La apasionante vida de la aventurera, espía y arqueóloga olvidada por la historia, en la novela Mesopotamia de Olivier Guez

Gertrude Bell: La Reina del Desierto que Diseñó Oriente Medio

Viajamos a los orígenes del convulso siglo XX en la región a través de la figura de una mujer extraordinaria que trazó fronteras y desafió todos los convencionalismos de su época

Mesopotamia Olivier Guez

Imagina a una mujer inglesa, hacia 1920, cabalgando a lomos de un camello a través del desierto de Arabia. Viste con elegancia, como si saliera de un té en Londres, pero su determinación es tan feroz como el sol que calcina la arena. No es un personaje de ficción. Es Gertrude Bell, y su vida real hace que las mejores novelas de aventuras palidezcan en comparación.

Fue alpinista, arqueóloga, políglota, espía y, de manera crucial, una de las arquitectas más influyentes –y olvidadas– del Oriente Medio moderno. Su historia, rescatada del polvo de los archivos por el escritor y periodista Olivier Guez en la aclamada novela Mesopotamia, no es solo un viaje biográfico fascinante. Es una lupa sobre las raíces de los conflictos que aún hoy desgarran la región.

Una mujer donde no se esperaba encontrar ninguna

Nacer en 1868 en el seno de una acaudalada familia industrial victoriana era, para una mujer, sinónimo de un futuro predecible: matrimonio, hijos y una vida dentro de los rígidos márgenes de la alta sociedad. Gertrude Bell lo rompió todo.

Fue una mente brillante. Estudió en la Universidad de Oxford y se convirtió en la primera mujer en lograr una nota de first-class honours en Historia Moderna. Un logro aún más meritorio porque, oficialmente, no recibió ningún título; Oxford no los concedía a mujeres hasta 1920.

Pero los reconocimientos académicos le quedaban pequeños. El mundo la llamaba. Se lanzó a escalar los Alpes en una época en la que pocas mujeres lo hacían, realizando ascensos pioneros. Sus viajes, primero por Persia y luego por los vastos territorios del Imperio Otomano, se convirtieron en su verdadera escuela. Aprendió árabe y persa con fluidez, se sumergió en las culturas tribales y cartografió regiones que para la mayoría de los europeos eran solo manchas en el mapa.

«El sendero de la arqueología me llevó hasta la puerta de los jeques«, escribió. Y vaya si lo hizo. Su profundo conocimiento del terreno, de las genealogías tribales y de la compleja política beduina la convirtieron en un activo invaluable. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial y el Imperio Otomano se alineó con Alemania, el conocimiento de Bell se volvió estratégico. Fue reclutada por la inteligencia británica.

Al llegar a El Cairo, se encontró con un mundo exclusivamente masculino: oficiales del ejército, diplomáticos y agentes. «Al principio es un OVNI», explica Olivier Guez, «porque no hay mujeres ni en el estado mayor ni, evidentemente, en el ejército. No pertenece a ninguna institución. Pero se impondrá primero porque es extremadamente competente. Es la mayor conocedora de los desiertos de Siria, Arabia y Mesopotamia de su época».

Mesopotamia Gertrude Bell

La «ladrona» en la Conferencia de El Cairo

La guerra terminó y el Imperio Otomano se desmoronó. Las potencias vencedoras, principalmente Gran Bretaña y Francia, se sentaron a repartirse el pastel. En marzo de 1921, Winston Churchill, entonces secretario de Estado para las Colonias, convocó en El Cairo una conferencia crucial. El objetivo: trazar las fronteras del nuevo Oriente Medio.

Churchill se refirió a los participantes, entre burlón y serio, como sus «cuarenta ladrones». Y entre ellos, como señala Guez, había una ladrona. En una famosa fotografía, entre un mar de uniformes militares y trajes, aparece una mujer con un gran sombrero de flores y una boa de piel. Es Gertrude Bell.

Ella no estaba allí de adorno. Era la única persona en la sala que conocía el desierto, sus gentes y sus lealtades con una intimidad que nadie más podía igualar. Junto a su colega y amigo T.E. Lawrence –más conocido como Lawrence de Arabia–, Bell se convirtió en una pieza central en el diseño de las nuevas naciones. Su obsesión y su «criatura», como la llamaba, fue Irak.

Fue ella quien abogó por colocar en el trono de la recién creada Irak a Faisal I, un hachemí que había colaborado con los británicos durante la revuelta árabe. Fue ella quien, con un lápiz y un mapa, ayudó a delimitar unas fronteras artificiales que, en muchos sentidos, ignoraron realidades étnicas y religiosas ancestrales, sembrando las semillas de tensiones futuras.

Mesopotamia Olivier Guez

Las paradojas de una pionera

Gertrude Bell es un personaje lleno de claroscuros y contradicciones que la hacen profundamente humana. Era una rebelde que se abrió paso en un mundo de hombres, pero también una conservadora de su tiempo.

