Qué tendrá un disfraz, que tanto nos emociona. Por qué nos refugiamos, por qué ocultamos habitualmente nuestra identidad tras una máscara. Qué hay en ello, si lo hay, de placentero y qué hay en ello, pues lo hay, de antropológico. Ese mostacho señorial o ese bigotito de plebeyo nos hacen parecer otra cosa diferente de la que realmente nos gustaría, pero aun así prolongamos el juego, pues hay en esos vellos un artificio detestable y enorgullecedor a un tiempo, algo así como una meta y un pozo de infamia, el lugar adonde nunca querríamos ir y adonde estamos deseando llegar.
Qué tendrá de apasionante el disfraz, que tanto emociona al pobre vestir como un rico y tanto divierte al rico vestir como un pobre. Qué tendrá la máscara, por qué algunas personas se sepultan bajo seis litros de maquillaje para socializar incluso entre individuos que perfectamente conocen su identidad. Por qué ese engaño efímero y vulgar, engaño que apenas se sostiene unas horas, por qué se subestima el temor a la posterior sorpresa, a la revelación de la cruda realidad, a que después se imponga el verdadero perfil. Qué tendrá ese sombrero, que tantas alas presta a la imaginación, que tanto nos transporta a otros parajes, parajes alejados de esta vida monótona, que va carcomiendo nuestras ilusiones de juventud, que va cubriendo de herrumbre los eslabones que nos unen al pasado.
Qué tiene el disfraz, qué tiene la máscara, qué tendrá el adorno superfluo, ese que empolva nuestros acomplejados rasgos. Existen largos chaquetones de vistoso cuero negro que nos modifican el paso, incluso el carácter, que nos tuercen la mirada, que nos arrugan el ceño. Embutidos en soberbios abrigos, caminamos con otro aire, con otra altanería, una altanería nueva que no conocíamos. Hay algo en el disfraz que extrae de nuestro fuero interno personalidades dormidas, de desconcertante cuño: asombroso resulta el entendimiento del alma, de sus enmarañados senderos. Mil y un disfraces podemos observar a nuestro alrededor. La sociedad se resguarda maravillosamente bajo esa capa de colorido maquillaje. El cigarro en la boca es el disfraz de un adolescente, y con él cree ascender los peldaños de la madurez, de la sabiduría. Con quince años, un cigarro, bien exhibido con ridículo pavoneo, es un atajo a la vida adulta. Un vehículo de alta gama bien podría adulterar la edad demasiado provista de arrugas, y favorecer el ansiado ensoñamiento, el pretendido espíritu juvenil.
Qué tendrá un disfraz, que logra promover la catarsis social del ser humano, del ser humano más gregario, más dependiente de la aprobación y el aplauso de sus semejantes. Qué tendrá la mentira, qué tendrá el engaño, que nos seduce con amorosas armas. Es juego universal el andar ocultándose tras una nariz de goma, tras un negro antifaz, tras una máscara de embustes y golosinas. Es terror a la cara descubierta, al caminar honestamente, al enfrentar los hechos y apechugar con las pobres cosechas. Es vivir bajo permanente mendacidad, vilipendiando la sana franqueza. Es enredarse, porque sí, por sano vicio, en una vida de tozudos enredos.
