En el año 350 después de Cristo, la Iglesia Católica instauro el ritual de la Cuaresma de cuarenta días, ya que con anterioridad solo se hacía oración durante tres días; eso sí, acompañada de ayuno.
Jesús ayuna durante cuarenta días completos, (con sus respectivas noches). Es lo que conmemora la Cuaresma; y esta acción -con contenido de carácter de penitencia- posee una importante carga simbólica que tiene un largo recorrido a la largo del desarrollo bíblico. Vamos a comprobarlo:
Es la cantidad de días y noches del diluvio (Génesis 7,12).
Isaac y Esaú tenían cuarenta años cuando se casaron (Gen 25,20; Gen 26,34).
El éxodo duró cuarenta años.
Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches en el monte Sinaí (Deuteronomio 9, 9-11).
Los espías de Israel exploraron la tierra prometida por cuarenta días (Num 13, 25).
Goliat retó a los israelitas por cuarenta días antes de que David lo venza (1 Sam 17,16).
David reinó por cuarenta años (1Re 2,11), al igual que Saúl (Hch 13, 21) y su hijo Salomón (1 Reyes 11, 42).
El profeta Elías pasó cuarenta días en ayunas en el desierto hasta encontrarse con Dios en el monte Horeb (1Re 19,8).
Jonás anunció que Nínive sería destruida a los cuarenta días (Jon 3,4).
Jesús fue presentado en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento (Lc 12).
Jesús fue al desierto después de su bautismo por cuarenta días y noches para ser tentado por el demonio (Mt 4,2).
Tras su crucifixión, el tiempo en el que se apareció a sus discípulos fue precisamente de cuarenta días (Hch 1,3).
De hecho, Cuaresma proviene del nombre en latín “Quadragésima”, que significa cuarenta. Son cuarenta días donde la Iglesia Católica imita los cuarenta días y noches que Cristo pasó en el desierto antes de su vida pública y Pasión.
Por cierto, el desierto aparece en la literatura judía -incluso en la oriental- como el lugar donde moraban los malos espíritus y en especial los demonios. También este lugar inhóspito y nada acogedor es símbolo de prueba y purificación. Conserva, también, un marcado sentido mesiánico.
En un momento de total lucidez, cuando Jesús se sentía espiritualmente fortalecido por su ayuno, el diablo -el tentador- trató de convencerlo de que era imposible cumplir su misión con los medios que Dios le proponía. Con este propósito el Evangelio nos presenta este encuentro entre Jesús y “el tentador” como una discusión entre maestros de la Ley basándose en textos bíblicos, buscando hacernos sentir que hasta los mismos textos bíblicos pueden engañarnos si nos falta el espíritu que la fe transmite en Dios.
Dejemos que sea el apóstol Mateo quien nos lo relate.
Evangelio de Mateo 4,1-11
4 Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo sometiera a tentación. 2 Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le propuso:
—Si eres el Hijo de Dios, ordena a estas piedras que se conviertan en pan.
4 Jesús le respondió:
—Escrito está: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
5 Luego el diablo lo llevó a la ciudad santa e hizo que se pusiera de pie sobre la parte más alta del templo, y le dijo:
6 —Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo. Porque escrito está:
»“Ordenará que sus ángeles
te sostengan en sus manos,
para que no tropieces con piedra alguna”».
7 —También está escrito: “No pongas a prueba al Señor tu Dios” —le contestó Jesús.
8 De nuevo lo tentó el diablo, llevándolo a una montaña muy alta, y le mostró todos los reinos del mundo y su esplendor.
9 —Todo esto te daré si te postras y me adoras.
10 —¡Vete, Satanás! —le dijo Jesús—. Porque escrito está: “Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él”.
11 Entonces el diablo lo dejó, y unos ángeles acudieron a servirle.
En este pasaje del desierto se pone de manifiesto que las tentaciones más peligrosas no son las que nos impulsan directamente, descaradamente, a hacer el mal, sino todo lo contrario: las tentaciones más malas de la vida son las que nos proponen que hagamos el bien, pero utilizando los medios que, en lugar de conducir al bien, lo que hacen es convertirnos en agentes del mal.
El demonio/diablo/tentador, en efecto, no le dijo a Jesús que abandonara su misión de Hijo de Dios, sino que, si efectivamente era el Hijo de Dios, lo que tenía que hacer es lo que el diablo le proponía.
Hoy día, podemos afirmar con rotundidad que existe un Jesús de la historia y un Cristo de la fe. Cuando hablamos acerca de la fe, no estamos realizando un ejercicio de alejamiento de la razón, de la praxis diaria. La fe, tal como la enseñó Jesús de Nazaret es vivencia, experiencia, camino recorrido, sabiduría que procede de una realidad diferente a la que podemos aprehender con nuestros cinco sentidos, pero que sentimos en lo más profundo de nuestro interior con autenticidad.
