Febrero de 2026. Cuatro noticias publicadas en pocos días. Cuatro titulares que, leídos por separado, pueden parecer episodios aislados. Leídos juntos, dibujan algo mucho más inquietante: una sociedad que ha empezado a decidir qué vidas merecen protección y cuáles no.
Primera noticia. Australia. Un bebé sobrevive a un aborto tardío. Nace vivo. Respira. Está fuera del vientre materno. No es una teoría. No es una discusión académica. Es un niño vivo. ¿Qué ocurre después? No recibe atención médica y muere horas más tarde. La doctora provida, Joanna Howe, profesora de Derecho de la Universidad de Adelaida, que compartió la fotografía del bebé y declaro que este caso, lamentablemente, «no es aislado», sino que ocurre con mucha más frecuencia. En concreto, señaló que, en 2022, 50 bebés sobrevivieron a su propio aborto y luego murieron por abandono del profesional sanitario,
No porque no hubiera médicos. No porque no hubiera medios. Sino porque su supervivencia resultaba incómoda. Su sola existencia desmontaba el relato de que aquello no era una vida. Y cuando la realidad molesta al relato se deja morir a la realidad. Tanto el derecho anglosajón como el derecho romano (y así se transpone en la legislación de los países) cuando un feto traspasa el seno materno y está en el exterior, adquiere personalidad y es un ciudadano más. Si lo dejas morir, como mínimo es denegación de auxilio de un ser humano, y si además es premeditadamente, como es el caso, es un asesinato. Con todas las letras, le pese a quien le pese.
No estamos hablando de un caso de hace cincuenta años. Estamos hablando de 2026.
En países que se presentan como faros de derechos humanos. En sistemas sanitarios que presumen de excelencia. Un recién nacido que respira queda sin asistencia.
Y la noticia apenas provoca un suspiro.
Segunda noticia. Estados Unidos. En una universidad católica, nada más ni nada menos que la Universidad de Notre Dame (Nuestra Señora, la Virgen María) y cuyo lema es “La fe en Notre Dame. En Notre Dame, la fe sirve como puente hacia la comprensión, la conexión y la esperanza”, vaya, una de las Universidades americanas más antiguas y Católica, se nombra directora a una académica abiertamente abortista que califica a los provida de racistas y supremacistas blancos. La estrategia es conocida: si no puedes desmontar el argumento del contrario, descalifica, al contrario.
Le recomendaría a la Sra Susan Ostermann, que así se llama la interfecta, que se diese un paseo por la pagina web de una Asociación provida formada por ateos y agnósticos, de todas las razas, blancos, negros, amarillos, aceitunados y mediopensionistas que se denomina Progressive Anti Abortion Uprising (PAAU) cuya dirección es https://paaunow.org/ y se dignase mirar su sección Justice for the five (Justicia para los cinco) donde aparecen Christofher, Phoenix, Harriet, Ángel y Holly. Que los mirase a la cara con respeto y viese su tez blanca. Parece ser que los supremacistas blancos están eliminando a su propia raza, lo cual es cuanto menos sorprendente para unos supremacistas blancos. De paso, si algún lector quiere entrar y verlo, si tiene los hígados suficientes, que entre y compruebe que es la muerte y el aborto.
Parece ser que la Junta de la Universidad, ente las protestas que han surgido, han tomado la decisión de ratificar a esta señora en su puesto. Así va la Iglesia, parece…
Se convierte al discrepante en un monstruo moral y así ya no tienes que debatir nada.
Lo inquietante no es solo el insulto. Es que el insulto se normaliza. Es que nadie parece escandalizarse de que defender la vida de un no nacido se presente como una forma de supremacismo. Y que la Iglesia lo haga, me inquieta sobremanera.
Tercera noticia. Ecuador. Un perro está a punto de ser sacrificado. Cuarenta minutos antes de la eutanasia, una campaña en redes sociales consigue salvarlo. La historia emociona. Se comparte. Se celebra. Y está bien que así sea. Pero el contraste es brutal. Un animal enfermo moviliza miles de personas en cuestión de minutos. Un bebé humano nacido vivo tras un aborto fallido apenas consigue unas líneas en la prensa.
Que nadie malinterprete: proteger a los animales es algo bueno. Lo que resulta perturbador es la comparación. Hemos construido una sensibilidad selectiva. Lloramos por el perro (y con razón) pero somos capaces de aceptar con frialdad que un recién nacido quede sin atención porque no encajaba en el plan previsto. ¡Qué exquisita sensibilidad!, ¡qué humanidad intachable!, ¡qué contagiosa compasión!.
