El hecho de no tener remordimientos no implica, no tener conciencia, ni que todo lo que hacemos esté bien, sino más bien lo que manifiesta, es el grado de vileza de la misma. Es el caso de sociópatas y psicópatas; amén de aquellos que, sumando cortedad con incultura, ven demasiada televisión ´woke´.
Y es que la conciencia no es un ´pepito grillo´, externo a nosotros, sino que forma parte de nuestro pensamiento y, como tal, sujeta de ser moldeada y manipulada, como si de trozo de plastilina se tratase.
La conciencia actúa en base a datos externos, no siempre correctos, que, almacenados en nuestro cerebro, nos informan sobre lo que moralmente es bueno o malo.
Esa información, externa al individuo, es proporcionada por las religiones o, en su defecto, por la cambiante, laica y laxa, moral social de lo ´políticamente correcto´, mediante los medios de comunicación públicos, o de los ´engrasados´ con publicidad institucional del régimen.
Así, si la religión dominante en el ámbito geográfico de un individuo, dice que hay que matar a todos aquellos que no acaten la fe establecida por decreto, como la verdadera, éste no dudará en matar sin el mínimo cargo de conciencia.
Lo mismo sucederá cuando sea una ideología política de corte laicista, la que dogmatice sobre el bien y el mal. Así, si en su credo dice que hay que suprimir la lucha de clases mediante la eliminación física, (matanza), de una de ellas, los matones y pistoleros de esa cainita doctrina, no dudarán, ni se les caerán los anillos, a la hora de pasar a cuchillo, a las familias pertenecientes a la clase social marcada por el régimen, como ´políticamente incorrecta´, y, por ende, objeto de purga. Y todo ello efectuado ´a conciencia´ sin el menor atisbo de remordimiento.
Entonces, si la conciencia no es fiable, ni está legitimada para poder juzgar objetivamente nuestros actos, ¿a qué nos acogemos?
Personalmente me guío por mi intuición, (inteligencia emocional), y supedito mi conciencia a ella y no al revés. Para ello me baso en una única regla: “lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”. Así de sencillo. Así de cristiano.
Pondré un ejemplo.
En la cuestión del aborto, para poder definir mi postura frente al mismo, lo primero que haría sería meterme en el papel de mujer embarazada, para una vez allí darme cuenta de que esa misma mujer embarazada que en ese momento soy, (virtualmente), fue hace años un pequeño embrión, único e irrepetible.
Llegado a ese punto, y aplicando de nuevo lo de “lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”, me pondré en el papel del embrión para preguntarme a continuación si lo que deseo es seguir viviendo y desarrollarme hasta llegar a ser lo que ahora soy, (una mujer embarazada con sus luces y sombras), o por el contrario lo que me gustaría es ser troceado y que mis restos fueran arrojados a un cubo ´eco´, de desechos biológicos…
Y es que aquellos que hablan de los embriones, con la misma frialdad como si se tratasen de guisantes, están olvidando que ellos también fueron un embrión en los primeros meses de su vida.
¿O acaso éstos piensan que nunca fueron embrión, sino que aparecieron ya formados y vestidos, como por arte de magia, en la vagina de su madre?
Si todos aplicáramos lo de “lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”, el mundo sería un paraíso en el que no harían falta políticos, leyes, tribunales, policías, ni cárceles, ni armas, ni ejércitos; y aunque a corto plazo aumentase la lista de parados, a medio plazo habría valido la pena. Creo yo.

