Comportamientos ejemplares al borde del peligro

Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 25)

Visto y no visto. Pensé que tendría que llamar al director de este blog para decirle que interrumpía mis artículos por “prescripción facultativa” cuando ya estoy de vuelta a casa tras de haber sido operado para eliminar dos piedrecitas que cerraban el paso al flujo natural alimenticio ocasionando una ictericia. Suponía, como ustedes podrán imaginarse, que en las actuales circunstancias de presión sanitaria tendría que esperar pacientemente unas semanas, y sin embargo al día siguiente de acudir al hospital me dieron la sorpresa de operarme y así ponerme nuevamente en condiciones como si nada hubiera sucedido.

Primer asombro, que me quitaran esas piedras sin recurrir a abrirme y accediendo desde mi misma boca sin dejar la menor huella: esto es, sin dejar ni tan siquiera una sensación extraña en mi garganta. Poder hacer la complicada maniobra sin entrar a saco en mi estructura me parece cosa tan sorprendente que no puedo por menos de admirar el estado del arte y destacar lo poco que se habla de nuestra suerte de vivir en unos tiempos en los que tales cosas son posibles. Y destacar que ni siquiera sabemos quien diseñó sistema tan curioso.

Por otra parte, cuando el revuelo armado por la aparición del coronavirus me hacía suponer que en el hospital se observaría una cierta sensación de caos que bien pudiera traducirse en desconcierto, vine a observar que el complejo mecanismo de atención a los enfermos seguía funcionando como un auténtico reloj. Sí que me cambiaron de habitación en el escaso tiempo en que permanecí hospitalizado – de un martes por la noche al viernes a mediodía – pero pude observar que el trabajo de médicos y de enfermeros fue capaz de superar la circunstancia. Y eso que las precauciones ahora imprescindibles se mantienen podríamos decir que a rajatabla.

El ambiente que percibí fue de orden y sobre todo de generosidad y entrega; incluso de alegría, “de buen rollo” como dirían los jóvenes. En mi primer asentamiento, un par de enfermeros y una enfermera al parecer de Trebujena se hacían sentir añadiendo al ambiente un toque de alegría, y tanto en aquel lugar como en el siguiente pude apreciar la sensibilidad y humanidad de nuestras enfermeras. Me conmovería sobre todo el mimo con que se ocupaban de mi compañero de habitación, un lánguido muchacho con cierto retraso intelectual, cuya atención requería trabajos enojosos que no les voy a describir. Otro detalle significativo, en este caso en relación con la atención que nuestra sociedad dedica a los problemas de la gente humilde y marginada, es éste: que en el escaso tiempo de mi permanencia viera acudir también en apoyo del muchacho una psicóloga de la institución correspondiente de acogida que le afeitó además de visitarle. He aquí la categoría humana y moral que tiene nuestra gente, y el nivel profesional y humano de nuestros compatriotas incluso en una situación de riesgo.

Por otra parte – ¡mire usted que casualidad! – según escribo estas escuetas líneas, mi teléfono me anuncia una noticia titular del ABC. Por lo visto, toda Alemania se “conmueve” con la entrega mostrada por los sanitarios españoles: justa opinión que no me extraña en absoluto puesto que he podido comprobar personalmente cómo, desafiando el pesimismo del momento, quienes hoy se baten el cobre cada día en nuestros hospitales ridiculizan con su buen hacer, su sentido del deber y su entusiasmo, a quienes desvirtúan el papel de las instituciones con la intención final de destruirnos; los mismos que procuran enfrentarnos: los gañanes y rufianes de diversas siglas que permanentemente demuestran su su falta de cultura y su egoísmo, transmitiendo así una idea equivocada de lo que es España como nación moderna y avanzada al tiempo que valiente y responsable.

Sé que esa vociferante patulea seguirá intentando medrar a costa nuestra; que pronto intentará crearnos nuevas ocasiones de enfrentamiento y de discordia y a repetir los viejos vicios conocidos, pero ya sonarán a lo que son: residuos de un pasado que no encaja en una nación como la nuestra. Viejos resabios sin prestigio superados con creces desde ahora, por ejemplo, por el comportamiento de una significativa muestra de españoles.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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