocar la ayuda humanitaria como una condición, es como el ladrón que exige más dinero para dejar de golpear a su víctima.
3.- Tercera mentira: el alto el fuego.
Hamás pide un “alto el fuego real”, pero la historia reciente demuestra que para ellos cada tregua es un simple respiro, una oportunidad para rearmarse, reorganizar sus comandos y preparar la siguiente ofensiva. Cada alto el fuego firmado en las últimas décadas ha sido utilizado por Hamás no para construir escuelas ni hospitales, sino túneles con múltiples galerias, búnkers y arsenales de cohetes bajo las escuelas, hospitales y viviendas gazaties. El “alto el fuego real” solo tendría un único beneficiario: «Hamás», que ganaría tiempo y oxígeno para rearmarse y volver a atacar cuando lo considere oportuno.
En realidad, esas tres obligadas condiciones no son sino una «tríada estrategica falsa» de pura y cinica propaganda islamista. Hamás nunca busca la paz ni la liberación de los rehenes israelies por motivos humanitarios. Su objetivo es siempre colocar a Israel en el banquillo de los acusados, presentarlo como un país cruel que no quiere salvar a su gente, cuando la verdad, es exactamente la contraria: Hamás es quien decide mantener con vida o ejecutar a hombres, mujeres y niños que jamás debieron estar en su poder.
La prueba está en la reciente publicación de esas imágenes: 59 rostros de cautivos, expuestos como trofeos de guerra, unidos al nombre de Ron Arad, símbolo de la angustia interminable de una familia y de un país. Ese es el lenguaje de Hamás: la amenaza, el chantaje, la manipulación del dolor. Y todo ello, mientras se envuelve en un discurso de supuesta resistencia y de falsa justicia.
La comunidad internacional haría bien en desenmascarar este macabro juego. No se trata de negociar con un actor político, sino con una organización terrorista- islamista que ha demostrado, una y otra, vez que desprecia la vida, incluso la de su propio pueblo, a quien afirman defender, pero solo con la boca pequeña. Cada vez que Hamás habla de treguas, de condiciones o de paz, lo único que está haciendo es ganar tiempo para preparar el próximo baño de sangre.
Los rehenes no son fichas de negociación, son seres humanos. Y su publicación como “despedida” bajo un nombre que evoca un trauma histórico solo confirma lo que muchos prefieren ignorar: Hamás no tiene moral, ni compasión, ni humanidad. Tiene solo un método: mentir, amenazar y matar.