«Gertrude Bell no está ahí para representar a las mujeres«, aclara Guez. «Sabe que es excepcional y tiene una alta opinión de sí misma. Se considera igual que un hombre en cuanto a inteligencia y poder. No está en la vanguardia del movimiento feminista. Por ejemplo, considera que las mujeres de principios del siglo XX no son lo suficientemente competentes para votar. Incluso llega a liderar el movimiento antisufragista en el norte de Inglaterra. Es un personaje extremadamente interesante porque es paradójica».

Esa misoginia compartida era, curiosamente, uno de los lazos que la unían a Lawrence de Arabia. «Lawrence y Gertrude son claramente misóginos. No machistas, sino misóginos», señala el autor. «También comparten una formación cultural común, nutrida por Grecia, Roma y la Edad Media. Y, por último, tienen esa pasión por el desierto, por los beduinos, por esos lugares y esos hombres donde descubrieron o conquistaron su libertad».

Fueron, en palabras de Guez, «dos soñadores, dos parias, dos personas brillantísimas pero también muy excéntricas y estrafalarias» los arquitectos de una región entera. Una lección sobre el peso que un solo individuo puede tener en la gran historia.

La otra pasión: el legado arqueológico

Aunque la política y la diplomacia consumieron gran parte de su vida adulta, Gertrude Bell siempre se consideró, en primer lugar, arqueóloga. Su amor por la historia antigua de Mesopotamia era genuino y profundo.

Fundó el Museo Nacional de Irak en Bagdad y fue su primera directora. Luchó apasionadamente por preservar los incomparables tesoros arqueológicos de la región, redactando leyes de antigüedades para evitar su expolio. Es irónico y trágico que, décadas después, ese mismo museo que ella ayudó a crear fuera saqueado durante la invasión de Irak en 2003, un episodio que le habría partido el corazón.

Mesopotamia: más que una novela, un viaje necesario

La novela de Olivier Guez, un éxito de ventas en Francia con más de 100.000 ejemplares, no es una biografía al uso. Es, como la define Leïla Slimani, «un texto sensual que asombra por su capacidad de restituir una época y sus enclaves«. Guez realiza un colosal trabajo de documentación para sumergirnos en la vida de Bell sin maniqueísmos, mostrando sus luces y sus sombras, su genialidad y su soledad.

«A medida que avanza la novela», comenta Guez, «uno comprende por qué decide aislarse en el desierto, por qué no está casada, no tiene hijos, por qué no lleva la vida fácil que podría haber tenido…». La novela explora esa profunda insatisfacción vital que la impulsó a buscar su lugar en el mundo más allá de las dunas.

Leer Mesopotamia hoy es un ejercicio de claridad. Al seguir los pasos de Gertrude Bell, comprendemos que el caos y los conflictos actuales en Siria, Irak o Kurdistán no se explican solo por la geopolítica reciente.

Tienen una deuda directa con las decisiones tomadas en salones cerrados hace un siglo, cuando un puñado de personas, entre ellas una mujer inglesa con un sombrero de flores, dibujó sobre un mapa líneas que se convertirían en cicatrices.

Su historia es un recordatorio de que el Oriente Medio que vemos en las noticias es, en gran medida, el resultado de un sueño imperial, de una sed de petróleo y de la voluntad férrea de individuos extraordinarios y contradictorios como Gertrude Bell, la reina del desierto que, por fin, regresa del olvido.

Mesopotamia Olivier Guez

Olivier Guez: El rastreador de historias incómodas

Olivier Guez (Estrasburgo, 1974) es mucho más que un escritor. Es un periodista y narrador que ha hecho de la investigación histórica rigurosa el corazón de una literatura tan apasionante como reveladora.

Su formación en la London School of Economics le dotó de una mirada geopolítica única, que luego ha aplicado en sus colaboraciones con medios de primer nivel como The New York TimesLe Monde o el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

Pero donde Guez realmente brilla es en su faceta de novelista. No se limita a contar historias; desentierra del pasado a personajes incómodos y cruciales, ofreciéndonos una nueva perspectiva sobre los grandes traumas y transformaciones del siglo XX.

Su trayectoria lo demuestra:

  • Fue guionista de El caso Fritz Bauer, la película sobre el fiscal que desafió a la Alemania de posguerra para perseguir a criminales nazis.

  • Ganó el prestigioso Premio Renaudot en 2017 con La desaparición de Josef Mengele, un retrato literario sobre la vida clandestina y miserable del médico de Auschwitz.

  • En Mesopotamia, su éxito más reciente, rescata del olvido a la extraordinaria Gertrude Bell, la aventurera y espía que ayudó a dibujar el mapa actual de Oriente Medio.

Guez es, en esencia, un contador de historias con el ojo de un periodista y la profundidad de un historiador. Su obra nos invita a entender el presente a través de las vidas de quienes, desde los márgenes, configuraron el mundo en que vivimos.

Ficha Técnica
Título: Mesopotamia
Autor: Olivier Guez
Editorial: Tusquets
Nº Páginas: 352
Precio: 21,90€

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Ana Rojo

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