Y llegamos a la cuarta noticia, la más inquietante de todas. En Canadá se está debatiendo la posibilidad de practicar la eutanasia a bebés recién nacidos con graves deformidades o enfermedades. No hablamos de adultos que piden morir. No hablamos de personas conscientes que toman una decisión. Hablamos de recién nacidos.
De seres humanos que acaban de llegar al mundo y que ya son evaluados bajo un criterio frío: ¿merece la pena que vivan así? Estamos en la situación de la primera noticia. Se legaliza el asesinato selectivo. Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Josef Menguele llorarían de emoción y agradecimiento.
El lenguaje que se utiliza es siempre el mismo: compasión, dignidad, evitar sufrimiento.
Pero detrás de esas palabras hay una idea muy concreta: si una vida no alcanza cierto estándar de calidad, puede ser eliminada.
Eso lo cambia todo. Porque en el momento en que aceptas que el valor de una vida depende de su estado físico o mental, has dejado de hablar de derechos universales.
Has empezado a hablar de vidas condicionadas. Y lo condicionado deja de ser un derecho y pasa a ser una concesión.
Hoy es el recién nacido con una enfermedad grave. Mañana será el anciano con demencia. Pasado mañana el discapacitado profundo. Después, quizá, el enfermo crónico que genera “demasiado coste”. ¡Ya hemos hablado de esto!.
La historia demuestra que las grandes derivas morales no empiezan con anuncios brutales. Empiezan con excepciones que parecen razonables. Con casos límite que despiertan compasión. Con situaciones difíciles que nadie quiere simplificar. Y poco a poco, lo excepcional se convierte en norma.
Lo más alarmante no es que exista debate. Lo más alarmante es la rapidez con la que se normaliza. Lo más alarmante es que se discuta la eutanasia de recién nacidos como si fuera una opción sanitaria más. Lo más alarmante es que apenas haya reacción social.
Cuando una sociedad deja de escandalizarse ante la eliminación deliberada del más vulnerable, esa sociedad ha cruzado una línea muy seria. Ha pasado de la lozanía a la PODREDUMBRE. Y no se salva nadie.
Y aquí es donde las cuatro noticias se unen. Un bebé que nace vivo tras un aborto y no recibe atención. Un discurso público que demoniza a quien defiende la vida. Un perro que moviliza más compasión que un recién nacido. Un país que estudia eliminar bebés con discapacidad bajo el paraguas de la compasión.
No son hechos inconexos. Son síntomas de una cultura que ha decidido que el valor de la vida humana es relativo. Durante años se repitió que todo era cuestión de libertad individual. Que nadie obligaba a nadie. Que se trataba de ampliar derechos.
Pero cuando la ampliación de derechos implica que otro pierde el derecho básico a vivir,
ya no estamos ante una ampliación. Estamos ante una sustitución. LA EUGENESIA EN GRADO MÁXIMO. LA EUGENESIA POR FIN ESTRANGULARÁ A OCCIDENTE.
La pregunta es sencilla, aunque incomode: ¿vale lo mismo la vida de un recién nacido sano que la de uno con una enfermedad grave? Si la respuesta es sí, la eutanasia neonatal es inaceptable. Si la respuesta es no, entonces hemos aceptado que existen vidas de primera y de segunda categoría. LO PAGAREMOS MUY CARO. TODOS.
Y una sociedad que clasifica a sus miembros por categorías de valor ha empezado un camino muy peligroso. El problema no es técnico. No es médico. No es sanitario. Es moral y cultural. Es decidir si el más débil merece protección incondicional o protección condicionada.
Hoy el más débil es el recién nacido con una enfermedad. Ayer fue el no nacido.
Mañana puede ser cualquiera que no encaje en el ideal de autonomía, productividad o salud perfecta.
Y LO MÁS INQUIETANTE ES EL SILENCIO. El silencio que asiente porque no disiente. Un silencio culpable. Porque cuando el silencio se impone ante lo evidente, no es neutralidad. Es consentimiento.
Las cuatro noticias de febrero de 2026 no obligan a nadie a pensar igual. Pero sí obligan a pensar. A preguntarse si estamos avanzando hacia una sociedad más humana o hacia una sociedad que elimina lo que le resulta incómodo. Mañana el incómodo PUEDES SER TÚ. Y nadie te salvará, porque en su momento CALLASTE.
Al final, una civilización no se mide por sus discursos brillantes ni por sus campañas de marketing moral. Se mide por cómo trata al que no puede defenderse. Y en eso, los titulares recientes dejan un aserto muy difícil de ignorar.
EL MAL TRIUNFARÁ PORQUE LOS MALOS TRABAJAN PARA ELLO Y LOS BUENOS NO HACEN NADA.

